Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

domingo, 26 de diciembre de 2010

¿Haruki Murakami? ¿Es usted? ¿Seguro? No sé, no sé...

Estoy a unas ochenta páginas de acabar de leer La caza del carnero salvaje, novela del escritor japonés Haruki Murakami. Es un libro que creo me fue regalado por un amigo, que ya ha hecho en algunas ocasiones acto de presencia por este blog. Y digo creo porque en ningún momento de mi vida recuerdo haber abierto la puerta de la librería con intención de comprar un libro a este señor; pero es que en mi biblioteca aparece no uno sino dos de sus volúmenes en ediciones de un cierto valor económico, de Anagrama y de Tusquets, -cosa de la que, en tanto me es posible, también huyo.


(Imagen tomada del blog www.otrastardes.com)


Ante la duda, con un ciero tacto para no ofenderlo, un día entre semana que estábamos reunidos con más amigos y con algunos aperitivos y cervezas de por medio, primero lo afirmé y luego lo dudé, a ver si se animaba él a aclarármelo, pero no resultó, pues él tampoco tenía consciencia de esto. Otra hipótesis sería la de que el libro ingresara en mi casa por la vía paterna de los regalos navideños, pero me resulta igualmente peregrina por el hecho de que un nombre nipón en la portada quizá no le inspirase demasiado.

Recuerdo esto al hilo de la impresión constante que en mi está causando la lectura de la segunda -aunque cronológicamente primera- novela de Murakami que se encontraba en mi estantería: La caza del carnero salvaje, un texto impredecible como una cabra, salvaje como una bestia y ciertamente cómico como el mismo diablo que se mantuviera escondido en una esquina escrutándome al leer cada nueva página.

Pero empiezo por la primera, puesto que si no no se entenderá mi turbación con los carneros. Tokio Blues: Norwegian wood es una bellísima novela con una prosa contenida y cuidadísima sobre la interioridad común de un estudiante universitario atenazado por un hecho luctuoso que debe desembarazarse de la belleza de éste y aprender a vivir de manera "común". Se trata de una obra estupenda, con pasajes en los que una buena traducción hace que no sobre ni falte una coma (nota para los suspicaces: no es que yo sepa japonés y la haya leído en ambas lenguas y comparado, pero sí hay que tener en cuenta que en los textos traducidos sólo las ideas -el argumento, por ejemplo, de una novela- y la disposición -la estructura de los elementos como el espacio, el tiempo, los personajes, los párrafos y su presentación- se pueden pasar de una lengua a otra. La elección de las palabras ya no es obra del escritor sino del traductor) y que la experiencia de lectura pueda ser muy íntima, muy recogida. Si en todos los autores sucede, Murakami en esta obra muestra que es un maestro de los silencios.

Después de leer Tokio blues... comencé La caza... y más de una vez tuve que volver a echar un ojo a la portada. ¿Era el mismo escritor? Mientras que Tokio blues... era una obra moderna, La caza... era puramente posmoderna. Mientras que Tokio blues... hablaba una Historia del corazón como las de Vicente Aleixandre, La caza... era una locura variada, un terremoto o un vórtice de agua como el de Poe en el que el vértigo de lo leído se adueñaba de la escena. Tokio blues... es una obra divertida, inteligente, que mezcla muy variados materiales -lo jocoso, lo serio- filosóficos y literarios, que desautomatiza la lectura y la lengua, que interrumpe la historia principal con historias secundarias aún más interesantes -y la principal, tonta y/o metaliteraria, una búsqueda a la manera de Jasón, Medea y el vellocino o de los caballeros de Chretien es verdaderamente magnética. Es una novela en la que un narrador caprichoso -bendito capricho el suyo- cuenta las andanzas de un personaje "mediocre" al que sucede algo que de extraordinario se torna ridículo: la búsqueda hiperrealista -y a veces superrealista- de un carnero concreto con poderes inimaginables.

¿Qué hay de Murakami en ambos? Cuesta encontrarlo. ¿La concreción, el gusto por la oración breve, los detalles, la mirada selectiva, las ocurrencias enternecedoras de la mirada original del narrador, los personajes con una fuerte personalidad, las referencias culturales y sobre todo musicales? Pues sí, pero... ¡siguen siendo el día y la noche estas dos novelas! Pienso que una persona capaz de parir dos hijas tan distintas en un margen tan corto como el que diferencia a ambas es un auténtico intelecto, con una presentación no obstante tan poco espectacular que a muchos pueda pasar desapercibida.

Y por eso me pregunto si es verdad que ambos autores son Murakami. Y le digo a mi/s libro/s. ¿Murakami? ¿Es usted? ¿Seguro? No sé, no sé...





miércoles, 22 de diciembre de 2010

Bob Dylan, Sony Music y los Señores de la Guerra

En estos días en que la ley Sinde está por aprobarse o no, y en que los derechos del conocimiento del arte y su acceso popular están en entredicho, se me ha ocurrido buscar una canción del bueno de Bob, a quien hay que volver siempre, aunque él mismo haya vuelto a tocar delante del papa. En fin, todos nos equivocamos, ¿no?

