Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

sábado, 31 de octubre de 2009

Ocho de la mañana

Ocho de la mañana



A ti



No podía dormir, y se levantó pronto esa mañana ella. Una mala noche había dado al traste con su buen intento de llevar su cuerpo al simple hecho de no empeorar las cosas, y enseguida entendió que a la enorme angustia que habría de soportar debería añadir el malestar general y la fiebre propia de esas malas noches que con una frecuencia cada vez mayor se apropiaban de su vida cotidiana.

Se levantó pronto, o más bien decidió abandonar la quimera lacerante del sueño, pues en la vigilia seguía siendo asaltada por las visiones y los recuerdos que nunca había vivido. Hacía ya tantos años que no podía dormir y no recordar... En ocasiones había escuchado decir a los chicos que cuando se encontraban con problemas de sueño, una incursión de la mano en la ropa interior había resuelto todos los problemas. No podía permitirse la locura, todavía no.

Y ella necesitaba de todas las maneras posibles ese certificado; estaba claro que se trataba del examen más importante de su vida, y preferiría morir antes que contarle a nadie lo de los sueños de sangre. Volvió a pensar en eso. Se lamentó de haberse lavado la cara, la maldita agua fría. Abandonó a mitad la maniobra de ponerse los pantalones. Los bajó con rabia e impaciencia, pero el sudor los hacía aferrarse a sus muslos; nunca unas calcetas habían sido tan absurdas.

Por fin volvió a la cama, pensándolo. Cerró si cabía aun un poco más los estores y vigiló a conciencia la intolerancia de sus cortinas de niña a los rayos de sol. La puerta estaba cerrada también y los niñatos del piso no la molestarían; tras sus orgías de coca, alcohol y nenas del grupo que nunca llevarían a cabo suficiente tenían con no pisar con demasiada fuerza al otro lado de la línea. Por ello se sintió segura, aunque hiciera tanto tiempo de aquello… René respiró, cuatro veces. René se metió la mano por dentro de la cintura del viejo pantalón gris de deporte y se quedó encogida sobre su costado derecho, como hacía de pequeña cuando las pesadillas la asaltaban y mamá le permitía entrar en su cama. Sintió su mano cálida y culpable avanzar por su vientre hacia su pubis. Comenzó a llenarse la palma con el vello tanto tiempo sin ser recortado, para qué. Palpó y encontró su sexo, sus muslos, su húmedo olvido. No más pesadillas. Palpó y registró con la mano derecha, tapada con su cuerpo por si acaso aparecía alguien, y allí estaba todo: sólo el roce de la yema de su corazón le arrancó una dolorosa electricidad cabalgando a lo largo de su espalda. Se agarró con la mano entera, sintió las uñas clavársele en la carne ciega, sus muslos se volvieron hacia si mismos como antipétalos de la flor que se cierra y no se abre, sintió las uñas, las garras, en su carne ciega. El maniquí lleno de maquillaje y de fingida bondad la agarró con toda su potencia de metal. Salía de las publicidades de las marquesinas  de autobús, de los anuncios de colonias o de presentar programas de variedades, y hundía garras húmedas en sus antebrazos, y no se podía escapar, no podía escapar de él. Él no era tierno; sólo la cogía por la cabeza, y su aliento hedía. La hundía y la aplastaba contra la pared y contra el suelo, y la penetraba sin amor entre la vigilia y el adiós. No podía ahora ser otro sueño. La penetraban y era todo dolor. Apretó con fuerza sobre su clítoris para despertar o quien sabe para qué. Dudar de nuevo si todo no era otra pesadilla, de que el maniquí no se había marchado. La sangre volvió, vieja e inacostumbrada, el sinsentido. Entonces supo que había estado soñando y que el mundo malo no se iría. Con todo el asco que pudo se limpió los jugos en su sábana y en su pantalón.

Oyó un golpe o un portazo, y retiró la mano. El corazón latía vergüenza. Jamás estuvo tan despierta, bocabajo, las manos a la vista. Las lágrimas volvieron. El maniquí no estaba, sólo la risa velada de alguien en el lavabo, y ella que tan sólo quería dormir. Sólo quería descansar. Sólo quería el abrazo relajante de la oscura alegría, el abandono y la muerte por fin, por fin, por fin.


(c) El Cuentacuentos





Un autor de cómics: David B

Desde que de niño me compré mi primer cómic de Batman (y esto no fue sino hasta muchos años después de leerme mi primer cómic de los que publicaba el diario El Sol, y esto, aún no fue sino hasta muchos años después de que me regalaran mi primera novela gráfica de los 4 vengadores) siempre he pensado que el cómic es un lenguaje apabullante, lleno de posibilidades. Y lo que es más importante -para mí- es que me ha hecho soñar, enamorarme y rugir en numerosas ocasiones. Ir a la tienda de Enrique, o a la Biblioteca Regional, es siempre un gran momento.



