Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

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lunes, 6 de junio de 2016

Palabras sin tiempo, pero bastante temporales

¿Y si vuelvo a escribir algo, ahora que precisamente menos tiempo tengo para ello? ¿No sería otra necia paradoja del palabrerío? ¿Por qué nos apetece más hablar cuando menos podemos hacerlo, y mejor cuanto más romos tenemos el filo?

Qué cosas, ¿no?

Pues puedo empezar por algunas lecturas, es siempre una manera como otra de poner en marcha la maquinaria de la vieja fábrica. He escrito para tratar de publicar pero también he leído.

He leído unos cuantos libros.

La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides.
Poesía completa, de Carlos Barral.
Pureza, de Jonathan Franzen.
Impaciencia del corazón, de Stefan Zweig.
Número cero, de Umberto Eco.
Habla con Medusas, de José Daniel Espejo.
Mirando al suelo, de Francisco Béjar.
La rubia de ojos negros, de Benjamina Black.
La encantadora de Florencia, de Salman Rushdie.

Menos que otros años. Creo incluso que olvido algún libro. Voy a dar un vistazo a la biblioteca, a ver si recuerdo algún título más. Y en cuanto sea posible trataré de decir alguna cosa de cada uno, impresiones y nada más. Ya será volver a hablar, qué menos.



miércoles, 7 de marzo de 2012

La droga lectora y las drogas de la lectura

A las tres y cuarto de la tarde, y sin haber comido, en pie desde las siete de la mañana, es raro que a alguien le apetezca ponerse siquiera a hojear, lo mismo un buen libro de poemas que un ensayo o hasta una novela. Yo suscribiría algo así. Pero debo matizar: si a ese verbo en infinitivo se le cambia un poco la forma y se deja en gerundio (comiendo), confieso que a ese caballo sí puedo apostar. Desde hace varios meses descreí de la realidad y dejé de comer viendo el telediario. Cuando incluso la comida de mamá empezaba a resultar en digestiones problemáticas, empecé a inducir de un estrecho espectro de factores qué podía estar agriando mi momento de descanso: ¿el detergente nuevo, la radiación del móvil, las preocupaciones de un trabajo no más tenso que otros, que tradicionalmente había sabido confinar en su espacio y tiempo originales? No: debía ser algo más melifluo que todo eso, ya que se me estaba evadiendo de manera tan clamorosa. Era el telediario. Desastres naturales y naturalezas desastrosas; machismo, violaciones caseras diarias; Merkel, Sarkozy y gordos con puro salidos de un Audi A8; Mariano Rajoy con mayoría absoluta, Rouco Varela legitimando las entrepiernas españolas; el mundo era calamitoso y la comida me sentaba mal.

Me fui lejos de la televisión, tanto como las viviendas de la construcción pre-crisis consienten: al cuarto de al lado. Y me llevé un libro, y a mi perra Raspa y su cojín.

Y fue así como empecé a leer comiendo. Una copa de vino, que no tiene por qué ser el mejor y que conforme voy redactando estas líneas pienso que no es imprescindible siquiera que sea vino: cerveza, agua vale. Refrescos no, que son una porquería dulzona. Una rebanada de pan, que a veces se me ha olvidado comprar. Unos cubiertos que alguna vez hay que fregar ante de usar. Unos entremeses que casi siempre regresan como salieron al frigorífico hasta que llega la franja de alarma, dos días antes de cumplido el plazo de su caducidad. Y un libro delante. Se recomienda comida semisólida de cuchara. Las sopas son un poco molestas. Los filetes deben cortarse en taquitos previamente a la comida, como se hace con los niños pequeños y Nati Mistral nunca aprobaría; si no se hiciera, se corre el peligro de leer mal o de comer frío, errores de protocolo ambos que llevarán de nuevo a los problemas anímico-estomacales. 

 ¿Es la lectura una adicción? No soy Borges (la anciana dice que el ciego está apareciendo más de lo debido en este blog), no dedico todas las horas del día a leer literatura, pero sí es cierto que si se toma el libro adecuado y el momento adecuado, uno empieza a sentir cierta necesidad que al no ser cubierta causa cierta desazón. Hasta ahí la definición de un adicto queda bastante vecina. No necesito un Marqués de Cáceres, pero sí una buena novela y una tranquila hora entera para comer y leer. Esa es mi adicción lectora.

¿Y algunas drogas de la lectura, para concluir el propósito que me fijé en el título? Pues sólo voy a dar una nota de la última: Hilos de sangre, de Gonzalo Torné. La tomé prestada de la biblioteca y ahora mismo tengo una relación de amor-odio con ella que no me permite interponer otra lectura. El mismísimo Cavafis está, un poco humillado, esperando su turno. La radical contemporaneidad ridiculizada por el indolente paso del tiempo, las piruetas de la palabra contra la delicadeza psicológica y la demora del pensamiento en la palabra me tienen en un ay. ¿Me gusta o no me gusta? Eso no se contesta de las drogas; de ellas sólo se dice si uno se ha conseguido desenganchar o no. Pronto una reseña con la respuesta.

jueves, 9 de febrero de 2012

Releer libros inconclusos

¿Alguien tiene el fetiche de los libros que se comienzan dos veces?

Yo lo tengo. Me pasó con La montaña mágica y con Anatomía de un instante, me pasará con Los detectives salvajes, con Margarita y el maestro, con Los versos satánicos y con el Retrato de un artista adolescente, libros que se perdieron y que volverán como el rey Arturo cuando se les necesite.

Me sucede que cada obra que empiezo a leer y que, por desgana, porque otro libro me seduzca poderosamente y abandone infiel al primero o porque viaje y lo olvide, o porque lo preste sin haberlo acabado o por cualquier otra de un millón de razones, digo, me sucede que si empiezo a leer un libro y no lo acabo, cuando lo cojo por segunda vez -y religiosamente lo recomienzo desde la página uno- y abro una segunda era de mi lectura, suelo tener una conexión intimísima con ese libro, y lo suelo leer con enorme placer. A lo mejor se trata de que ya conozco el estilo, o puede ser que los personajes ya no necesiten explicarse o ser explicados para ser; podría darse el caso de que conozco y recuerdo algunas oraciones o algunas acciones, si es novela, o algunos versos si se trata de un poemario. Quizá la razón sea un poco más sibilina, y radique en que tiene el encanto de una segunda lectura y a su vez el de la primera, lo ingenuo y lo sabio, lo tierno y lo maduro. Un híbrido extraño, como hacerle el amor a Mrs. Robinson y a su hija a la vez.

