Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

sábado, 27 de noviembre de 2010

Literatura juvenil

Por cuestiones laborales, de tanto en tanto debo leer alguno de los libros de lo que suele llamarse "literatura juvenil contemporánea", es decir, una literatura escrita para jóvenes redactada hace no más de quince o veinte años, por poner un límite bastante amplio.

No voy a negar que los libros que buscan un lector con un perfil muy preciso me desagradan, igual que las películas, que los discos y que los comics. Está claro que, el autor lo intente de manera consciente y premeditada o le salga de manera fortuita, siempre existirá un perfil -que le interese el tema, que tenga unos conocimientos de la lengua precisos, que domine las referencias culturales a las que se alude en el libro, que le guste y conzca el género, etc.- de lector que puede disfrutar más que otros de ese libro. Es lo que Umberto Eco -más o menos-, llamaba "lector modelo". Pues bien, es cierto que los libros tienen un lector modelo, pero cuando esto resulta muy exagerado...

Pondré un ejemplo. Leo Las lágrimas de Shiva, de César Mallorquí. Es una novela juvenil publicada en Edebé, con mucho éxito editorial en el ámbito de la educación secundaria: un libro que suele establecerse como "lectura obligatoria" en los departamentos de Lengua castellana y Literatura de numerosos institutos, habitualmente para segundo o tercero de ESO y me encuentro con todo lo anteriormente comentado. Este libro trata de la investigación que desarrolla un joven protagonista sobre una historia del pasado de una parte alejada de su familia del Santander señorial.




(Imagen tomada de http://alba-blog-alba.blogspot.com/)

El protagonista, como no puede ser de otra manera, es un joven adolescente "especial" (pues sólo él ve a los fantasmas). Esto sirve para la inevitable "identificación" del lector con el protagonista del relato. Si la novela gusta y la retroalimentación es buena en las aulas, se mantendrá de un año al siguiente como lectura obligatoria.

El protagonista investiga. Nada más "adolescente" que la investigación. Su investigación es triple: por una parte, en la historia fantasmal de Beatriz Obregón y su amante el mulato Simón Cienfuegos, pero por otra, en el despertar de su propia sexualidad -pasará el verano de 1969 en la casa de sus tíos, que sólo tienen cuatro primas- y una tercera será la investigación en la literatura. Para quien no lo sepa, las editoriales nos venden los libros a los profesores clasificados según el currículo transversal que tocan, o para quien no sepa qué significa esto, según qué valores educativos transmiten al lector. Así pues, un libro como este puede venderse como "Animación a la lectura. Educación Sexual. Educación para la Igualdad. Historia de España"

Un paradójico problema surge en la lectura de estos aprendizajes literarios que lleva a cabo el joven protagonista. Si bien comienza leyendo novelas de Asimov y acaba leyendo Las metamorfosis y El guardián entre el centeno, ¿no podrían nuestros alumnos dejar de leer Las lágrimas de Shiva y empezar a leer libros de verdad como estos dos, bien escritos, hermosos, plagados de ideas no dirigidas desde los despachos de una editorial? Cuando se habla de la buena literatura desde la literatura de calidad menor, hay que tener cuidado con lo que se dice. Y ojo, no digo que con sólo unos pocos alumnos que despierten su curiosidad emulando a los protagonistas de Las lágrimas de Shiva la lectura de esta novela no haya valido ya la pena leer sus doscientas páginas. Es que el hecho mismo de que uno de sus valores sea la "propagación literaria" desde fuera de la literatura, sin hacer gran literatura sino un complejo plan publicitario es algo que cuando menos resulta discutible o sospechoso.

(Personalmente creo que no se hace que una persona lea un texto estilísticamente cuidado si no se le enseña a ello. Es como crear la necesidad de pescar sin enseñar a pescar. Crear necesidad consumista-identificatoria de enfrentarse a textos retóricamente densos es mandar a la guerra a un soldado sin armas ni entrenamiento.)

No digo que la novela sea mala. El estilo no es muy rico, eso está claro, y los recursos narrativos tampoco son ni muy complicados ni muy abundantes. Toda la novela está narrada en una tercera persona con la perspectiva interna al protagonista narrador. Sabemos lo que él, incluyendo sus opiniones y reflexiones -de un párrafo máximo-. Estas categorías narratológicas se justifican con el público lector, una vez más, pero tal vez se podría haber jugado un poco más con las perspectivas, con los personajes...

Con respecto a los personajes, hay que decir alguna cosa también, y no tanto indiferente como abiertamente cuestionable. Sobre las cuatro chicas de la casa de los Obregón. La educación sexual y el conocimiento al "otro" sexo -las mujeres siempre seréis la otredad mientras no dejen de producirse novelas así- también son tratadas desde los tópicos. Las mujeres son protagonista colectivo, son un gineceo que -como decían Robert Graves y Doris Lessing- está pero que no hace. Son un conjunto de seres raros y pasivos. Las excepciones son Violeta, que es descrita como machuna pero con belleza latente -inevitable también- y Rosa -que sólo se mueve por amor. Y si no es por amor o por masculinidad, las mujeres permanecen juntas, estáticas, pasivas, leyendo o dibujando. Bueno, el franquismo, eso también justifica todo. Al final, sólo el consentimiento paterno autoriza el desenlace feliz.

