¿Alguien tiene el fetiche de los libros que se comienzan dos veces?
Yo lo tengo. Me pasó con La montaña mágica y con Anatomía de un instante, me pasará con Los detectives salvajes, con Margarita y el maestro, con Los versos satánicos y con el Retrato de un artista adolescente, libros que se perdieron y que volverán como el rey Arturo cuando se les necesite.
Me sucede que cada obra que empiezo a leer y que, por desgana, porque otro libro me seduzca poderosamente y abandone infiel al primero o porque viaje y lo olvide, o porque lo preste sin haberlo acabado o por cualquier otra de un millón de razones, digo, me sucede que si empiezo a leer un libro y no lo acabo, cuando lo cojo por segunda vez -y religiosamente lo recomienzo desde la página uno- y abro una segunda era de mi lectura, suelo tener una conexión intimísima con ese libro, y lo suelo leer con enorme placer. A lo mejor se trata de que ya conozco el estilo, o puede ser que los personajes ya no necesiten explicarse o ser explicados para ser; podría darse el caso de que conozco y recuerdo algunas oraciones o algunas acciones, si es novela, o algunos versos si se trata de un poemario. Quizá la razón sea un poco más sibilina, y radique en que tiene el encanto de una segunda lectura y a su vez el de la primera, lo ingenuo y lo sabio, lo tierno y lo maduro. Un híbrido extraño, como hacerle el amor a Mrs. Robinson y a su hija a la vez.
Jajaja, el bueno de Zack de la Rocha lo hace fatal: el de Motor City Five un estilo muy diferente al suyo. Pero el bajista Tim Commerford y el guitarrista Tom Morello merecen mención especial, y no sólo por técnica sino porque comunican pura pasión.
- ¡Ay, sí, yo sí que he leído algo de ese, a mí me gusta mucho, uno inglés...!
- No, ese es Philip Roth. Es de Estados Unidos.
Esta charla se ha repetido más de una vez en mi entorno. También se ha repetido otra, cervezas mediantes o no:
- ¡Joseph Roth es la hostia!
- ¡Sí, es la hostia!
- ¡Sí, es la hostia!
- ¡Sí, es la hostia!
- ¡Sí, es la hostia!
- ¡Sí, es la hostia!
Y una tercera más, de mi pareja hacia mí:
- En tu blog todo lo que reseñas es bueno, todo es la mejor novela que uno podría haber leído la última semana antes de morirse. Todo te gusta.
- Es que escribo precavido.
En honor al primer diálogo y al segundo me decidí a leer una novela que había comprado, de Acantilado (ay, cuántos libros me gustan en las portadas de la editorial Acantilado), de un escritor al que conocí en La noche mil dos, de Anagrama, y en cuya obra profundicé después de que Pedro López (creeloquequieras.blogspot.com) me dejase La leyenda del santo bebedor. He leído una tercera que sé que no tengo en casa y de cuyo título en estos momentos no me acuerdo, pero que también me gustó bastante, sobre un asesino, muy psicologista.
Pues el caso es que me habría gustado que me gustase esta novela de Joseph Roth, que es la hostia, pero no lo ha hecho. O no como novela. Reconozco que tiene fragmentos verdaderamente brillantes. La descripción de la masa de las manifestaciones obreras es espeluznante: a uno le pone el vello de punta. Pocas veces he leído un texto en el que la dignidad quede más asegurada que en los capítulos finales de la novela, y en el que precisamente esa palabra ("dignidad") o sinónimos suyos aparezcan menos. Theodor Lohse, el personaje principal, abocetado en numerosos trazos sueltos, un poco como los impresionistas hacían en sus cuadros, también tiene una riqueza de matices enorme: sus limitaciones, su radical estupidez, su fuerza de voluntad... Vislumbro que la estupidez, después de haber leído varias veces (y perdido, quien la tenga, si lee esto, que me la devuelva, que tenía citas) La noche mil dos, es un concepto en el que al escritor le place investigar. Supongo que da bastante más juego que un racionalismo aburrido y europeizante.