(Imagen de clubcultura.com)



El otro día me eché a las manos un cómic de un tal David B. Y volví a creer en los tebeos. Qué dibujo tan bello, qué capacidad de ensoñar, qué historia magnífica, onírica, metafórica, surreal a veces. Qué maravilla. El cómic en cuestión se llamaba El Jardín Armado. Es uno de los mejores y más bonitos libros que he leído en los últimos tiempos, muy por encima de experimentos de estilo que, por mi trabajo, he debido leer. Por si os interesa, se encuentra en la editorial Sins Entido. Allí podéis encontrar también Epiléptico.

He de confesar que no he podido reprimir mi deseo consumista de devorar toda la obra de David B en una semana, y ya he leído un par de cómics de aventuras (ningún género se le resiste: El Jardín Armado es un cómic medieval alegórico, situado entre la Europa del Este más sanguinaria y el Paraíso) situados en la primera mitad del siglo XX y en la segunda del XIX. Los nombres son Por los caminos oscuros y Los ogros. Los ignoraba, porque devolví los libros a la Biblioteca y aún no había podido ir a pedir en préstamo más y más, pero creo que esos eran.

Mi artículo no es sino un agradecimiento a un autor que con enorme talento hace grande un lenguaje y muchos géneros. El cómic, a los que lo desconocen, les parece algo infantil, extraño o desviado. Yo mismo aún estoy un tanto atenazado: aún no he sido capaz de comprarme un cómic de Red Sonja. (Pero tiempo al tiempo.) Y sin embargo, desafío a nadie que pueda leer las páginas de Por los caminos oscuros, que no se pregunte por algo más que esos bellísimos prólogos que conforman el primer tomo de la serie.








lunes, 28 de septiembre de 2009

Escritura irreflexiva

Últimamente encuentro un cierto placer en contar los cuentos que se me vienen a la cabeza según empiezo a escribir, releyendo o borrando lo justo. De ahí los microrrelatos que estoy subiendo al blog.

El último no es demasiado bueno, pero me hizo gracia la idea del contexto impuesto al final, y pensé en redactar algo así. No es el famosos cuento de Borges -"¿Sabes, Ariadna...?"- pero aun así espero que os guste.

Derechos

Derechos

-¿Sabes? Esta mañana me he levantado fatal. En cuanto me ha rozado el sol en los párpados, en pie. Y mira que siempre lo mismo. Y en vacaciones. Yo, yo quería descansar un poco más y levantarme un poco más tarde, porque con tanto trabajo, siempre para acá y para allá, haz ésto, haz lo otro, tramítamerecógemegestióname estos papeles... Los pocos días que tiene uno de vacaciones son realmente preciosos y hay que disfrutarlos al máximo. Luego vuelves a la rutina, al día a día constante y pesadísimo, insoportable, todos los días a la misma hora. Y los demás dicen que me quejo. Yo no me quejo, ¡defiendo lo que es mío por derecho!

-Funcionarios en la milicia. En fin... ¡Pelotón! ¡A las armas! ¡A cada hombre y a cada mujer que pueda sostenerla, una lanza!

-Y...

-(sigh) ¡Y mañana descansaremos!




(c) El Cuentacuentos

domingo, 20 de septiembre de 2009

Un cuento más

Pequeño, comprimido, como mi escasa capacidad mental durante estos últimos meses, o años. Pensar que en la facultad escribí una novela de doscientas cincuenta páginas equivale a ponerme a llorar por el placer perdido. Hace unos instantes he redactado sobre el pequeño procesador de Blogger un microrrelato llamado Idiota.

Pero en fin, aún se me escapa algún vagido seudoliterario. Si es bueno, disfrutadlo; y si no, al menos no habréis perdido mucho tiempo con ello.






Idiota

Idiota

Si le digo que así me gusta, ¿por qué no me hace caso? Si le digo que Dios le dio un buen par de pechos para que los hombre los viéramos, ¿por qué se enfada? Si le digo que no sea tan espontánea cuando mi jefe está delante, ¿a qué tanto reírle las gracias? Si pasamos por un barrio peligroso, ¿por qué le contesta a los quinquis, si luego me tocará a mí defenderla? En fin, ¿quién entiende a las mujeres?


(c) El Cuentacuentos







Avatar

Pinchando en el título de la entrada, podéis ver un vídeo de una película que, en lo visual, me ha llamado bastante la atención, con montañas voladoras, una naturaleza desatada y unos poderosos animales bípedos como monturas, parecidos a dinosaurios depredadores.

La película se llama Avatar, la dirige James Cameron. Ojalá no sea una decepción, ni siquiera una pequeña, como sucedió con Indiana Jones.