Comencé escribiendo sobre la importancia de no pasarse en la delineación del lector. Perfilar tantísimo al lector es peyorativo porque nos hace entrar en la misma dinámica de los medios de comunicación de masas, es reduccionista porque plantea que todos los lectores potenciales tienen las características que se les presuponen -ni más ni menos- y además, desde mi juicio, entontece como una posmodernidad que nos hiciera encaminar la realidad hacia su retrato. Van ahí algunos ejemplos:
  • Las series de televisión de/para mujeres que hacen que las mujeres se vean así (son/tienen que ser así) y traten de parecerse a un canon que con falsa ingenuidad trataba de ser sólo reproducción de la realidad pero que en realidad se convierten en producción de realidad, por ejemplo Mujeres desesperadas.
  • Las series de gays donde todo es espumeante y frívolo en todo momento (¡la vida es variada!)
  • Las series de afroamericanos en las que todos los blancos son tontos
  • las novelas juveniles en las que el mundo es una adolescencia perpetua, nadie fuma, nadie tiene granos y nadie muere.
  • El subgénero "adolescente" aplicado a cualquier género de cualquier arte que consiste en una simplificación y entontecimiento identificativo de las características del género.
(Por supuesto, no me pasa de largo -ya que esta relación ha salido muy televisiva- que el ochenta o noventa por ciento de la producción de ficción cinematográfica y televisiva norteamericana tiene un "diseño de público" también muy marcado: clase media, blanco, urbano, moderadamente apolítico, suavemente laico aunque protestante de fondo, masculino, etc.)


Por todo ello, suelo devorar lo antes posible estas novelas para examinarlos de ellas -las lecturas son decisión de departamento- y tratar de proporcionar a mis alumnos, lo antes posible, cuentos, textos, relatos y poemas de mayor calidad. No dudo que César Mallorquí pueda -o que lo haya hecho ya- escribir algo mejor, incluso para niños. César Mallorquí o cualquiera de los demás. Tal vez el ojo crítico no deba apuntar tanto a ellos como a las editoriales.

(c) El cuentacuentos


PD. Como véis, la mía es sólo una opinión. Hay más...


4 comentarios:

Pedro López Manzano dijo...

Y yo me pregunto, ¿hasta qué punto tiene un profesor margen de maniobra con las lecturas de sus alumnos?

En la EGB y el bachillerato leí mucha mierda juvenil que ya he olvidado, a excepción de las consagradas: Buscón, Lazarillo, las Leyendas, La Odisea y El Niño de la Bola de Pedro Antonio de Alarcón. Es todo cuanto se me viene a la cabeza.

Si el resto de mis lecturas obligatorias hubieran sido dignas, ahora recordaría veinte más de aquella época...

El cuentacuentos dijo...

Lo fácil que es poner La isla del Tesoro y no hay narices...

El margen es el siguiente: el alumno/a, salvo gloriosas -que no deberían ser gloriosas- excepciones, es analfabeto funcional (sabe descifrar los dibujitos escritos como letras y sabe balbucearlas, pero ya está) pasa amodorrado por el mundo sin tener lo que todos los niños deberían tener: imaginación.

Así, lo único que acepta son estos libritos identificativos en los que el protagonista es él y habla como él y tiene que coger la mochila e irse al instituto como él. La mayoría son una gran basura, están muy mal escritos, son cursis, imitan sin tino la jerga cambiante de la juventud...

Los profesores hacen lo que pueden, pero tener que enseñar el significado de tres palabras de cada frase se hace cuesta arriba, o es directamente inviable si, además, lo que se pretende es que el alumno adquiera el hábito lector. En una sociedad habituada a que el esfuerzo es un valor negativo, tener que coger el diccionario es una tortura, y echar tres páginas atras, un crimen. De ese modo, si quieres que tus alumnos amen la literatura tienes que tomar esa decisión: ¿literatura mala o ninguna literatura?

La mayoría de los profesores opta por la primera opción. La segunda opción es el resultado de luchar contra los molinos de viento. Yo he intentado algunas veces las lecturas adaptadas (versiones con una sintaxis y un vocabulario simplificados de los clásicos de las literaturas europeas) pero requieren un esfuerzo y una cantidad de sesiones abrumadoras para que los alumnos aprendan y/o disfruten un poquito. Y el resto no puede esperar...

Antes había una asignatura de Literatura aparte, obligatoria en algunos cursos. Ahora la Literatura es una parte de la asignatura de Lengua, asignatura cuyos estipuladores ministeriales, por no enfrentarse con los grandes catedráticos de ninguna de las diferentes escuelas y ámbitos lingüísticos, se ha hipertrofiado salvajemente. Los contenidos son abrumadores, casi no queda tiempo para enseñar a un niño palabras nuevas, o cosas tan llanas como escribir en un folio liso o redactar bien. En esta coyuntura, ponte a dedicarle horas y horas a enseñarle a los niños que los pronombres en Cervantes se pueden referir a un sustantivo de la oración anterior o a la anterior a la anterior...

(Por ejemplo, en primero de bachillerato, la asignatura tiene sólo tres horas a la semana. En ese tiempo deben aprender la sintaxis de la oración simple y de la compuesta, la morfología del castellano, su fonología, su pragmática, la lingüística textual al completo, la historia del castellano, las variantes dialectales del castellano y las lenguas de España, las variedades de América y la literatura española desde sus orígenes hasta el siglo XVIII.

(Y que la amen, la Literatura.)

Pues en eso estamos; por eso los profesores ponen estas cosas como lectura obligatoria, y no a Verne o a Stevenson.

Pedro López Manzano dijo...

Más que interesante comentario.

Creo que deberías reformatearlo como entrada del blog. Te lo sugiero.

El cuentacuentos dijo...

Así sea. En cuanto tenga un minuto, lo pulo un poco y lo subo como artículo. No era mi intención en este blog continuar con mi trabajo, pero si puede tener algún interés hacer público este aspecto a los amantes de la literatura, sólo puedo decir: ¡amén!