Antieuropeista es otro de los personajes de la novela, el judío Lenz. En el paralelismo de Lenz con Glasser, el personaje de la niñez, el número uno de la clase, de natural inteligent, con el conspirador Lenz, más inteligente que Lohse -el número dos, constante por temeroso-se ve un amago de estructura. La novela parece que es el crecimiento y caída de un arribista (como ya hemos leído tantas, por ejemplo El rojo y el negro) que se ve atrapado por una tela de araña de conspiraciones, mentiras y fantasmas personales, pero asimismo la tela de araña podría aludir a la serie de conspiraciones que se ciernen sobre Alemania y Europa. Y es aquí precisamente donde veo la debilidad o de la novela o de esta edición: el texto contiene algunas referencias históricas, de nombres propios o de costumbres del momento que se explican con dificultad si uno no posee un dominio del momento de entreguerras en el que se sitúa la novela. Con algunas notas habría estado mejor, la verdad.
Y también es cierto que el tono resulta irregular, que en ocasiones es elevado, que en ocasiones es bellamente lírico, pero es que en otras ocasiones me ha parecido un tanto plano. A lo mejor es la traducción, pero a día de hoy es raro que en dos oraciones consecutivas, en la traducción, se lea dos veces la misma palabra si en el original no está. Aunque quién sabe...
En conclusión, una novela que al no ser larga se puede extraer de ella lo que tiene de muy bueno sin que el resultado general, a mi gusto un poco cojo, lo estropee.
¡Pero esto no ensombrece al resto de Roth! (Ni, tampoco, a Philip Roth, que también es la hostia.)
Escrita en el 84 y publicada en el 85, La insoportable levedad del ser es uno de esos libros que, caso de tener que elegir unos pocos, no te llevarías a una isla desierta. ¿Y por qué no? En primer lugar, porque a una isla me llevaría o el conjunto formado por una nevera con cervezas, mi galga, unas bolsas de patatas y unos bocadillos con pan del día -no cuento a mi pareja porque ella sería seguramente quien me diera el empujón para llegar a la dicha isla, y si estamos allí los dos juntos, como me ponga a leer me la acabaré cargando- o bien no me habría podido llevar nada porque sería el superviviente de una catástrofe marina. Situaciones intermedias me parecen tremendamente tontas y muy amaneradas, así es que no pierdo el tiempo con ellas.
Pero sí que me he llevado el libro de Kundera a lugares hostiles a la lectura como un claustro de profesores, la casa de los padres -que prefieren hablar conmigo a verme ensimismado leyendo-, la casa de los suegros, la casa del exilio de mi pareja, etc. Y de verdad que allí lo he leído. Además, como me sucedió leyendo a Lobo Antunes, he vuelto a contar las páginas, pero no tanto por el compromiso de no abandonar el capítulo a medias -son verdaderamente cortitos, de no más de dos páginas- como por el de pensar cuándo y cómo querría acabarlo. Una especie de eutanasia literaria.
Me gusta pensar que elijo cuándo y dónde matar una lectura hermana. Fue en la cocina, cenando, con una copa de vino, que podía haber sido mejor pero que para ser joven no era malo. Kundera no me deba más de quince páginas, o eso creía. Pero el mago hizo lo que mejor sabe hacer, que es magia, y de repente lo que acababa se hizo infinito.
La insoportable levedad del ser, leí hace no mucho, es un libro que suscita el problema de la exquisitez artística. Es un libro ciertamente exquisito, contiene bastantes citas como para no resultar de una lectura muy sencilla -no si se quiere empezar un buen diálogo con él-: de hecho, el comienzo del libro poco tiene que ver con la ficción, pues se trata de un comentario al concepto nietzscheano del eterno retorno. La gravedad, el peso, la importancia, viene conferida por la eterna repetición en el tiempo de ciertos sucesos y arquetipos; la vida del ser humano nunca puede ser grave sino que acaba siendo insustancial por el hecho de que lo vivido nunca se puede repetir, que todo se hará siempre por primera vez. De ahí la idea de levedad, la imposibilidad incluso del ensayo y error. Esto es el capítulo primero de la primera parte; los personajes y la ficción no llegarán hasta unas páginas más adelante. Como puede verse, a primera vista, ¡es un libro exquisito! Y sin embargo se puso de moda y vendió muchos miles de ejemplares. La edición que tengo es la número veintinueve, y no cuento las de bolsillo, etc.
Pero el problema de la exquisitez artística continúa. Las páginas del libro hablan sobre el problema de la exquisitez artística y el del abandono del gusto y el sentido crítico: el kitsch. Una parte importante del libro está dedicada a esta idea.
(Tráiler de la película protagonizada por Juliette Binoche y Daniel Day Lewis. No la he visto, pero creo que puede perder toda la parte filosófica...)