Esta canción resulta casi imposible de encontrar en internet porque Sony ha retirado todo el material de algunos de sus artistas bajo la amenaza del copyright. Es penoso ver una canción tan hermosa con una letra tan dura y tan explícita como esta sólo en -innumerables- versiones y no en su original. No me imagino al bueno de Bob cuando la escribió pensando en el copyright, aunque la verdad es que hoy día ya no sé qué imaginar ni qué pensar.

Pero si lamentable es esto, otras cosas son aún más lamentables. Esa canción se llama Masters of War, y trata de cómo algunos han hecho de la guerra su horrendo negocio. Esto sigue sucediendo a día de hoy, y no sólo con los pérfidos Estados Unidos, sino con todos y cada uno de los pequeños negocios-estados del mundo, que se alinean en dos bandos: los muy pequeños compran armas y material bélico, y los que no son tan pequeños las venden. Los hombres y las mujeres que no compran ni venden armas son los que mueren por ellas -y por el beneficio de sus vendedores-. Suena exagerado, pero en último término es así.

Come you masters of war
You that build the big guns
You that build the death planes
You that build all the bombs
You that hide behind walls
You that hide behind desks
I just want you to know
I can see through your masks.

You that never done nothin'
But build to destroy
You play with my world
Like it's your little toy
You put a gun in my hand
And you hide from my eyes
And you turn and run farther
When the fast bullets fly.

Like Judas of old
You lie and deceive
A world war can be won
You want me to believe
But I see through your eyes
And I see through your brain
Like I see through the water
That runs down my drain.

You fasten all the triggers
For the others to fire
Then you set back and watch
When the death count gets higher
You hide in your mansion'
As young people's blood
Flows out of their bodies
And is buried in the mud.

You've thrown the worst fear
That can ever be hurled
Fear to bring children
Into the world
For threatening my baby
Unborn and unnamed
You ain't worth the blood
That runs in your veins.

How much do I know
To talk out of turn
You might say that I'm young
You might say I'm unlearned
But there's one thing I know
Though I'm younger than you
That even Jesus would never
Forgive what you do.

Let me ask you one question
Is your money that good
Will it buy you forgiveness
Do you think that it could
I think you will find
When your death takes its toll
All the money you made
Will never buy back your soul.

And I hope that you die
And your death'll come soon
I will follow your casket
In the pale afternoon
And I'll watch while you're lowered
Down to your deathbed
And I'll stand over your grave
'Til I'm sure that you're dead.






Leedla, escuchadla, pensad un poco en ella. Espero que Bob, y Eddie y Ben os digan más que Sony, que Bush, que Zapatero, que Rajoy.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Teenage fanclub, la obsesión

Hace algunos años, aunque yo no sea muy dado a las series, recuerdo que un día, falto de sueño, me quedé en casa -ahora "casa de mis padres", pero entonces simple y llanamente "casa"- viendo el Canal Plus. La serie era Millenium, y el capítulo, aunque pudiera buscar su nombre, me vais a disculpar que no lo haga para no perder tiempo del trabajo que debería estar haciendo ahora mismo y que con el blog le robo cariñosamente. En ese capítulo, una asesina en serie con un carácter tan mítico que evocaba al mismo principio del mal, una tal Lucy Butler, capturaba a jóvenes y los hacía oír el tema Love is blue prácticamente hasta el suicidio o el lavado de cerebro.

Ese capítulo me obsesionó, y la música también. Hoy, aun riéndome de aquello, no lo hago en voz muy alta.

(Por ello, me niego a enlazarla aquí, si queréis la podéis encontrar en youtube).

Pues el tema de hoy, infinitamente mejor, qué duda cabe, me ha hecho escucharlo cuatro veces esta misma tarde. Un simple y delicioso tema de power pop de Teenage Fanclub. La obsesión es real, como decía Houllebecq. Todo lo demás es sólo posible.





(Tened cuidado, no lo oigáis mucho. ¡Malditos escoceses!)





La larga coda de la muerte

La larga coda de la muerte

Me desperté el dieciséis de setiembre ya sin trabajo. La reestructuración de la plantilla del Independiente supuso el argumento necesario para el despido, cuya premisa, cinco semanas antes, había sido un reportaje de una página y media sacando los colores al Consejero de Cultura. Si era eso necesario, me había preguntado Fuentes, el redactor jefe. No vino de él, claro, el encargo. Pero después de quince días de trabajo, contesté afirmativamente. Si hay un independiente, con honradas minúsculas, en esta historia, ése soy yo, que vendo mis artículos a distintos medios y que cobro por trabajo finalizado. No digo que quizá no me equivocase o en el tono o en alguna aserción, pero el pago de mi alquiler y de los libros de Clara, mi hija, la hija de Sara, mi mujer, es decir, mi hija, me impidieron retrasarlo los diez días más que hubiese necesitado para reelaborarlo.

