Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

domingo, 20 de noviembre de 2016

La hermandad de la uva, de John Fante

La hermandad de la uva, de John Fante


Me sonaba el nombre de John Fante. Cuando uno se interesa por cualquier cosa, algunos nombres gravitan sobre las conciencias sin que se sepa mucho sobre ellos, el consabido "me suena, y no sé de qué". Pues a mí me sonaba John Fante, y no sabía de qué.

La hermandad de la uva ha sido el título elegido. Una novela. Mis lecturas se han hipertrofiado en la narrativa, es un hecho. Pierdo el hilo de la poesía, que hace unos años retuve con mucho más interés que los relatos. Y no tengo paciencia para el ensayo. Y es una lástima, porque cualquier novela, en el fondo, es un ensayo travestido, y una novela buena es la que, para mí, contiene pasajes líricos: a casi todas se los reclamo.

La hermandad de la uva está muy bien escrita. Su argumento es el desarrollo de una extraña prueba autoimpuesta por un personaje execrable (un mal marido, putero y violento, un mal padre, egoísta y sádico) a sí mismo y a su hijo, el protagonista del relato, que acaba siendo un trasunto del propio Fante. Una prueba tal que construir un ahumadero con setenta y tantos años, pico, pala y mortero, con las consecuencias para la salud que ello conlleve.

Contiene algunos fragmentos de una belleza especial, en los que Fante contrapuntea la llaneza realista de un relato familiar de provincias con algunas miradas valerosas que rompen con el argumentario de lo moralmente correcto. Los ancianos amigos del anciano albañil italoamericano no atesoran sabiduría, son solo carcasas inútiles a la espera de la muerte. El protagonista, escritor entrampado e hijo del anterior, es un cínico, un mentiroso, un fraude. Sus hermanos son un bochorno, que prefieren escuchar un partido de los Giants (o el equipo de baseball que sea, vaya) antes que acudir al hospital a ver a su padre moribundo. No hay amor, solo aprovechamiento; o quizás sí lo haya, puesto que en la novela de Fante se regresa a los mismos lugares con miradas diferentes, y nada es lo que se afirma en primer término. O sí, bien pensado, sí... y tal vez solo dependa de si es par el número de veces que se regresa a la misma ridícula Ítaca. Aquí no encontramos la obsesión monolítica de Petrarca, sino una veleidad posmoderna. Lunar. Líquida, que dirían algunos.

(Mención especial a la madre del protagonista. ¡Vaya personaje!)

Antes de dispersarme, líquido también yo, mencionaba los fragmentos de divergencia. Pero hay también otros fragmentos de divergencia diferentes, que, además, son arrebatos líricos maravillosos. De esos que uno encuentra mutilados, sacados de su sitio y citados sin referencia a su autor. No sé si en otras novelas de este mismo escritor también los encontraré pero estoy seguro de que voy a buscarlos. El humor no es uno de ellos, que está presente en casi todas las páginas. Humor ocurrente y divertido, y bruto.

Algunos amigos me han recomendado otros títulos de este autor. Si leer es un duelo perdido con uno mismo y con los demás, siendo los demás concebidos como un todo único que por peso -a los puntos y al ko- siempre vencen al yo, entonces debo tener algún tipo de pulsión masoquista lectora -bastante común, por otra parte- pues me encanta que mis amigos me superen en lecturas, que me superen y que me ninguneen enseñándome sus mapas del tesoro.

Me sonaba, no sabía de qué, y a día de hoy sigo sin saberlo. Pero ya sé por qué me gusta.