La insoportable levedad del ser es una novela. Entonces debe desarrollarse entre diferentes espacios, en distintos tiempos y contener algunas acciones emprendidas por algunos personajes. Es decir, debe tener algún grado de ficción... En sus páginas nos encontraremos con unos pocos (muy pocos) personajes algunos muy buenos, otros inolvidables (en este orden, para mí, Sabina, Franz, Tomás y Teresa). Destaco a los cuatro principales, los protagonistas de las historias cruzadas de Tomás y Teresa y de Sabina y Franz. Con el amor de Teresa al perro Karenin y las ideas de Franz sobre Europa y La Gran Marcha me he llegado a emocionar. Este personaje se mueve intentando hacer algo por un dios que dejó de ser carne y que ya es inexistente (una persona que nos importó mucho según el placer de la cual seguimos actuando, en su caso Sabina) es una idea brillante, casi como la Maga de Cortázar.
Escribo mucho sobre ideas, pero aseguro que la ficción merece -y mucho- la pena. La novela del checo no es un ensayo, aunque tenga bastante de éste. No es como Todo fluye, la novela de Grossmann que reseñé aquí hace unas semanas que casi sólo era ensayo. El problema que tengo es que es una historia supuestamente simple y delicada, y no quiero desvelar nada de ella. La novela tiene intriga, la crea en cada capítulo; cada capítulo pide por favor no detenerse.
La novela es a la vez una ficción y un experimento. A la vez que se crea la novela el escritor muestra la tramoya, cómo está construida y sobre todo qué razones le llevan a mover a tal personaje a tal situación, o incluso a crearlo. Es un poco unamuniana en ese sentido. Sin embargo, el autor no le resta entidad ni dignidad a sus creaciones, llegando a un auténtico diálogo con ellas, sorprendiéndose por sus actuaciones y aplicándoles el microscopio. La novela en muchos casos es análisis (acción-comentario/análisis-acción) de tal o cual situación o suceso, histórico -de la realidad europea empírica-, intrahistórico -de la realidad europea empírica del día a día de las personas- y ficticio -de cómo han actuado los personajes, o qué son o qué pretendía el autor con ellos. La construcción de los sucesos también tiene que ver con esa idea magnífica del eterno retorno, de la levedad y de la gravedad, porque muchas -muchísimas- ideas, acciones y personajes se repiten. Para mí que está un poco bajo el hechizo -muy parcial, claro- de García Márquez. Al igual que el colombiano, Kundera es capaz de algunas definiciones alternativas de nuestra realidad que son para quedarse una hora o una vida meditándolas.
También resulta un experimento, muy acertado, en algunas de las novedades estilísticas que tiene. A uno le resulta increíble estar leyendo una novela-diccionario. Si alguien que lee esta pequeña reseña sobre el libro también ha leído recientemente La insoportable levedad..., por favor que diga que no me estoy volviendo loco si afirmo que ¡hay un capítulo que se narra como si fuera un diccionario!
En fin, es un libro maravilloso. A mí me ha encantado. Agradezco a quien me lo regaló haber oído mis quejas de que no había entendido nada de Los testamentos traicionados y haber hecho que perseverara en la lectura de Kundera. Qué bien. Qué bien.
¿Es todo bueno, es todo malo? ¿Merece arder la copla por su adscripción prolongada al franquismo no-olvidable? ¿No gustó también a los republicanos antes y durante, y después? ¿El flamenco es la música de los gitanos? ¿Son los gitanos buenos o malos por ser gitanos?
Por favor.
Esto es precioso (a mí me lo parece), y es americana. Otro día vendré con Kusturica, y también será precioso. Aunque Bregovic me decepcionó, debo decir.
Este es un libro-metáfora. ¿Cuál es la magia de la metáfora? ¿Por qué los escritores -los de verdad, no los vende-churros- se empeñan en usar esa palabra -metáfora- como si del santo grial se tratara? ¿Qué hace que la metáfora sea la ambrosía -o el néctar, nunca recuedo- de la inmortalidad?
En una clase en la facultad, el profesor Polo nos dijo unas palabra muy sabias sobre la metáfora:
-Una metáfora es lo que sustituye, pero nunca deja de ser del todo lo sustituido.
Está claro que cito de memoria quince años después; quien haya leído al profesor Polo sabrá reconstruir su estilo. Mi amigo José Oscar López, el poeta que escribe el blog Un mundo flotante, dijo en un recital otras palabras tanto o más sabias que las suyas.