Y ahora estoy en la calle. El Independiente tiene mucha influencia en esta ciudad, y no voy a volver a ejercer mi profesión aquí; tal vez acabe mudándome en unos días. Pero un periodista nunca debe separarse de su cuaderno y su bolígrafo, y sobre todo nunca debe dejar de escribir. Así es que he pensado en componer la crónica de mi desempleo, que serán estas páginas que continúan.

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Durante estos días parece confirmarse mi (mala) intuición. Mala como negativa y pesimista. En una crónica, “agorera” quizá no sea el adjetivo correcto, o válido, pero así ha acabado sucediendo, y como yo soy mi propio lector y me entiendo, me vale tanto la palabra como saber que así ha acabado sucediendo: que pensé mal y acerté.

Cada mañana me levanto. Mi trabajo es buscar trabajo. Es un trabajo mal remunerado. (Aún tengo humor, eso me alegra). No me ofrecen nada. Alguien de mi recorrido laboral no se las ve con los filtros, por usar otro eufemismo, que son los departamentos de recursos humanos. Bien pensado, y desde la perspectiva más oscura, esa expresión no es ningún eufemismo. Ayer me ofrecí al redactor jefe de informativos de Canal 11, donde sé que necesitan a dos reporteros y una redactora –por los cupos paritarios-, pero Antonio R., a quien conozco desde hace más de cinco años, me miró a los ojos y me mintió. Salí de allí incómodo, y pospuse las siguientes citas del día. Por lo visto, mi valor –en todos los sentidos de esta palabra- sólo se manifiesta tras la atalaya de una cámara o una libreta.

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No voy a escribir sobre esto. Lo dejo. Han pasado seis meses. La única constante es la inconstancia, y tal vez el bar. Las ausencias de Sara y de Clara también se me hacen presentes a cada momento en mi casa extraña. No sé cuánto tiempo van a tardar en desahuciarme.

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Ayer estuve casi a punto. Me había duchado, y me había afeitado, no a contrapelo pero en sí ya era un acto enormemente importante. Me puse el jersey que había guardado para el momento, para ese momento, porque éste era ese momento, el jersey gris de punto de cuello vuelto. Aún olía al suavizante que le ponía Clara. Olía como cuando tendía una lavadora con calcetines de niña y rebecas de mi mujer, y mi ropa no llegaba a suponer la mitad del tendedero, y lo hacía a gusto y sin prisa.

Ella me llamó ayer, después, y yo entendí que no fueran a regresar. Además de eso, de poca cosa más me enteré, aparte de su tono de voz. Venía del bar, estaba bastante borracho; ella lo supo a la segunda frase, pero no lo mencionó. Tampoco se apresuró especialmente en colgar. Me quiso bien cuando estuvimos juntos, y me quiso bien ayer. La echaré de menos. A las dos. Sé que algún día me cruzaré con ellas, habiendo decidido en el último momento cambiar de trayectoria, y que ahí estarán las dos. Será un destino. Y lo que es más importante: Sara no se irá discreta y velozmente del brazo de nadie, y tampoco forzará a Clara a mirar hacia otra parte. ¡Mejor que tenga preparado entonces por qué huelo tan mal, por qué tengo los ojos rojos y por qué he dado un traspiés si no había nada con qué tropezarse!

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Ha pasado un año- Acabo de tomar una cerveza, sólo una cerveza. Releo. La última vez que escribí me dejé llevar por los detalles. Estoy como un novelista; es más frecuente el novelista alcohólico que el periodista alcohólico. Pero las noticias no se escriben así. Yo escribía noticias. Aún podría hacerlo. Esta mañana estoy sobrio. Al menos en un par de horas no voy a beber nada.

Voy a ir dando cuentas. O a lo mejor debería decir “rindiendo” cuentas. La verdad es que ya no borro ni tacho. ¿Para qué?

La primera cuenta saldada será la de mi historia. Faltaban datos: era una entrevista de trabajo. Me llevé mis entrevistas y mis fotos. Soy un fotógrafo decente; bueno, ahora el sol me deslumbra y las manos me tiemblan, aunque hay un botón en la cámara para lo segundo. Al tipo le gustó, era matar dos pájaros de un solo tiro-salario. Pero quiso cerrar el trato en el bar de la esquina con dos whiskeys a media mañana. Hay gente que bebe mucho –y luego estamos nosotros, claro- que además son siempre de un tipo concreto: son grandes, de hombros y cuello muy anchos, con la voz muy resonante y gestos que no admiten réplica ni diálogo. Con whiskey se fue. Se fue todo.

