Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

domingo, 4 de abril de 2010

El tío Vania. El vacío en el corazón (del Tío Vania, de Elena, y de María Vasilievna, y de Teleguin, y de...)

Es la segunda vez que leo El Tío Vania, de Chejov. Supongo que es una pérdida de tiempo deciros quién es Chejov, porque quien más quien menos todo el mundo lo conoce. Por si os interesa, ahí van unas palabras.

Chejov es un tipo que se propuso ser el Maupassant de Rusia. Maupassant era... (¡uf, nos hemos metido en el laberinto infinito del diccionario, hay que salir!) un genial escritor de cuentos del realismo-naturalismo francés del siglo XIX, aunque sus cuentos a veces sean de terror o puedan parecernos menos realistas; para quien no la conozca, recomendaré Bola de sebo, un cuento largo o novela corta que dicen que es el origen de las road movies.

Enlace al texto de Bola de sebo, en la estupenda web Ciudad Seva


Vuelvo a Chejov. Nuestro querido Anton Chejov trató de ser el gran cuentista de su época, y vaya si lo consiguió el amigo... Al principio, en los periódicos, escribía cuentos humorísticos muy ácidos, atacando a la ignorancia y la estupidez de la sociedad rusa de la época, que sólo buscaba los bailes y las bebidas alcohólicas -¿esto es un deja vu?-, pero poco a poco empieza a regresar de la sociedad y a meterse en el hombre...

Los cuentos de Chejov son una maravillosa entrada en la mente humana. Esto así dicho suena a topicazo de contraportada, ya sabéis, esos peligrosísimos lugares en los que se nos destripan las novelas o se nos vende humo o se nos habla de otro libro totalmente distinto del que tenemos en las manos. En concreto, Chejov de lo que mejor sabe escribir es de los personajes que dudan y de los personajes que tienen alguna especie de vacío en su vida. Los personajes de Chejov dicen una cosa y anhelan otra, y muchas veces nadie es testigo de las cosas que hacen porque sólo las hacen en su imaginación. Los personajes de Chiejov son el mejor quiero y no puedo de la Historia de la Literatura, o al menos de la que he leído yo -que no es toda la Historia de la Literatura, jajaja, vaya petardo de frase- en estos años.

Pero es que además, Chejov sabe describir a pinceladas. No es de los que hacen las descripciones de izquierda a derecha y de arriba abajo, sino que en las propias descripciones ya desliza un adjetivo o un verbo que tienen que ver con la mirada del personaje observador.

Hay muchos cuentos de Chejov que son extraordinariamente buenos, como La dama del perrito. Hay varias ediciones en castellano; la que no aconsejo es la que leí yo, la de Ediciones B, que tiene una traducción que no me gusta nada. Está en Alianza, en Porrúa, en Alba, etc.

(Pinchando arriba, sobre "La dama del perrito", tenéis otro enlace con el texto de la novela corta de Chejov. ¡Espero que no os volváis vagos con esto de que hoy os pongo los enlaces de los textos! Aviso, igualmente, de que no he leído la traducción de la web, así es que espero que sea buena.)


Y llegamos al teatro, que es de lo que en principio íbamos a hablar. En el siglo XIX lo que daba dinero no eran los cuentos -aunque publicar en los periódicos siempre ayudaba a sacar el mes adelante- y mucho menos la poesía. Para hacerse rico con la poesía hay que ser (y escribir como) Antonio Gala. En el XIX lo que daba el éxito con mayúsculas era el teatro. La clave es que muchos autores que se sienten cómodos y dominan su género, como es el caso del periodista Mariano José de Larra, intentan triunfar en un género que desconocen y fracasan. La gloria literaria dependía del gusto de los burgueses orondos y acomodados a los que no gustaba que les criticaran como clase social, así es que toda crítica -y la buena literatura siempre casi siempre lo es-, más o menos severa, tenía que ser sutil y superar la censura que el espectador que pagaba las entradas le oponía.

Y Anton Chejov tuvo que probar fortuna allí.


El tío Vania es una obra de teatro magnífica. Tuve un profesor en la facultad que -creo que es una gran frase- decía que "en una buena obra de teatro no falta ni sobra una coma", y que prácticamente el director no quita nada del texto original; no así sucede en las dramaturgias de mesa camilla, en los autores que no dirigen actores ni pierden dinero con una mala entrada, que andan un poco en la parra, como suele decirse en mi tierra. Es magnífica porque todas las intervenciones crean conflictos y están metidas de lleno en la tensión entre las ideas opuestas que defienden o simbolizan los personajes.

El argumento (aviso: no estoy estropeando ninguna lectura, todo lo que voy a decir se sabe en las primeras dos páginas) es el siguiente problema: el gran catedrático jubilado Serebriakov, al que no le llega el dinero para vivir en la gran ciudad, marcha con su bella e inactiva segunda esposa Elena Andréievna a vivir a la hacienda que su primera esposa le dejó en herencia, y quien la cuida es el hermano de la primera esposa...

No se puede decir que los diálogos sean "creíbles" porque cuando los diálogos son creíbles no hay teatro. (Al buen teatro siempre se le ve un poco el engranaje.) Pero sí que se puede decir que son tremendamente sentidos y sinceros. Los personajes afirman cosas que se les ve que no desean afirmar, por ejemplo. Se ve que tienen muchísima vida interior, y que el conflicto va por dentro.



He aquí un par de vídeos de la película que hizo Louis Malle sobre un montaje de David Mamet.





Atención al vídeo, que sí destripa el final...





Eso de que el conflicto va por dentro, en un cuento o una novela se puede hacer sin mucha dificultad (hacerlo bien es otra cosa) porque existe un narrador que puede meterse en el pensamiento de los personajes, pero, ¿cómo se hace en el teatro, donde no suele haber narrador, y el espectador no llega a la cabeza del personaje sino en lo que éste expresa?


Pues como colofón, después de toda esta horrenda parrafada, os recomiendo que os olvidéis de lo que he dicho y... os leáis El tío Vania. En este mismo enlace.

Y ya me comentáis qué tal.





5 comentarios:

Pjotr L. Manzano dijo...

Sabes que con el cebo de Guy de Maupassant morderé necesariamente el anzuelo.
Ya intentaré comentar algo cuando lo lea.

Pedro López Manzano dijo...

Pues ya he leído La dama del perrito y en efecto algo me recuerda a Mr. Guy, sobre todo el de Bel Ami, y a otros como Stephan Zweig. Es una delicia de relato, pero ¿no te da la sensación de final truncado?

El cuentacuentos dijo...

Muchos de los cuentos de Chejov y de sus obras de teatro acaban así, en un "sin final", una situación tensa que quizá en algún momento estallará, o simplemente se mantendrá así de incómoda hasta siempre.

Eso podría tener que ver con que Chejov empieza a decirnos que el mundo no es algo que empiece tenue, que se desarrolle enrevesadamente y acabe de manera brillante. Pero en otro plano, en el plano psicológico, el de la acción interior, sí que puedes decir que ha habido un final, una resolución: el personaje -no recuerdo el nombre ruso, jeje- ha logrado saltar sus barreras burguesas cómodas y prometerse a un amor incierto. El relato concluye con la misma incertidumbre que el pensamiento del personaje: ¿lo sacarán adelante la dama del perrito y él o fracasarán y regresarán a su antigua vida decepcionante?

Es que la vida sigue después de los cuentos...

El cuentacuentos dijo...

(Por cierto, gracias por tus comentarios.)

El cuentacuentos dijo...

Imbécil, ignorancia, tonto, loquito...

Encantado de conocerte, Daniel.