-Suelo empezar mis clases de Literatura con Parménides.
-¿En el instituto?
-Sí.
-Valiente...
-Les digo que a Parménides se le atribuye una frase importantísima de la Filosofía: "lo que es, es". Ellos me contestan: "pues ya le vale, eso también lo sé yo".
-¿Y eso qué...?
-¿Que qué tiene que ver? Pues entonces, cuando ya están mosqueados sigo: una metáfora hace que lo que sea, sea, pero que también sea otra cosa más.
También cito de memoria, aunque de menos tiempo; del recital de hace unas semanas en el bar Zalacaín. El caso es que me gustó la frase y la usé yo también dando mis clases, y la verdad es que a mis alumnos también les hizo tilín.
¿Y qué tiene todo esto que ver con Océano mar? Bueno. Podemos decir que el mar, y que el océano, además de inmensos, son inaprehensibles. Inaprehensible es esta novela. Y juguetona, vaya si lo es.
¿Cuándo, dónde sucede la novela? Menos aún que en Seda, en esta novela Baricco no nos da demasiados datos para poder encajarla en ningún puzzle histórico. Se puede entender que es la época de la navegación, quizá el siglo XVIII o el XVII, y que transcurre por algún lugar europeo no demasiado al interior. Más bien la costa o en alta mar. Pero, ¿qué mar? Por lo que a mí me ha impresionado en mi vida, sería el Atlántico, pero para otro, otro mar se podrá poner en su lugar.
Pero una novela no es juguetona por el mero hecho de que no ponga demasiado empeño en localizarse espaciotemporalmente. Sí es juguetona cuando cada capítulo está escrito con unas premisas de estilo diferentes. Un capítulo es un diálogo narrativo. Otro capítulo es un medio diálogo narrativo. Otro es un diálogo teatral. Otro es un cuento. Otro es una novela sentimental. Otro es un catálogo de pinturas. Otro es de raigambre borgiana. En otro leemos un homenaje a Monterroso. Otras son relatos casi infantiles, o directamente infantiles.
La novela tiene tres partes, que me gusta pensar como el avance, el rompiente y la resaca de la ola. La primera es una larga cantidad de presentaciones de personajes alternadas: qué lleva a los personajes a acercarse a la posada Almayer, el lugar de autodescubrimiento. La segunda me recuerda un poco al Relato de Arthur Gordon Pym, de Edgar Alan Poe, y se trata de un tensísimo relato de viajes y derivas. La tercera trata de cerrar el círculo con los personajes, y al igual que al final de la primera, bastantes de las historias se relacionan hasta el punto de no terminar sino unas en otras. Los personajes de la segunda parte también se han relacionado con los de la primera y con los de la tercera.
Como dice Milan Kundera, los personajes no tienen vida real sino que nacen de algunas ideas. De todos me quedo con la pareja Bartleboom-Plasson, el científico y el pintor. No puedo sino quitarme el sombrero ante esos dos personajes que buscan el inicio y el fin de lo inabarcable (el mar). El pintor, acostumbrado a empezar a pintar por los ojos, no puede comenzar a pintar el mar y sus cuadros son blancos; el científico busca cada tarde dónde está el límite del mar, y tampoco lo encuentra. ¡Qué nuestro, de las pequeñas y ambiciosas personas, ese intento! Otros personajes también interesantes, aunque igualmente planos, son Thomas-Adams, Edelwin y Ann Deverià. A los niños mágicos yo no les he encontrado mucho interés.
Sentido del humor no le falta a la novela. Pocas veces llama a romperse la mandíbula, pero cuando no fascina o atemoriza o adormece tiernamente, sí que despierta -a mí al menos- una ligera sonrisa menos bobalicona que humana. Pero además de sentido del humor, vamos a encontrarnos entre las selectas palabras de Baricco con algunas observaciones sobre la vida de las que a uno lo cogen en jaque. Recuerdo en especial un amargo pensamiento sobre el conocimiento y la necesidad del dolor para alcanzarlo, al final de la segunda parte, que me dejó pensando durante mucho tiempo.
Por razones como esta, puedo decir que Océano mar ha sido una estupenda novela que he tenido el placer este último mes y que recomiendo a todo aquel al que le apetezca ser sorprendido. Para leer lo que ya esperáis leer, mejor buscad a otro.