La segunda cuenta ha sido con la familia. Este mes mismo ha pasado. Son gente normal, un poco de derechas, un poco religiosos, un poco racistas y bastante cariñosos. Mi padre, con su asma y su bar, como siempre, igual que mi madre en las dos cocinas y fregando los dos suelos. Cuando era niño le pegaba a los clientes que tiraban los palillos, las servilletas y los huesos de oliva al suelo, hasta que mi padre me dio una bofetada entre las risas de los de siempre. También tengo dos hermanas. Una mañana me cogió el cuerpo en hacer tonterías: me fui a otra oficina del banco distinta de la de siempre y a mis padres les hice una transferencia por algo más de la mitad de lo que aún no me había bebido del paro. Como remitente puse "www.loteriaamigaonline.com". Salí riéndome de las oficinas, y seguí así, a carcajadas, durante un buen rato. La gente me miraba y condenaba sin saber ni entender nada, pero yo sólo podía imaginarme las ingenuas caras de mis padres, felices, infantiles, y a las tontas de mis hermanas explicándoles que en Internet hay muchos juegos de azar y loterías y…

La tercera cuenta es con el farmacéutico. Si no estoy borracho, raro, no puedo dormir. Estos días he ido hablando con él. Desde siempre, hablar no se me ha dado mal. Es sólo ir diciéndole a la gente lo maravillosa y asombrosa que es, haciéndolo con la necesaria dosificación para que no sospechen. Me ha costado semanas de oír hablar de un Toyota a buen precio, del aparcamiento en el barrio, de estudios estadísticos sin datos sobre las preferencias sexuales de los clientes según grupo social, según franja de edad, según opción política y según estatura, de oír maldecir de Hacienda y de las injusticias estatales… Pero si no lo hubiera hecho, Chema no me habría dado los tranquilizantes. Ahora ya es igual.

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Bien pensado, en realidad podría comenzar mi historia desde aquí: un día me desperté con la idea de que ya no me quedaba nada que hacer en el mundo.

Considerando, tras el prólogo, que todo estaba o hecho o descartado, tuve un momento de relajación. La frase original no tiene el giro “con la idea de que” sino el verbo “pensando”, pero lo acabo de sustituir para evitar las repeticiones.

Mi deseo en ese momento fue sonreír solo y recibir un hermoso rayo de sol en plena cara. Pero el día estaba nublado, y el gris preocupante del paisaje aéreo sólo se proyectaba en el gris preocupado de las aceras y el mobiliario urbano. Bueno, y en los vehículos masculinos. Bueno, y en los vestidos, masculinos y femeninos, y los trajes y el mobiliario urbano. Así pues, no hubo gloria el día de mi muerte. El fatum no tiene mucho talento estético, en realidad.

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Quien me lea tiene que estar dándose cuenta del truco: “Pero si no lo hubiera hecho, Chema no me habría dado los tranquilizantes. Ahora ya da igual.” Y también: “no hubo gloria el día de mi muerte”. No se puede escribir de la propia muerte en pasado sino en las siguientes circunstancias:

- Se especula ficticiamente, escribiendo antes del suicidio.
- Se inventa un alter ego, se mata con blandura al yo real y se sigue la vida.
- Es todo una paradoja. Las premisas resultan inoperantes –aunque no así los argumentos, perfectamente útiles- y deben ser renegociadas antes de volver a considerar plausible la tesis.

Con frialdad, afirmo que he empezado a ser incapaz de empatizar con nada ni con nadie, pero también afirmo que esto no aplicable a los problemas racionales; puede incluso que mienta. Una vez lejos de todo –de ahora en adelante uso el tiempo presente- y lejos de todos, decido suicidarme. Para ello consigo fuertes medicamentos para el sueño, y los ingiero masivamente. Me meto en la cama. He concebido algunas puestas en escena, pero no hay retribución que hacer: ella y la niña han cumplido, la despedida de los padres está hecha, amigos no quedan, ni cuentas pendientes me quedan a mí con ellos. Me pongo en postura fetal, esperando. Esto parece aburrido, quién lo iba a decir.

De repente vislumbro lo impensable: yo fui periodista –yo soy periodista-, y puedo guardar registro de lo que miles de millones de personas han ansiado saber. ¿Qué es la muerte? ¿Qué es morir? ¿Qué hay después?

Levantar los párpados es un esfuerzo severo. Caminar, o gatear, por última vez de camino al cajón donde quedaron olvidadas la libreta o la grabadora cuesta tanto como hace treinta y dos años costó la primera vez que lo hice.

En la mano tengo por fin mi grabadora. Jamás he deseado tanto de un fetiche como éste; al pensar en lo que podrá contar a generaciones futuras, acaricio sus aristas y vértices suavemente angulosos, repasando en mi mente sus zonas desgastadas, sus colores planos y su diseño recién anticuado.

Según muero, voy adormilándome lentamente. Por eso he elegido este medio, y he rechazado otros más terminantes y certeros. Las sábanas se hacen más cómodas. Visto mi pijama, y sólo mi olor a whiskey y a tabaco estropean un poco el cuadro. Si no fuera por ellos, sonreiría y musitaría en voz baja: “mamá”. Quizá lo haga.