A lo mejor es eso.





viernes, 28 de octubre de 2011

Reto literario "Constituyen pandemia"

Es una tonta idea que se me ocurrió y que mi amiguete Pedro López Manzano (creeloquequieras.blogspot.com) ha comenzado con dos enormes (y minúsculos) relatos. Para más información (y más y mejores cuentos que el que hay abajo), pinchad en su blog o AQUÍ.




jueves, 16 de junio de 2011

Juan José Millás. La viuda incompetente y otros cuentos

Es totalmente arbitrario esto que a continuación voy a escribir, pero la idea que me dan las novelas -y, por lo que veo, también los cuentos- de Juan José Millás es la de un café, un cigarrillo encendido, unas gafas mitad de pasta y mitad de metal, como las que usaba mi abuelo y las que usaban los intelectuales de los años cuarenta. Los mismos que escribían después de Hiroshima y Nagasaki y Mathausen.





(Imagen de www.elpais.com). Edito: no ando demasiado desencaminado, por lo que veo...


Me imagino a Juan José Millás escribiendo en una libreta. No sé si esto es tonto: seguramente lo haga en casa en su ordenador, con un buen procesador de textos que le permita hacer [CTRL-X] [CTRL-V] y reubicar todo. Más, teniendo en cuenta sus muchísimos compromisos profesionales para con el periódico y con su editora, Alfaguara si no recuerdo mal. Me lo imagino en el café-bar con su cigarro encendido (tampoco sé si D. Juan José fuma), su tacita vacía ya con la mancha seca, de estar casi una hora delante de él ya vacía, con el Moleskine abierto y doblado lleno de tachones, y su mente llena de pájaros, pájaros magníficos y miserables como lo somos las personas. Pájaros urbanos, casi siempre: la ciudad es un microuniverso suficiente: el mundo son las personas, y en la ciudad hay más variedad de la que se puede llegar siquiera a conocer. (Bendita y maldita Madrid.) Me lo imagino escribiendo en una suerte de tedio sabio como el de los maestros, pues Millás conoce el cómo, y regenera sin trauma el qué. (Sin embargo, de esto no estoy seguro: mientras redacto esta entrada, pienso que podrían trocarse estos dos parámetros, y que tal vez Millás conozca profundamente el qué y de vez en cuando, como delicado amante cambie el cómo.)

Al leer este pequeño librito en letra desmesuradamente grande, salido de no sé qué rincón de la biblioteca de mi padre, pienso que a este escritor hay que leerlo. Ninguno de los libros de Millás me ha defraudado. Todos me han hecho pensar. Como con los y las buenos/as amantes, con Millás te ríes al contacto con lo patético y más que con lo patético con lo pequeño. Es un inventor de una enorme imaginación, cosa que hoy día no es muy habitual: le encantan los supuestos-premisas a partir de los que empezar a fabular. Atentos a la jugada:

El adúltero compró para su mujer un secador de pelo y para su amante una liga roja, pero debido a una confusión inexplicable, puso en el árbol de Navidad de cada una el regalo de la otra. La esposa, que hacía footing y jugaba al tenis creyó que la liga era una de esas cintas que usan los deportistas para recoger el sudor de la frente, y la estrenó ese mismo día por la tarde, para salir a correr. La amante...

Así empieza "El secador y la liga", el segundo cuento del volumen. Es un comienzo tremendo.

Los cuentos de Millás, como sus novelas, huelen a realidad, a tristeza de la existencia, a vacío, a sinsentido (y podemos preguntar: "¿Por qué sigues escribiendo, Juan José, si esto no vale dos pimientos?"), a búsqueda inevitable y a consuelo raquítico (y podemos responder por él, a lo mejor acertando: "¡Aaaah, es que es lo que hay, lo único que hay!"). No son lo que más me ha gustado de cuanto he leído de él. Creo que construye las novelas con una cadencia magnífica, y que la concentración de significados que necesita un cuento no le es tan innata como la morosidad que usa en sus novelas, aunque tanto en estos relatitos como en las estampas comentadas que redacta en El País en los dominicales -si bien en ocasiones fuertemente políticas, porque a nadie escapa que Millás es fuertemente político- en cien palabras escribe toda una filosofía, pero tal vez no un mundo de ficción.

Una buena lectura, para quien pueda encontrarlo. Y, qué narices, para quien no lo consiga, que busque El orden alfabético, que es aún mejor.




domingo, 1 de mayo de 2011

Muere Ernesto Sábato

Sin fotos.

Sin textos.

(Estarán en otras partes, la red estará plagada.)


No tengo palabras. Un hombre bueno y un buen escritor. Aún vibro recordando El túnel, o las vomiteras de leer muchas decenas de páginas de Sobre héroes y tumbas sin salir a la calle ni despegar mis ojos de sus líneas, o la angustia de las torturas en Abadón el exterminador. O sus magníficos ensayos, como Antes del fin. Muere anciano como un Sófocles, pero es que alguien como él no debería morir nunca. ¡Rápido, que alguien ocupe su hueco en la trinchera!


Un abrazo, un beso, una sonrisa. Adiós, Ernesto. Gracias por tus libros y por tu vida.




martes, 12 de abril de 2011

Otra más de Robert Walser. Pronto, reseñas

Cuando he leído a Walser he sentido la potencia de la ambigüedad y la duda como nunca me ha sucedido: ¿es cómico o no? ¿Es misógino o no? ¿Es autobiográfico o no? ¿Está defendiendo al hombre o a la tribu de los hombres? Con Robert no lo sabes, nunca lo sabes: puede disfrutar lo esencial y recrearse en los detalles y puede, con una enorme facilidad, abrazar la fe del sí y confesarse militante del no. Robert Walser.




miércoles, 16 de marzo de 2011

Ventzislav Piriankov

Estaba yo buscando algún anuncio chocante para que mis alumnos lo analizaran en clase cuando di con este artista que me ha llamado mucho la atención:

Carpeta de Flickr de Ventzislav Piriakov

zolty mn

Portret mojej żony Kasi / Portrait of my Wife Kasia

Morning of the Moon


Os recomiendo que perdáis dos minutoe en mirarla. Por internet podréis ver más pinturas suyas. Las figuras alargadas parece que recuerden al Greco y a la edad media y al arte ortodoxo, pero desde luego desde una mirada actual (vamos, que en el siglo XIV no se pintaba a los amantes en pleno coito) y con un uso del color que a mí particularmente me ha gustado mucho.