Los fantasmas

Los fantasmas

Al empezar a escribir sobre una página en blanco, la soledad absoluta de quien empieza a decir sus inanes palabras y la necesidad íntima y dolorosa de esa sensación se convierten en íntimas compañeras del hombre que se mira ante el espejo o espejismo de la nada. El ¿y ahora qué? que surge ante la demanda de sucesos necesarios, o incluso mínimamente significativos, es la calígine que impera en la llano yermo de la vida. Los ruidos del existir antes altivamente considerados molestos ahora son buscados y no hallados, como una Roma a que peregrino busca mas que ya no existe. Los demás antes estaban ahí, y su presencia antes tenía un sentido matemático, un más o un menos, pero sobre todo, ahora, tiene un valor absoluto, que se ha reducido al cero, a la nada.

Visto que se está tan solo, pero que aún así el mundo no puede ser una oración impersonal, y que la primera persona nunca se fue, se imponen los fetiches. Somos la suma sacerdotisa de nuestra vida: seremos, lo quieran o no, capaces de poblarla. Aun los hombres, los machos, podemos crear vida. En realidad, ni siquiera las hembras pueden hacerlo, como, al llegar la adolescencia de las hijas, las madres capaces empiezan con añoranza a descubrir. Creamos vida. ¡Creemos vida! Pero la vida se ha rebelado siempre contra su creador: los hijos sobreviven a sus padres –nada más traidor-, las especies nuevas acaban con las viejas que las engendraron, e incluso las grandes compañías, ésas que aún resuenan en medio de la noche del descubrimiento de la vejez –en torno a los veinte años- abandonan su cuna y fluyen como energía abstracta hacia los vórtices de nuevos estados.

No hemos creído en Dios, no creemos en él –ja, ja, no iba a ser ella- ni creeremos nunca, ni siquiera cuando el cáncer sople su trompeta victoriosa en las murallas de nuestras médulas corrompidas… Y nosotros mismos somos Dios.

¿Qué es el pasado? ¿Cuántas veces más se escribirá sobre el pasado? ¿Cuánta gente más capaz que yo lo hará? Aún enseño en mis clases a los niños censurándome las palabras de Thomas Von Aschenbach en su novela La montaña mágica sobre el tiempo, que seguro aprendió de otro. Pero eran bellísimas: sobre la experiencia y el recuerdo, cómo mantienen una paradójica, sardónica, divertida, cruel, relación de proporción inversa. No repetiré aquí sus conceptos, yo los sé; este libelo jamás lo leerá persona alguna además de mí. No repetiré, dije, sus ideas, pero, ¿qué es el pasado? En algún momento que no sé cuándo ha existido o cuándo existirá, en algún instante que no es el presente –que es aún más complejo de definir, puesto que el presente es el casi-no-ser- afirmo que yo he vivido, he sentido o he iluminado, he imaginado o pergeñado. Sin complementos. He experimentado o he soñado que lo he hecho, a quién importa cuál de ambas, tal vez a Segismundo. Es el curriculum vitae de mi estar: yo he latido.

Creamos, no creemos. Un Appendix probi de la vida al ir muriendo. En cierto momento he sentido algo. Ahora estoy solo. Me pregunto durante escasos instantes qué hacer. En torno a mí todo es silencio. Dentro de mí todo es clamor. Todo mi cuerpo me proporciona la respuesta: “Vuelve a traérnoslo”. Pero no puedo; no de cualquier manera: el vínculo se debilita, y el recuerdo jadea en el tránsito de las dudas, corriendo del peligro de perderse en las posibilidades, que todo lo devalúan. “Fue así”, con un “así” fascista, es lo que necesitamos.

¿Y cómo fue? Así. Los fetiches despiertan a los fantasmas, y entonces estamos ni muertos ni vivos, porque hemos entrado en el torbellino del recuerdo recurrente, y no morimos porque sentimos, o más precisamente, volvemos a sentir; y no vivimos, porque ya no vuelve a caber experiencia nueva. Pero da todo igual, ya que no estamos solos. En la casa del juguetero, el silencio de los pasillos no lo rompen las visitas, sino los juguetes. Y en ese limbo eterno nos mantenemos unos pocos años hasta la cierta serenidad de la muerte, la real.



(c) El Cuentacuentos





Un pequeño ensayo

Aunque hace tiempo que no escribo nada aquí, o en ningún otro lugar -al menos no hay que llorar la pérdida de un gran escritor, jajaja, qué triste sería que Bob Dylan o Manuel Rivas fueran unos vagos que no escribieran, éso sí que sería para quejarse ante La Haya- al filo de la una de la noche he plasmado un par de ideas en la página blanca de MS Word, una perversión repugnante de la página en blanco de Baudelaire.

Espero que os guste, o que al menos os haga pensar.

domingo, 12 de julio de 2009

Ilustraciones fantásticas

En las dos acepciones de la palabra. De asunto fantástico y de enorme calidad. Sólo tenéis que pinchar en el título del post. Espero que os gusten.