Ya debo terminar. Comprendo que no hay nada. No veo el cielo, ni las nubes, no hay túnicas, no hay barbudos, ni ecuánimes, ni coléricos, ni paternales, no hay diablos, no hay condenados, no hay nada de lo que decía Dante, no me están dirigiendo hacia un nuevo cuerpo, por lo que Platón y el hinduismo no parecen haber acertado, tampoco creo ver cuarenta vírgenes para mí solo, será que no cumplí los requisitos, la virgen María no consuela ni selecciona, debe estar en otra parte, o en ninguna parte, no entro en combustión espontánea ni me convierto en un haz luminoso que recorra las galaxias, no me convierto tampoco en un ánima en pena porque al estar muriendo aún cuento el goteo del tiempo en cada sílaba, mi percepción se sabe en los momentos finales, pero al haber cerebro aún hay vida.

Entonces es cuando mi cerebro demente se ríe de mí y me da, por último, una visión. Una túnica alta con formas de mujer que porta una guadaña en sus manos y que me aguarda de espaldas, que me habla con una suave voz ronca, de mujer, como la de Linda Fiorentino, y que al volverse es sólo calavera sin carne, aliento insípido de vacío.

¿Hay algo?
Nada. Ni yo.
Entonces muer…





Notas del escritor:

Escribir con un buen bolígrafo sobre folios viejos oyendo un posmoderno doo-wop rockabilly en la voz de Imelda May es un buen estímulo para empezar a escribir. De este modo, sin más preámbulos, lo haré.

Pero vaya aún un mentiroso párrafo. Tengo que escribir, pero, ¿sobre qué? Ficción, eso es. Está claro. Debe, además, permitir que me aleje una kilométrica distancia de mi comedor.

Empezaré con la última parte del cuento. Luego habrá que ordenar todo, y revisar.

Escribiré sobre un periodista que hace un reportaje a la muerte. Al final, ella no le permite llevarse el texto. Por este motivo, el narrador debe intervenir y afirmar abiertamente la mentira de sus palabras. Por ejemplo así:



En este punto debo intervenir y responsabilizarme de mis palabras. Yo, Evaristo Aguirre, abogado de profesión y escritor aficionado, soy quien ha ideado y redactado el cuento anterior. No hay ningún periodista de lo trascendente ni, por supuesto, la muerte es un enigmático fantoche de género femenino armado con una guadaña de tamaño familiar –aunque, para qué engañarnos, ojalá existiera y tuviera la voz de Linda Fiorentino en La última seducción o en Jade.

Ante esto surgen dos preguntas: ¿por qué?, y, también, ¿para qué?

Por qué escribimos los escritores es una cuestión de muy difícil respuesta. Algunos lo hacen porque en su vida poseen tan poco que sólo imaginarse los directores de semejante orquesta sinfónica que es el más pequeño de los epigramas ya debe suponerles una compensación o una retribución muy grande. Podría poner muchos ejemplos de pequeños hombres necesitados de hallar en algún lugar las especias de una vida insulsa; pero lo intrigante surgiría menos en éstos -que de alguna manera pueden excusar el pecado de la pluma- que en los muy reconocidos, los que son fotografiados con y sin el cigarro encendido, en exteriores y en interiores, los que no lamentan en exceso la promoción devorando el tiempo de la redacción. La existencia de este tipo de autores, dueños de prestigio, opinión, riqueza y supuestamente sexo, matiza las causas de aquellos miserables, y convierte el acto de ficcionar –me gusta más que ficcionalizar, aunque dudo de su existencia en el diccionario- en una cuestión de modo y no tanto de grado. No es tanto ser alguien de no ser nada, sino ser otro, casi cualquiera. La peor maldición del ser humano es doble: morir siendo uno. Cuando uno se puede arrojar a las estrellas de la mente y descubre, atónito, que ésta, es decir, el alma, sabe volar, la desdicha de no haber apenas logrado despojarse de la propia piel es enorme. La curiosidad camina muy digna por encima de la moral cuando uno se imagina cómo sería tener valentía, como sería quedarse huérfano a los diez años, cómo sería amar a un hombre, cómo sería tener las manos con tres dedos y cola puntiaguda, cómo sería haber amado a Nefertiti o a una partisana en el año 43, cómo sería cargar con la madre de uno –si uno es Michael K- muerta en la cuneta de una carretera de un país en una guerra civil que uno no entiende.

Pero, ¿y para qué? Por qué y para qué son dos conceptos que mi pequeña cabeza de jurista de múltiples promociones no encuentra sencillo distinguir ni divorciar. Digamos que va a ser el objeto de haber quitado la capucha a este buen bolígrafo robado en el bufete. Ha habido quien travestía su alma para calmar su pequeñez, pero como dije antes buscaremos ahora otras razones. U otros objetivos.