Más imágenes de este autor, en un blog personal intraducible (para mí)

A ver qué os parece.



PS. Por cierto, el anuncio era el que encabeza el blog polaco.




sábado, 12 de marzo de 2011

Manual de inquisidores, de Antonio Lobo Antunes


Por fin hoy, después de tantos días de desencuentros y desequilibrios, siempre con la espada de Damocles sobre el cuello, deseando veinte minutos de paz y no teniéndolos, he conseguido acabar la novela del portugués Lobo Antunes.

Aunque bastantes de mis amistades sean buenos lectores, parece que, si bien el nombre de este autor les sonaba, no han leído nada de él. Yo mismo me acerco a la FNAC, me acerco a Diego Marín y no encuentro sus libros más que en ediciones de bolsillo de diferentes editoriales. Me pregunto, ¿cómo es esto?

No quiero ser como Carlos Boyero, y sabiendo, insultar con apellidos y nombres; no quiero tampoco ser como los autores hipócritas que hablan de la tragedia del lector, tanto por leer e insuficiente tiempo vital para hacerlo -pero siempre sobrarán unas horas de los justos para poder consumir sus textos. ¿En qué posición nos deja esto? ¿Hay que publicar todo? ¿Hay que publicar menos? ¿Todo es "imprescindible"? Está claro que no, pero entonces, ¿qué lo es? ¿Los clásicos? ¿Leer una y otra vez La Celestina y el Simplicissimus y dejar pasar los Muñoces Molina y los Lobos Antunes que están escribiendo mientras nosotros leemos y vivimos? ¿No darnos cuenta de que estamos viviendo -siempre lo hacemos- un momento histórico y decisivo de la literatura?

Hace pocos años leí Acerca de los pájaros, y esa misma novela vine buscándola cuando, al regalársela a mi amigo F., me sentí reverdecer de envidia por ser éste el momento en que él iba a disfrutar de su primera lectura de este autor, y yo ya encaraba la segunda. Es decir, yo ya no era virgen, y volvería a leer a Lobo Antunes en sus textos, con todo lo que ello significa -no leer las invenciones literarias sino el discurso del hombre que las escribe-. Para mí la anagnórisis o reconocimiento iba a ser afecto, ya desposeído de la pasión, como en cualquier otro amor.

Esta mañana acabé Manual de inquisidores, como en una entrada anterior de este blog comentaba. Ahora ya puedo decir algunas palabras sobre ella.

Formalmente, la novela sigue el estilo peculiar del autor. Lo primero que llama la atención es que no usa puntos, ni apartes ni seguidos. Hay algunas oraciones o expresiones que el narrador utiliza como un "ritornelo" o estribillo, contextualizadas o descontextualizadas, como el llamativo: "Hago todo lo que ellas quieren pero nunca me quito el sombrero para que se sepa quién es el patrón" del señor ministro a su apocado hijo Joâo, o "Dígame, jovencito, ¿usted es tonto o se lo hace?" de la suegra de Joâo a éste, "Pipí, señor ministro" de las enfermeras, cuando éste se ha deteriorado y envejecido, etc. También a ese fin usa párrafos completos reiterados con el sabor de la obsesión insalvada. El efecto que tienen es el de un lirismo estático -al fin y al cabo, aunque en el libro haya una narración un tanto tortuosa que exige un lector activo, a mi juicio predomina el lirismo estático de los momentos eternos suspendidos en la memoria de los narradores- que se mantendrá en la mente de los personajes -y de los lectores, porque vaya si algunas son impactantes- sine die. Ademas, los personajes narradores muestran "visualmente" los momentos sobre los que desean hablar, como si los estuviesen reviviendo.

El libro está dividido en cinco partes. En cada una de ellas hay un "relato" contrapunteado de "comentarios". Todos los relatos de cada parte están narrados y protagonizados, en primera persona por un personaje, básico en esa parte. Los "comentarios" estarán narrados y protagonizados por otros personajes relacionados con el principal personaje de esa parte, ofreciéndose numerosas perspectivas que hacen de la novela un auténtico caleidoscopio.

¿Algo impregna y cohesiona todas esas partes con todos esos narradores? Claro. Lobo Antunes tiene un enorme oficio de narrador, colosal. Cada parte está unida a las demás porque es un fragmento, vinculado directa o indirectamente, con "el señor ministro", uno de los hombres del régimen dictatorial de Salazar: sus hijos, su mujer, su familia, su trabajo, etc.

El tono general de la novela es de un fuerte pesimismo. La visión de los narradores -¿y del autor?- es francamente desesperanzada. En otros comentarios a este libro he leído si las revoluciones vividas -este libro tiene un riquísimo diálogo galdosiano entre micro y macrohistoria- por los personajes no serán lampedusianas -es decir, un "que algo cambie para que no cambie nada"-. Yo no lo creo así. Lobo Antunes sabe que la literatura buena no es panfleto, y que el novelista bueno es el que sabe hacer decir con verosimilitud y convicción -y no tanto con chusca crítica intervencionista del narrador- a sus personajes incluso aquello que él detesta.

