Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

domingo, 20 de febrero de 2011

Olvidado Rey Gudú, de Ana María Matute

Reseñar un libro de más de ochocientas páginas no parece sencillo, y mucho menos cuando se trata de ochocientas páginas de literatura de calidad. Olvidado Rey Gudú, según los críticos de la literatura española de siglo XX, es la mejor novela de Ana María Matute. ¿Por qué? Pues ahora vamos a ver... (Aviso de que en el párrafo siguiente de esta reseña puedo desvelar materiales de la novela que estropearían la lectura de quien aún no la haya leído. Estos avisos, cuando escribes, son estúpidos y odiosos, y cuando lees, su ausencia es estúpida y odiosa.)





La historia que se nos cuenta en Olvidado Rey Gudú, a mi juicio, no es especialmente interesante: se trata de un enorme cuento de hadas en el que un rey salvaje (Olar) tuvo un hijo salvaje (Sikrosio) pero maldito con la intuición del paso del tiempo, que a su vez tuvo un hijo un poco menos salvaje (Volodioso) maldito con la curiosidad y la conquista, que fue doblegado por una niña presuntuosa y cerebral (Ardid) víctima de una de sus campañas militares, que pese a todo se enamoró de él pero fue despechada y acudió a la ayuda de sus amigos, un Trasgo y un Hechicero, para encantar el corazon de su hijo extirpándole la posibilidad de amar. El resto de la novela cuenta las aventuras de Gudú y de la niña-mujer-anciana Ardid -me parece a mí que es Ardid el personaje protagonista, por encima de Gudú- y de cómo múltiples personajes van estrellándose contra la falta de amor que el hechizo ha generado hasta un final entre lo borgiano y lo apocalíptico.

Otros aspectos, sin embargo, me parecen más interesantes, como por ejemplo la deslocalización del espacio y del tiempo. El tiempo es un tema importantísimo -diría que el principal en la novela- que, sin embargo, tiene manifestaciones muy particulares: el relato no está localizado en ningún calendario, de modo que sabemos que la historia transcurre en un mundo feudal, pero nada más. Sin embargo, el paso del tiempo es muy importante, y se nos va detallando con una atención casi obsesiva el transcurso de los años y la edad de los personajes. ¿Por que? Básicamente porque se trata de atender a la inevitable corrupción de la edad y a la pérdida de la inocencia de la infancia.

La infancia también tiene una importancia muy grande, como en todas las obras de Ana María Matute; tal vez en novelas como Paraíso inhabitado tenga más peso, porque sea el tema estrella, pero aquí tiene una presencia muy notable, como por ejemplo con la irrupción de los personajes "que serán" (la corte de la princesa Tontina), o sobre todo con la lengua Ningún, un lenguaje simbólico muy elaborado, melancólico y hermoso que no logran entender los adultos porque no es referencial.

El espacio también sufre la deslocalización de que hablábamos en el tiempo. Sabemos que en este mundo hay un sur cálido, en el que hay piratas berberiscos, placeres y sutileza, un norte agreste de hombres pelirrojos -es muy graciosa la fijación del narrador contra los pelirrojos, metáfora de todo lo brutal en el ser humano-, que existe Roma y el cristianismo, pero no se sabe en qué país -si es que lo hay- estamos ni en qué península. Se podría suponer que estamos en el centro-sur de la península ibérica, pero es todo conjetura, porque nada acompaña en esta idea.

En Olvidado Rey Gudú las metáforas y los símbolos son constantes. Su escritura dista mucho del realismo en el que se inició la autora, con obras como Los Abel o Los soldados lloran de noche. Al igual que en los cuentos, los objetos tienen un valor de utilidad narrativa y de recurrencias. Todo lo que se lee en Rey Gudú, regresará unas páginas después (cuando Ardid era niña, veía el mundo a través de una piedra azul horadada y afilada que se rompió en dos partes; ella se la regaló a su hijo adoptivo Predilecto; él se calló y se la clavó cuando vio a Tontina por vez primera, y se puso pálido y enfermó como consecuencia de la profunda herida... de amor; ésta piedra aún regresará). El salvajismo está en el cabello pelirrojo, y la pureza en los cabellos rubios de Almíbar o Predilecto. Las viñas del sur son la dulzura, frente a las nieves del norte.

Los nombres de personajes y lugares también son simbólicos: valga el ejemplo de Ardid para la niña lista, Predilecto para el niño con mejores cualidades y más querido, Tontina para la princesa niña adolescente, Once para el niño-cisne fuera del tiempo (este símbolo no lo entiendo muy bien, tal vez porque se plantó en once años), etc. Y también los seres mágicos (Hechicero-Maestro, Trasgo, Ondina, Bruja, etc.)

La novela, ciertamente, no tiene desperdicio. Su prosa es muy hermosa -si bien en mi edición hay algunos fallos de imprenta- y se hace muy inmersiva por infantil que pueda parecer la historia relatada. Digo parecer porque en Olvidado Rey Gudú se nos habla del ser humano, de la vida, de los hombres, de las mujeres, de la mirada al más allá desconocido, del amor, de la infancia, del paraíso perdido e irrecuperable, de los niños que fuimos y que vemos según dejan de serlo. Además, se hace con un escepticismo y un sentido del humor muy sutil pero que más de una sonrisa despierta. Es una novela muy bella y muy larga, y el efecto que causa su gran extensión no es tanto el verse abrumado por lo que queda como el verse reconfortado por lo que tardará en acabar.

Aquí podéis entrar en su página web, donde encontraréis un material bastante variado.




2 comentarios:

Pedro López Manzano dijo...

Pues tras leer el primer párrafo, lógicamente, no he continuado con la reseñs

El cuentacuentos dijo...

Jeje...

Es el primer párrafo tras la portada del libro en el que se habla un poco de la historia. Pero en realidad ni siquiera leyendo ese párrafo se destripa tampoco gran cosa porque se trata de la historia de una saga familiar, no una novela de intriga.