La ficción sirve para ser más humano. Convertirse en otro hace que el escritor empatice con el sujeto de su estudio: lo puede detestar y rechazar, pero lo comprenderá, esto es, lo “comprehenderá”. Habrá latido al ritmo de su personaje, y aun en la trinchera del análisis, habrá sentido los ojos de la criatura clavársele en los suyos, no como un moderno Prometeo sino como un moderno Frankenstein.

Además, la ficción es una mascarada soberbia. Los seres humanos no podemos resistir durante mucho tiempo la quemadora pureza de los absolutos; así, inventamos refinadísimos filtros y disfraces para las palabras más invencibles. El engaño, la ficción, la historia, el personaje concreto, la descripción detallista, en muchos casos no son sino el velo que oculta a un humano que trata de enlazar su alma con otro humano.

No quería, pero lo he hecho. Con mi voluntaria teoría literaria he desnudado también mi cuento y toda mi escritura. Yo soy real; en estos momentos, que cuando leas siempre serán otros, pienso, en el salón de mi vivienda en el número doce de la calle Periodista Matías Prats, en la muerte, y pienso en el deseo de saber. Un periodista es un profesional de la búsqueda de informaciones desconocidas, y por eso he decidido que en mi texto habrá periodistas. Los intelectuales aducen que las historias humanas incluyen sucesos en el tiempo y ligados por principios de causalidad, es decir, que en un cuento lo que se cuenta antes lleva a lo que se cuenta después. Esto, tan científicamente expuesto, me fuerza a escribir un relato, aun cuando las ideas que quiero expandir, pese a que tengan una historia (Historia, que dirían los ingleses) son simultáneas en el tiempo; la causalidad me ayuda, la temporalidad me place.

Es un relato, pero en su mayoría dialogado. He pensado durante largo tiempo en escribir un diálogo completo, pero he optado por el medio diálogo incluso sin estar muy convencido de ello. El diálogo comportaba la coexistencia y relación pacífica de ideas. Pero las mías y las otras son incompatibles.

La literatura es magia, magia de verdad, el más poderoso arte demoníaco que nunca se haya fabulado; pero al contrario que el ilusionismo de naipes y conejos, contar sus intimidades no la despoja de su potencia, sino que la vuelve aún más sensual.

Por esto escribí así.


Cieza, primavera de 2003.




(c) El cuentacuentos

domingo, 28 de noviembre de 2010

Otro cuento

Hoy -anoche a las dos -por ser exactos- acabé otro cuento. Y además lo acabé a la vieja usanza, montado en un bolígrafo y cortando el folio en trozos o trazos, como en la película Tron. Se llama La larga coda de la muerte, y es un poco especial. En un rato revisaré el estilo y lo subiré.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Isabel hace nueve

(Doña) Isabel, se(a) (usted) bienvenida a este blog. Escribe cuanto quieras, quéjate de todo, pon verde a la anciana y al paciente cuentacuentos que le transcribe pacientemente las peroratas constantes que le dedica a él, o al mundo, vaya a saber, y vuelve por aquí cuando te apetezca.

Gracias por hacerte seguidora.

Literatura juvenil

Por cuestiones laborales, de tanto en tanto debo leer alguno de los libros de lo que suele llamarse "literatura juvenil contemporánea", es decir, una literatura escrita para jóvenes redactada hace no más de quince o veinte años, por poner un límite bastante amplio.

No voy a negar que los libros que buscan un lector con un perfil muy preciso me desagradan, igual que las películas, que los discos y que los comics. Está claro que, el autor lo intente de manera consciente y premeditada o le salga de manera fortuita, siempre existirá un perfil -que le interese el tema, que tenga unos conocimientos de la lengua precisos, que domine las referencias culturales a las que se alude en el libro, que le guste y conzca el género, etc.- de lector que puede disfrutar más que otros de ese libro. Es lo que Umberto Eco -más o menos-, llamaba "lector modelo". Pues bien, es cierto que los libros tienen un lector modelo, pero cuando esto resulta muy exagerado...

Pondré un ejemplo. Leo Las lágrimas de Shiva, de César Mallorquí. Es una novela juvenil publicada en Edebé, con mucho éxito editorial en el ámbito de la educación secundaria: un libro que suele establecerse como "lectura obligatoria" en los departamentos de Lengua castellana y Literatura de numerosos institutos, habitualmente para segundo o tercero de ESO y me encuentro con todo lo anteriormente comentado. Este libro trata de la investigación que desarrolla un joven protagonista sobre una historia del pasado de una parte alejada de su familia del Santander señorial.




(Imagen tomada de http://alba-blog-alba.blogspot.com/)

El protagonista, como no puede ser de otra manera, es un joven adolescente "especial" (pues sólo él ve a los fantasmas). Esto sirve para la inevitable "identificación" del lector con el protagonista del relato. Si la novela gusta y la retroalimentación es buena en las aulas, se mantendrá de un año al siguiente como lectura obligatoria.