Algunos fragmentos son verdaderamente maravillosos. La tragedia que suscita la primera parte, protagonizada por el hijo del ministro, es fenomenal. Me recordó a Acerca de los pájaros, en el testimonio de la indefensión de los débiles. El fragmento que protagonizan la mujer de Joâo y los pedigüeños compite con el protagonizado por el tío especulador de ésta, aunque posiblemente el último resulte más escalofriante. La historia de la cuidadora del señor ministro senil (vaya coincidencia, estoy leyendo La fiesta del chivo y allí el hombre fuerte también pierde el control de su esfínter, y en La muerte de Artemio Cruz igual, ¿qué tal una poética de la incontinencia?) también es muy hermosa, con esa bellísima frase de "(...) porque cuando una mujer le pregunta a un hombre si tiene miedo de la oscuridad es señal de que quiere quedarse con él para siempre, es señal de que quiere quedarse con él mucho tiempo.", o la historia del hijo recién nacido del ministro, etc.

Es un libro magnífico, una maravilla. Recomiendo su lectura a todo aquél que quiera aprender sobre Portugal, que quiera emocionarse, que quiera llorar, que quiera investigar en las vidas de las personas, saber cómo transcurre una dictadura, aprender de la pequeñez de un especulador, saber qué siente quien piensa que es más que los otros. La recomiendo siempre.





domingo, 20 de febrero de 2011

Olvidado Rey Gudú, de Ana María Matute

Reseñar un libro de más de ochocientas páginas no parece sencillo, y mucho menos cuando se trata de ochocientas páginas de literatura de calidad. Olvidado Rey Gudú, según los críticos de la literatura española de siglo XX, es la mejor novela de Ana María Matute. ¿Por qué? Pues ahora vamos a ver... (Aviso de que en el párrafo siguiente de esta reseña puedo desvelar materiales de la novela que estropearían la lectura de quien aún no la haya leído. Estos avisos, cuando escribes, son estúpidos y odiosos, y cuando lees, su ausencia es estúpida y odiosa.)





La historia que se nos cuenta en Olvidado Rey Gudú, a mi juicio, no es especialmente interesante: se trata de un enorme cuento de hadas en el que un rey salvaje (Olar) tuvo un hijo salvaje (Sikrosio) pero maldito con la intuición del paso del tiempo, que a su vez tuvo un hijo un poco menos salvaje (Volodioso) maldito con la curiosidad y la conquista, que fue doblegado por una niña presuntuosa y cerebral (Ardid) víctima de una de sus campañas militares, que pese a todo se enamoró de él pero fue despechada y acudió a la ayuda de sus amigos, un Trasgo y un Hechicero, para encantar el corazon de su hijo extirpándole la posibilidad de amar. El resto de la novela cuenta las aventuras de Gudú y de la niña-mujer-anciana Ardid -me parece a mí que es Ardid el personaje protagonista, por encima de Gudú- y de cómo múltiples personajes van estrellándose contra la falta de amor que el hechizo ha generado hasta un final entre lo borgiano y lo apocalíptico.

Otros aspectos, sin embargo, me parecen más interesantes, como por ejemplo la deslocalización del espacio y del tiempo. El tiempo es un tema importantísimo -diría que el principal en la novela- que, sin embargo, tiene manifestaciones muy particulares: el relato no está localizado en ningún calendario, de modo que sabemos que la historia transcurre en un mundo feudal, pero nada más. Sin embargo, el paso del tiempo es muy importante, y se nos va detallando con una atención casi obsesiva el transcurso de los años y la edad de los personajes. ¿Por que? Básicamente porque se trata de atender a la inevitable corrupción de la edad y a la pérdida de la inocencia de la infancia.

La infancia también tiene una importancia muy grande, como en todas las obras de Ana María Matute; tal vez en novelas como Paraíso inhabitado tenga más peso, porque sea el tema estrella, pero aquí tiene una presencia muy notable, como por ejemplo con la irrupción de los personajes "que serán" (la corte de la princesa Tontina), o sobre todo con la lengua Ningún, un lenguaje simbólico muy elaborado, melancólico y hermoso que no logran entender los adultos porque no es referencial.

El espacio también sufre la deslocalización de que hablábamos en el tiempo. Sabemos que en este mundo hay un sur cálido, en el que hay piratas berberiscos, placeres y sutileza, un norte agreste de hombres pelirrojos -es muy graciosa la fijación del narrador contra los pelirrojos, metáfora de todo lo brutal en el ser humano-, que existe Roma y el cristianismo, pero no se sabe en qué país -si es que lo hay- estamos ni en qué península. Se podría suponer que estamos en el centro-sur de la península ibérica, pero es todo conjetura, porque nada acompaña en esta idea.

En Olvidado Rey Gudú las metáforas y los símbolos son constantes. Su escritura dista mucho del realismo en el que se inició la autora, con obras como Los Abel o Los soldados lloran de noche. Al igual que en los cuentos, los objetos tienen un valor de utilidad narrativa y de recurrencias. Todo lo que se lee en Rey Gudú, regresará unas páginas después (cuando Ardid era niña, veía el mundo a través de una piedra azul horadada y afilada que se rompió en dos partes; ella se la regaló a su hijo adoptivo Predilecto; él se calló y se la clavó cuando vio a Tontina por vez primera, y se puso pálido y enfermó como consecuencia de la profunda herida... de amor; ésta piedra aún regresará). El salvajismo está en el cabello pelirrojo, y la pureza en los cabellos rubios de Almíbar o Predilecto. Las viñas del sur son la dulzura, frente a las nieves del norte.

Los nombres de personajes y lugares también son simbólicos: valga el ejemplo de Ardid para la niña lista, Predilecto para el niño con mejores cualidades y más querido, Tontina para la princesa niña adolescente, Once para el niño-cisne fuera del tiempo (este símbolo no lo entiendo muy bien, tal vez porque se plantó en once años), etc. Y también los seres mágicos (Hechicero-Maestro, Trasgo, Ondina, Bruja, etc.)

La novela, ciertamente, no tiene desperdicio. Su prosa es muy hermosa -si bien en mi edición hay algunos fallos de imprenta- y se hace muy inmersiva por infantil que pueda parecer la historia relatada. Digo parecer porque en Olvidado Rey Gudú se nos habla del ser humano, de la vida, de los hombres, de las mujeres, de la mirada al más allá desconocido, del amor, de la infancia, del paraíso perdido e irrecuperable, de los niños que fuimos y que vemos según dejan de serlo. Además, se hace con un escepticismo y un sentido del humor muy sutil pero que más de una sonrisa despierta. Es una novela muy bella y muy larga, y el efecto que causa su gran extensión no es tanto el verse abrumado por lo que queda como el verse reconfortado por lo que tardará en acabar.

Aquí podéis entrar en su página web, donde encontraréis un material bastante variado.




viernes, 18 de febrero de 2011

Kalpa imperial, de Angélica Gorodischer

En mi pasado cumpleaños, poco antes de recibir a mis amigos y de pasar a comer pulpo, patatas fritas y tarta de chocolate y beber cerveza y ron -ordenadamente y por pasos, se entiende- entre visita y visita a la cocina para traer platos, cucharas, servilletas y alguna vez también la fregona, tuve que guardar algunos libros que tenía sobre la mesa del comedor. Intento que esa mesa no tenga más cosas encima de las que debe, pero siempre la suele poblar el último juguete que me ha llamado la atención, y, en este caso, se trataba -habéis acertado, Sherlocks- del libro Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer.




(Imagen tomada de
http://es.paperblog.com/ donde puede leerse otra reseña de este libro)

Mi amigo Pedro, de creeloquequieras.blogspot.com me lo había regalado con dedicatoria. Además, el libro, el objeto, me atraía: por su portada pulp, por sus colores, por la suavidad de su portada semirrígida, por su tamaño y tipo de letra. No sé por qué, pero estaba deseando echarle un vistazo. Así es que, acabado Gudú, lo empecé al día siguiente.

Kalpa imperial es un libro de cuentos de distinta extensión. Todos tienen en común el estar ambientados todos en un mismo espacio vasto galáctico: el Imperio Más Grande Jamás Conocido (o algo similar). Tienen todos esos cuentos, además, en común, la importante figura del cuentacuentos (jeje, por eso me lo regaló mi amigo) que los narra: en ocasiones es un personaje secundario y en ocasiones es una voz crítica y siempre con fuerte personalidad, autoconciencia y capacidad de opinión. Además, ese narrador-cuentacuentos usa un estilo oral -como no podía ser de otra manera- muy barroco, con un cierto gusto por las oraciones muy extensas en las que se enumeran las mismas informaciones o se reescriben una y otra vez. La palabra del cuentacuentos es, en realidad, lo más importante del libro, puesto que no todos los relatos son especialmente interesantes -o al menos a mí me lo han parecido- pero su voz sí que es muy bella de leer. Además, se puede leer una cantidad de palabras extraordinaria: Angélica Gorodischer tiene un gran vocabulario.

Si se busca en Kalpa Imperial un relato de Ciencia Ficción, lo más que podrá alcanzar un lector aficionado a este género -y yo no lo soy- será la mención de la palabra "planeta". No es un libro que se apoye en una imaginación tecnológica, sino muy al contrario en la imaginación de personajes y en el uso de mitos clásicos, por ejemplo el de las bacantes en "Y las calles vacías" o el de la fundación e historia de las ciudades (La Eneida), las parábolas, etc.

Además, los cuentos de Kalpa imperial tienen de meritorio el no tratarse de "novelas acortadas", es decir, que los personajes, como sucedía en la oralidad y en ocasiones en la escritura se pierde, están para cumplir con un cometido en el relato, y el narrador-cuentacuentos no se extiende excesivamente en descripciones que no tengan una utilidad narrativa: cuando los pinta, -normalmente sólo en unos pocos trazos hiperbólicos y muy originales- o lo hace o por placer verbal o porque cada palabra con que se refiera a ellos sea efectiva narrativamente hablando.

Mención aparte, desde mi punto de vista, merece por su estructura el relato "Las dos manos" en el que distintos narradores pertenecientes a distintas clases sociales y oficios, con distintos puntos de vista, van disputándose el control del relato, sembrando la cervantina sombra de la duda sobre la credibilidad de los demás.

Y poco más. Un libro interesante, sí.




martes, 25 de enero de 2011

Doña Ana María Matute, egregia académica, invencible niña

Olvidado rey Gudú, vaya novelita... Es mi segunda lectura. Antes ya he leído esta novela -hará unos diez años- y también Los Abel, Aranmanoth, La torre vigía y una más -realista, ambientada en la guerra civil y con un lírico uso de las cursivas- que sin el volumen no soy capaz de nombrar. Y también Paraíso inhabitado, de la que me parece que hablamos aquí en algún momento.

Ana María Matute siempre escribe sobre lo mismo. Siempre. Y siempre lo hace de la misma manera. Siempre. Y siempre con la convicción de tener la (escéptica) razón de su lado. A veces. Vehemente cuando ha de serlo, las páginas del Rey Gudú son un ejemplo de fresca risa cervantina, que hace befa pero no escarnio de sus pequeños -y a veces enormes- personajes, que son grandiosos y comunes, mágicos pero borrachines y enamoradizos, fastuosos pero metaliterarios, y presentes pero futuros. ¿Suena raro esto? ¿Sí? Pues a leer las andanzas de Volodioso, Ardid, Gudú, Urdska y Olar.

Es una maravilla esa novela. Disfrutad de cada una de sus ochocientas páginas porque al acabar os parecerán pocas. Prometo un texto un poco más largo sobre esta. Pero eso será al tiempo, y no al olvido. Y que me entienda quien pueda.




viernes, 14 de enero de 2011

Antonio Lobo Antunes. ¡Cuenta las páginas!

He leído bastantes libros si me comparo con muchas personas, y ridículamente pocos si me pongo -metafóricamente- al lado de otras. Quiero pensar que en un equilibrio con quien me gusta medirme no llevo una mala proporción ni en cantidad ni en calidad.

Pero

(porque siempre hay un pero, y cuando no lo hay en realidad es que está escondido)

es la primera vez que me pasa algo que os voy a contar. He empezado a leer Manual de Inquisidores, del novelista portugués Antonio Lobo Antunes. La novela no tiene desperdicio, es una auténtica maravilla (aunque no sé si me gusta más que Acerca de los pájaros, que me emocionó como un niño) pero como aún no está acabada no quiero desvelar nada de ella. También me reservo porque no me gusta alardear de qué estoy leyendo sino compartir qué he leído. (Un poco como Borges, aunque está claro que el argentino es el argentino y el resto somos otra cosa).