El protagonista investiga. Nada más "adolescente" que la investigación. Su investigación es triple: por una parte, en la historia fantasmal de Beatriz Obregón y su amante el mulato Simón Cienfuegos, pero por otra, en el despertar de su propia sexualidad -pasará el verano de 1969 en la casa de sus tíos, que sólo tienen cuatro primas- y una tercera será la investigación en la literatura. Para quien no lo sepa, las editoriales nos venden los libros a los profesores clasificados según el currículo transversal que tocan, o para quien no sepa qué significa esto, según qué valores educativos transmiten al lector. Así pues, un libro como este puede venderse como "Animación a la lectura. Educación Sexual. Educación para la Igualdad. Historia de España"

Un paradójico problema surge en la lectura de estos aprendizajes literarios que lleva a cabo el joven protagonista. Si bien comienza leyendo novelas de Asimov y acaba leyendo Las metamorfosis y El guardián entre el centeno, ¿no podrían nuestros alumnos dejar de leer Las lágrimas de Shiva y empezar a leer libros de verdad como estos dos, bien escritos, hermosos, plagados de ideas no dirigidas desde los despachos de una editorial? Cuando se habla de la buena literatura desde la literatura de calidad menor, hay que tener cuidado con lo que se dice. Y ojo, no digo que con sólo unos pocos alumnos que despierten su curiosidad emulando a los protagonistas de Las lágrimas de Shiva la lectura de esta novela no haya valido ya la pena leer sus doscientas páginas. Es que el hecho mismo de que uno de sus valores sea la "propagación literaria" desde fuera de la literatura, sin hacer gran literatura sino un complejo plan publicitario es algo que cuando menos resulta discutible o sospechoso.

(Personalmente creo que no se hace que una persona lea un texto estilísticamente cuidado si no se le enseña a ello. Es como crear la necesidad de pescar sin enseñar a pescar. Crear necesidad consumista-identificatoria de enfrentarse a textos retóricamente densos es mandar a la guerra a un soldado sin armas ni entrenamiento.)

No digo que la novela sea mala. El estilo no es muy rico, eso está claro, y los recursos narrativos tampoco son ni muy complicados ni muy abundantes. Toda la novela está narrada en una tercera persona con la perspectiva interna al protagonista narrador. Sabemos lo que él, incluyendo sus opiniones y reflexiones -de un párrafo máximo-. Estas categorías narratológicas se justifican con el público lector, una vez más, pero tal vez se podría haber jugado un poco más con las perspectivas, con los personajes...

Con respecto a los personajes, hay que decir alguna cosa también, y no tanto indiferente como abiertamente cuestionable. Sobre las cuatro chicas de la casa de los Obregón. La educación sexual y el conocimiento al "otro" sexo -las mujeres siempre seréis la otredad mientras no dejen de producirse novelas así- también son tratadas desde los tópicos. Las mujeres son protagonista colectivo, son un gineceo que -como decían Robert Graves y Doris Lessing- está pero que no hace. Son un conjunto de seres raros y pasivos. Las excepciones son Violeta, que es descrita como machuna pero con belleza latente -inevitable también- y Rosa -que sólo se mueve por amor. Y si no es por amor o por masculinidad, las mujeres permanecen juntas, estáticas, pasivas, leyendo o dibujando. Bueno, el franquismo, eso también justifica todo. Al final, sólo el consentimiento paterno autoriza el desenlace feliz.

Comencé escribiendo sobre la importancia de no pasarse en la delineación del lector. Perfilar tantísimo al lector es peyorativo porque nos hace entrar en la misma dinámica de los medios de comunicación de masas, es reduccionista porque plantea que todos los lectores potenciales tienen las características que se les presuponen -ni más ni menos- y además, desde mi juicio, entontece como una posmodernidad que nos hiciera encaminar la realidad hacia su retrato. Van ahí algunos ejemplos:
  • Las series de televisión de/para mujeres que hacen que las mujeres se vean así (son/tienen que ser así) y traten de parecerse a un canon que con falsa ingenuidad trataba de ser sólo reproducción de la realidad pero que en realidad se convierten en producción de realidad, por ejemplo Mujeres desesperadas.
  • Las series de gays donde todo es espumeante y frívolo en todo momento (¡la vida es variada!)
  • Las series de afroamericanos en las que todos los blancos son tontos
  • las novelas juveniles en las que el mundo es una adolescencia perpetua, nadie fuma, nadie tiene granos y nadie muere.
  • El subgénero "adolescente" aplicado a cualquier género de cualquier arte que consiste en una simplificación y entontecimiento identificativo de las características del género.
(Por supuesto, no me pasa de largo -ya que esta relación ha salido muy televisiva- que el ochenta o noventa por ciento de la producción de ficción cinematográfica y televisiva norteamericana tiene un "diseño de público" también muy marcado: clase media, blanco, urbano, moderadamente apolítico, suavemente laico aunque protestante de fondo, masculino, etc.)