(Imagen tomada del blog Tránsitos de Medianoche)

Cuando cojo la novela de Lobo Antunes, y mira que tengo unas ganas enormes de hacerlo, en lugar de agarrarla y leer lo que pueda y donde pueda, como me ha pasado con muchos otros libros (Justine en clase, el Canzoniere en los parques, Heine en el salón de mis parlanchines padres -hijo malo-, etc.) me detengo durante unos segundos y sopeso: ¿de cuánto tiempo dispongo?, ¿en qué situación me voy a encontrar durante la lectura?, etc. En ese momento empiezo a correr páginas como si quisiera animar un monigote dibujado en un margen. Y, claro, cuento con una resta el número de páginas que restan desde la marca hasta el comienzo del nuevo capítulo. Si haciendo la estimación la respuesta es positiva, comienzo a leer con enorme placer, pero si parece que no voy a poder acabar el capítulo, entonces ni lo comienzo. ¿Por qué esto?

Leed alguna novela suya y lo descubriréis. En unos días, la respuesta.

PD. Enlazo a una entrada posterior en la que hay una reseña de esta enorme novela, ya leída. Cosas de los buscadores...


domingo, 26 de diciembre de 2010

¿Haruki Murakami? ¿Es usted? ¿Seguro? No sé, no sé...

Estoy a unas ochenta páginas de acabar de leer La caza del carnero salvaje, novela del escritor japonés Haruki Murakami. Es un libro que creo me fue regalado por un amigo, que ya ha hecho en algunas ocasiones acto de presencia por este blog. Y digo creo porque en ningún momento de mi vida recuerdo haber abierto la puerta de la librería con intención de comprar un libro a este señor; pero es que en mi biblioteca aparece no uno sino dos de sus volúmenes en ediciones de un cierto valor económico, de Anagrama y de Tusquets, -cosa de la que, en tanto me es posible, también huyo.


(Imagen tomada del blog www.otrastardes.com)


Ante la duda, con un ciero tacto para no ofenderlo, un día entre semana que estábamos reunidos con más amigos y con algunos aperitivos y cervezas de por medio, primero lo afirmé y luego lo dudé, a ver si se animaba él a aclarármelo, pero no resultó, pues él tampoco tenía consciencia de esto. Otra hipótesis sería la de que el libro ingresara en mi casa por la vía paterna de los regalos navideños, pero me resulta igualmente peregrina por el hecho de que un nombre nipón en la portada quizá no le inspirase demasiado.

Recuerdo esto al hilo de la impresión constante que en mi está causando la lectura de la segunda -aunque cronológicamente primera- novela de Murakami que se encontraba en mi estantería: La caza del carnero salvaje, un texto impredecible como una cabra, salvaje como una bestia y ciertamente cómico como el mismo diablo que se mantuviera escondido en una esquina escrutándome al leer cada nueva página.

Pero empiezo por la primera, puesto que si no no se entenderá mi turbación con los carneros. Tokio Blues: Norwegian wood es una bellísima novela con una prosa contenida y cuidadísima sobre la interioridad común de un estudiante universitario atenazado por un hecho luctuoso que debe desembarazarse de la belleza de éste y aprender a vivir de manera "común". Se trata de una obra estupenda, con pasajes en los que una buena traducción hace que no sobre ni falte una coma (nota para los suspicaces: no es que yo sepa japonés y la haya leído en ambas lenguas y comparado, pero sí hay que tener en cuenta que en los textos traducidos sólo las ideas -el argumento, por ejemplo, de una novela- y la disposición -la estructura de los elementos como el espacio, el tiempo, los personajes, los párrafos y su presentación- se pueden pasar de una lengua a otra. La elección de las palabras ya no es obra del escritor sino del traductor) y que la experiencia de lectura pueda ser muy íntima, muy recogida. Si en todos los autores sucede, Murakami en esta obra muestra que es un maestro de los silencios.

Después de leer Tokio blues... comencé La caza... y más de una vez tuve que volver a echar un ojo a la portada. ¿Era el mismo escritor? Mientras que Tokio blues... era una obra moderna, La caza... era puramente posmoderna. Mientras que Tokio blues... hablaba una Historia del corazón como las de Vicente Aleixandre, La caza... era una locura variada, un terremoto o un vórtice de agua como el de Poe en el que el vértigo de lo leído se adueñaba de la escena. Tokio blues... es una obra divertida, inteligente, que mezcla muy variados materiales -lo jocoso, lo serio- filosóficos y literarios, que desautomatiza la lectura y la lengua, que interrumpe la historia principal con historias secundarias aún más interesantes -y la principal, tonta y/o metaliteraria, una búsqueda a la manera de Jasón, Medea y el vellocino o de los caballeros de Chretien es verdaderamente magnética. Es una novela en la que un narrador caprichoso -bendito capricho el suyo- cuenta las andanzas de un personaje "mediocre" al que sucede algo que de extraordinario se torna ridículo: la búsqueda hiperrealista -y a veces superrealista- de un carnero concreto con poderes inimaginables.

¿Qué hay de Murakami en ambos? Cuesta encontrarlo. ¿La concreción, el gusto por la oración breve, los detalles, la mirada selectiva, las ocurrencias enternecedoras de la mirada original del narrador, los personajes con una fuerte personalidad, las referencias culturales y sobre todo musicales? Pues sí, pero... ¡siguen siendo el día y la noche estas dos novelas! Pienso que una persona capaz de parir dos hijas tan distintas en un margen tan corto como el que diferencia a ambas es un auténtico intelecto, con una presentación no obstante tan poco espectacular que a muchos pueda pasar desapercibida.

Y por eso me pregunto si es verdad que ambos autores son Murakami. Y le digo a mi/s libro/s. ¿Murakami? ¿Es usted? ¿Seguro? No sé, no sé...





martes, 16 de noviembre de 2010

Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo

Anoche antes de acostarme prometí unas palabras sobre esta novela. Bien, hoy toca cumplir.

Artículo de verdad sobre Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo, por Juan Antonio López Ribera, publicado en la revista Tonos de la Universidad de Murcia.

Para las personas que no hayan leído nunca un buen artículo de crítica literaria, es un buen ejemplo de cómo se puede analizar una obra sin destrozarla y sin caer en lo pedante, los datos sueltos que no llevan a nada. Es un articulo muy bueno. Pero ya sabéis que este tipo de artículos es mejor revisarlos cuando la novela ya se ha leído, porque para analizar la obra presuponen que el lector del artículo también lo ha hecho.

Y para quien, pese a todo, no se atreva, pues tendré que decir yo algo... Ventajas... es una novela relativamente breve (no tendrá más de unas 200 páginas en la edición de bolsillo) que se lee en una sentada. Si tienes mala suerte, en dos. ¿Por qué tan rápido? Bien, habrá quien piense que esto es bueno y quien recele. A Stephen King también se le lee rápido. ¿Pero es Orejudo Stephen King? ¡No, por Dios! Esta novela es muy buena, e iré desgranando por qué, independientemente del orden

En primer lugar, cuenta una historia que engancha. La primera página es de antología, aunque ya digo que difícilmente se separará la vista hasta que uno sea molestado en torno a la página cincuenta y cinco por los críos del vecino o por un teléfono que se ha olvidado de apagar. Esta historia, además, no es lo que parece, y sufre varios cambios a lo largo del libro de modo que siempre nos va manteniendo en vilo. Y además, es múltiple, porque dentro de esta historia los personajes, como en Cervantes o en García Márquez, cuentan también sus historias.

En segundo lugar, la lengua literaria que usa está muy bien tratada. El estilo es muy particular. Es tremendamente veloz aunque use, en ocasiones, oraciones bastante largas. Tal vez yo eche de menos alguna descripción extensa más, pero la idea del libro -muy coherente- no las pide. Las voces de los distintos narradores -el principal y los secundarios- son muy diferentes. Hay un personaje africano inmigrante que cuenta su historia que al principio parece una caricatura grosera y luego uno se da cuenta de que es que está hablando como si fuera realmente un africano que confunde el frances -su primera o segunda lengua- con el castellano. ¿De qué trata? De las historias sorprendentes -verdaderamente sorprendentes- que se cuentan o que ocultan unos personajes que coinciden en un tren. No digo más.

En tercero, la crítica que trasluce de la novela es bestial -aunque muy divertida- y no deja títere con cabeza: los estudios literarios, las tendencias literarias anteriores, la sociedad bienpensante, etc. La novela, además, tiene un tinte metaliterario precioso, porque, ¿qué es viajar en tren sino ser llevado por la vida, por una vida posible, como la de la literatura?

Un pedazo de libro. Lástima que sea carne de biblioteca. Los libros buenos como este habría que reeditarlos, y no tanta edición de chorradas de moda, de famosos y de autoayuda.




Otra entrada sobre Ventajas... en el estupendo blog Las cosas que hemos visto, del que vinculo la foto.

Apuntes

A ver si mañana tengo un rato y escribo algo sobre el Jakob von Gunten de Robert Walser y Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo. Serán cosas buenas.

domingo, 17 de octubre de 2010

Por qué no me gusta "Canción de Hielo y Fuego"

Bajando por las escaleras de una preciosa cala, mi amigo Jesús/Salvador/Suto y yo, una tarde del final del pasado agosto, charlábamos sobre Canción de Hielo y Fuego, una serie de siete novelas de George R. R. Martin de las que en la actualidad hay -creo- publicadas cuatro.

Mi amigo Piotr, el de -sí, otra vez- Cree lo que quieras, me había primero recomendado y posteriormente regalado el primer tomo de esta serie que de algún modo podríamos llamar saga -por la sucesión generacional de sus personajes- aunque esto no sea lo principal en ella. Quería que dijera qué me había parecido. Y quería que me gustara. Siempre que regalamos algo, queremos que al regalado le guste; y si además es un libro, si lo aprecia es como si nos apreciara a nosotros, porque los libros leídos y queridos son parte de nosotros, y nosotros de ellos.

Pues quiero un montón a mi amigo, pero Canción de Hielo y Fuego no me gustó. Leí el primer volumen completo. Lo leí rápido, es cierto, y en ocasiones leí muchas páginas en un solo día. Al contrario de lo que muchas personas piensan, devorar un libro no lo hace mejor. Hay libros que por su forma, su estructura, su tema o por la elección de palabras que el/la escritor/a y el/la traductor/a se leen a enorme velocidad. Y luego están los mecanismos de intriga, como acabar los capítulos en un clímax -que ahora no sé por qué carajo se le llama cliffhanger, cuando eso ya lo hacían los escritores de los folletines y novelas por entregas del siglo XIX, y el mismo Dostoievski, que no todo lo han inventado los guionistas de las series de TV- o hacerse autobombo intraliterario -por ejemplo, el hecho de que dos personajes comenten nerviosos el resultado de una acción que va a esclarecerse en el capítulo siguiente es un truco del escritor para que el lector se identifique con los nervios de esos dos personajes secundarios y aumente su interés.

Canción de Hielo y Fuego se lee rápido, además, porque no exige mucho del lector. El vocabulario es limitado, las descripciones son breves, los paisajes apenas están esbozados, y la psicología de los personjes -ojo, que esto último no me parece malo- sólo se lleva a término en su propia actuación (en diálogos, o en acciones), no por obra del narrador. Por otra parte, es bastante previsible en muchos casos; en otros, parece que hubiera alguna arista y algún lado oculto en los personajes, pero la insistencia machacona del narador en recordarnos que el personaje es redondo lo vuelve plano. El ejemplo que tomo es que en un porcentaje muy elevado de las veces que el personaje Sandor Clegane entra en escena el narrador le pone cerca a Sansa Stark para decirnos una y otra vez que aun un tipo sucio, deforme, innoble y cruel tiene un lado tierno.

El contenido de la novela es básicamente el impacto que tienen las conspiraciones políticas en personajes de clase alta. Al menos en la primera de las novelas no parecía haber un protagonista único.