Por todo ello, suelo devorar lo antes posible estas novelas para examinarlos de ellas -las lecturas son decisión de departamento- y tratar de proporcionar a mis alumnos, lo antes posible, cuentos, textos, relatos y poemas de mayor calidad. No dudo que César Mallorquí pueda -o que lo haya hecho ya- escribir algo mejor, incluso para niños. César Mallorquí o cualquiera de los demás. Tal vez el ojo crítico no deba apuntar tanto a ellos como a las editoriales.

(c) El cuentacuentos


PD. Como véis, la mía es sólo una opinión. Hay más...


martes, 16 de noviembre de 2010

Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo

Anoche antes de acostarme prometí unas palabras sobre esta novela. Bien, hoy toca cumplir.

Artículo de verdad sobre Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo, por Juan Antonio López Ribera, publicado en la revista Tonos de la Universidad de Murcia.

Para las personas que no hayan leído nunca un buen artículo de crítica literaria, es un buen ejemplo de cómo se puede analizar una obra sin destrozarla y sin caer en lo pedante, los datos sueltos que no llevan a nada. Es un articulo muy bueno. Pero ya sabéis que este tipo de artículos es mejor revisarlos cuando la novela ya se ha leído, porque para analizar la obra presuponen que el lector del artículo también lo ha hecho.

Y para quien, pese a todo, no se atreva, pues tendré que decir yo algo... Ventajas... es una novela relativamente breve (no tendrá más de unas 200 páginas en la edición de bolsillo) que se lee en una sentada. Si tienes mala suerte, en dos. ¿Por qué tan rápido? Bien, habrá quien piense que esto es bueno y quien recele. A Stephen King también se le lee rápido. ¿Pero es Orejudo Stephen King? ¡No, por Dios! Esta novela es muy buena, e iré desgranando por qué, independientemente del orden

En primer lugar, cuenta una historia que engancha. La primera página es de antología, aunque ya digo que difícilmente se separará la vista hasta que uno sea molestado en torno a la página cincuenta y cinco por los críos del vecino o por un teléfono que se ha olvidado de apagar. Esta historia, además, no es lo que parece, y sufre varios cambios a lo largo del libro de modo que siempre nos va manteniendo en vilo. Y además, es múltiple, porque dentro de esta historia los personajes, como en Cervantes o en García Márquez, cuentan también sus historias.

En segundo lugar, la lengua literaria que usa está muy bien tratada. El estilo es muy particular. Es tremendamente veloz aunque use, en ocasiones, oraciones bastante largas. Tal vez yo eche de menos alguna descripción extensa más, pero la idea del libro -muy coherente- no las pide. Las voces de los distintos narradores -el principal y los secundarios- son muy diferentes. Hay un personaje africano inmigrante que cuenta su historia que al principio parece una caricatura grosera y luego uno se da cuenta de que es que está hablando como si fuera realmente un africano que confunde el frances -su primera o segunda lengua- con el castellano. ¿De qué trata? De las historias sorprendentes -verdaderamente sorprendentes- que se cuentan o que ocultan unos personajes que coinciden en un tren. No digo más.

En tercero, la crítica que trasluce de la novela es bestial -aunque muy divertida- y no deja títere con cabeza: los estudios literarios, las tendencias literarias anteriores, la sociedad bienpensante, etc. La novela, además, tiene un tinte metaliterario precioso, porque, ¿qué es viajar en tren sino ser llevado por la vida, por una vida posible, como la de la literatura?

Un pedazo de libro. Lástima que sea carne de biblioteca. Los libros buenos como este habría que reeditarlos, y no tanta edición de chorradas de moda, de famosos y de autoayuda.




Otra entrada sobre Ventajas... en el estupendo blog Las cosas que hemos visto, del que vinculo la foto.

Apuntes

A ver si mañana tengo un rato y escribo algo sobre el Jakob von Gunten de Robert Walser y Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo. Serán cosas buenas.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Imelda May en Valencia, 12/11, sala Mirror

¡Gracias, Imelda!

Por un concierto enorme; por dejarte la voz y no la sonrisa, y seguir cantando; por traernos a casa a esos enormes músicos (vaya contrabajista, y vaya guitarrista, por decir dos); por...

Imelda May, 12 de noviembre de 2010, sala Mirror, Valencia



... hacernos oír a Cat Club por primera vez (¡buena banda!); por pegarle duro a la pandereta con esas caderas; por hacer que a la señora Cuentacuentos y a mí nos guste el gospel; por irte con el psycho y por ser un auténtico mayhem en el escenario.

Gracias.


Imelda May, 12 de noviembre de 2010, sala Mirror, Valencia

(c) de las fotos El cuentacuentos

Más información en esta estupenda web, en una buena crítica de Jorge Salas con fotos de Susana Argudo.