Se ha hablado mucho de los capítulos. No es una mala idea, podemos decir que es un acierto, que los capítulos se centren en personajes, pero no nos engañemos: el fragmentarismo es un recurso que el arte ha tomado desde la Edad Media, y mucho más desde comienzos del siglo XX. Después del Ulises de Joyce o de la Rayuela de Cortázar, la novela es de nuevo fragmentaria, no "¡oh, una novela en fragmentos, qué originalidad!" Por otra parte, estos fragmentos tan breves le permiten a George R. R. Martin matar dos pájaros de un tiro: sensibilizarse con lectores poco habituados a mantener la concentración durante más de diez minutos en un mismo texto -aviso, que no todos los lectores de Martin son de este tipo, pero es cierto que una buena cantidad no lee con frecuencia y se le hace cuesta arriba otro tipo de novelas- y aparecer creativo, original y, como reza la publicidad de la contraportada, fluvial. (¿No entendéis esto? ¡Yo tampoco!)

Una perla de esta novela, irónicamente hablando, son los valores que destila, como lo es su exagerado machismo, todo hay que decirlo. Si Canción de Hielo y Fuego transcurre en un mundo inventado, no real, copiar la edad media de nuestro mundo real no es una necesidad para el autor. Si la ha copiado con todo lo malo de esta -el clasismo, el machismo, la verticalidad del poder-, ha sido porque ha querido.

Al final, además, queda una cosa clara: para mí una novela es una obra de arte. Para otra persona puede ser otra cosa distinta, entretenimiento por ejemplo. Para mí una novela, como obra de arte, debe atender a dos cosas importantes: me tiene que transmitir ideas, crear un diálogo con mis pensamientos, que se entresaquen de las palabras del narrador y de sus personajes. La historia relatada me divierte, y eso nunca está mal, pero no es lo único. Para mí debe haber, como digo, un juego de ideas por detrás, ya sean filosóficas, políticas, éticas, etc. Y lo único que veo en Canción... es la creación de la necesidad de un consumismo de historias, no muy distinto a como un publicista actúa con sus productos. Además, el arte es sobre todo forma. No me gusta demasiado cómo está planteada ni llevada a palabras la novela. Aunque tampoco creo que eso importe mucho a su autor.

Para acabar os dejo unas webs a aquellos que sí os haya gustado la novela. Como ha sido un impacto de ventas y de críticas en el minimundo de la ciencia-ficción y la fantasía épica supongo que más seguidores que detractores tendrá. Si sois de los segundos, os pueden gustar las siguientes:

Test de personalidad de Canción de hielo y fuego

Juego de cartas

Entrevista con los creadores de la serie de televisión

jueves, 24 de junio de 2010

¡Eureka Borges!

Pues lo comprendí. ¡Eureka! ¡Por fin! Leyendo Everything and nothing. ¡Ahí está Borges! ¡Ahí está (casi) todo Borges!

Pista 1: las aporías de Zenón de Elea, Aquiles y la tortuga.

Pista 2: La esfera de Pascal.

Pista 3: La diferencia entre hablar a una persona de la que conoces muchos datos individuales, muchas personas, que tienen menos cosas en común, y todos los seres humanos, que es forzar la diferencia hasta el absurdo.

Pista 4: El todo y la nada y la pesadilla del Aleph.

Pista 6: Leer mucho a Borges. ¡Si es una maravilla, cómo sus palabras huelen a polvo de pergamino del siglo III a. C.!

Pista 7: Veeeeeeeenga, me podéis preguntar en los comentarios a esta entrada (por mi respuesta, que a lo mejor es un gol fantasma). Pero merece la pena que lo busquéis por vosotros.




¡Qué bien, qué bien! Admito que salí dando gritos por casa, correteando y dando voces, apretando los puños. ¡Hace años que empecé a leer a Borges y aún no había cogido el quid! Pues, me digo ahora, ¡menos mal que no estaba desnudo!




martes, 22 de junio de 2010

José Saramago. Me explico:

Este texto es un comentario que he escrito en el blog La isla de Calipso. Es un hermoso blog que os recomiendo que visitéis.

El caso es que escribiendo esa entrada me he dado cuenta de que el otro día golpeaba el teclado para mí solo en relación a la muerte de José Saramago y quisiera compartir lo que de él sé, no sólo desahogarme individualmente.

Tengo una pequeña anécdota de Saramago...

Hace algunos años, en Murcia, acudió a una serie de charlas, ponencias y mesas redondas que se llamaba "Los Cervantes en Murcia" o algo parecido, donde, como se puede intuir, se traía a los premios Cervantes... En realidad, bien pensado, son dos anécdotas. La primera es la siguiente: de los muchos congresos a los que he asistido, ha sido el único "cabeza de cartel" que ha acudido a todas y cada una de las charlas que sobre su obra -y unas pocas sobre las obras de otros- se daban. Una muestra de su personalidad. Ya se sabe que los autores normalmente acuden a la ciudad del congreso, pasan unos días de vacaciones, si acaso pisan la sala de ponencias cuando dicta conferencia el más destacado ponente del día y a cenar a los bares y restaurantes... Eso cuando no vienen el último día a firmar y listo.

La segunda es que en la última ponencia, en la que hablaba él, estaba prevista una entrevista. El catedrático que organizaba la sesión tenía una serie de preguntas que hacerle a Saramago. Le hizo la primera... y ninguna más. Sin prisa, pensando, rumiando, meditando, Saramago hablaba en un castellano excepcional sobre las personas, las sociedades, la literatura, un mundo mejor, etc. Así detuvo el mundo durante tres cuartos de hora. Luego nos despertamos para aplaudirle.

Por cierto, es un bonito blog. Muy bonito. A ver si tengo tiempo para leer unas cuantas entradas más.




Los paseos de Robert Walser

La literatura de Robert Walser está llena de paseos por la vida, por el pensamiento, por la consciencia que roza la subconsciencia. Camina sin rumbo hacia un final del camino incierto que no hará sino llevarse las delicias del propio paseo, del camino. Caminante, ¿no hay camino? Pues para Walser no. Disfrazado apenas de Simon Tanner pasea incluso campo a través. Como el ayudante del ingeniero Dobler también pasea por el parque. En sus conversaciones revolotea como un pájaro (¡un pájaro sí que estás hecho, Robert!) sin dejar que sus interlocutores abran la boca. ¿Para qué? Total, sólo estropearían la música, la música que acompaña al hermoso paseo.