Nota: creo ver un pequeño fallo de traducción en el título. Hace mucho tiempo, al océano atlántico se le llamaba "la mar océana"; a lo mejor es una concesión a las resonancias poéticas que crea ese título.
Es efectista, lo sé. Primero Todo fluye, luego Todo se desmorona. Lo mejor es que ambos libros vinieron a mí en un plazo muy cercano y sin buscarlos yo. Así es que por sus títulos predije una chispeante paradoja...
Pero la realidad es siempre otra cosa, y sus coincidencias y paralelismos, al contrario de lo que opina Javier Cercas, son escasos. La vida no es siempre un diamante, pero siempre está en bruto. Para otras cosas ya está el arte.
Todo fluye era una denuncia periodística del horror leninista y del estalinista. Todo se desmorona es una novela que engaña, a la cual podemos, en su edición de Libros del mundo, culpar a su contraportada. Toda contraportada es culpable por defecto de una mala lectura; a todas hay que darles presunción de culpabilidad. Aunque las escribieran sus autores. Son una ponzoña estropea-libros. Y yo, tonto, sigo leyéndolas siempre, y no sólo en la librería, sino en el sofá de mi casa.
(Imagen de Chinua Achebe tomada del blog newschoolthoughtsonafrica.wordpress.com)
El problema, pues de la contraportada de esta novela es que la vende como una novela del colonialismo cuando realmente no lo es. El hombre blanco no ocupa una cuarta parte de las páginas del texto de Chinua Achebe, y su relación con el hombre negro es plana y no pasa de lo tópico. Cabría preguntarse si en el periodo de las colonias, al menos desde el prisma político, que es el que aquí interesa, hubo algo fuera del tópico, seguramente no. En realidad, tras el realismo literario, fuera del tópico (y siempre, repito, con una mirada sociopolítica) seguramente hubo siempre poco, pero a la Literatura, qué se le va a hacer, si le gustan las generalidades, también le gustan las excepciones. Okonkwo, protagonista de la novela, es un hombre excepcionalmente descrito, en cierto sentido, dentro de su normalidad, pero el hombre blanco no es más que un montón de clichés realistas a los que se da poco color literario y menos aún retórico.
Okonkwo es el protagonista absoluto de la novela. Su juventud, su vida, su familia, sus hábitos, sus pequeñas grandes empresas, su personalidad ardiente, autoritaria y con un gran sentido de superación, muy hermosamente descrita, su aprecio a su hija frente al desprecio de sus hijos, su sufrimiento del destino, su pérdida del hijo adoptivo por culpa de la superchería de una religión no humana, su carácter tradicionalista, son episodios en los que se lee la vida de un hombre que no es más ni es menos, sino meramente un hombre que lucha por la vida propia, familiar y del clan.
Pero he aquí que llega el final con la explosión de dignidad, de fuerza y de fatalidad.
¿Por qué aparece tan poco el hombre blanco? Como metáfora de la vida tribal y la confrontación con la civilización, tal vez el tiempo dedicado a cada parte resulta simbólico de la larga história del pueblo africano de manera independiente frente a la esclavitud europea que representa un pequeño periodo en su largo devenir histórico. Así, mucho tiempo sin el blanco corresponde a una larga historia de Okonkwo, un hombre verosímil y habitual en su contexto, enn su mundo de la tribu y las costumbres ancestrales.
Una de las cosas más interesantes de esta extraña novela -que siempre funciona con la retórica elíptica de los sobreentendidos- es la capacidad de su autor para ponerse en los ojos de los personajes sin resultar ridículo y sin criticar a ninguno de ellos. Chinua Achebe confía en un lector crítico, y eso es digno de alabanza.
Las costumbres que desde una perspectiva realista casi nunca son juzgadas por el narrador a veces nos traen una violencia y un atropello de los derechos humanos universales que haría cuestionarnos la cuestión de la universalidad en concordancia con la ahistoricidad. ¿Existe lo ahistórico realmente? ¿Podemos desde un punto de vista moral permitirnos considerarlo todo histórico como base para evitar una intervención en otras culturas? ¿Intervenir en otras culturas es justo? ¿Es bueno?
Redacto estas líneas justo unos minutos después de acabar la última línea de esta novela-ensayo que muy lejanamente me recuerda a la concepción de Unamuno de la novela: novela para transportar ideas, novela-excusa.
Debo confesar que comencé la lectura de esta novela como un pequeño juego literario. Habiendo leído el nombre de Grossman en unj suplemento literario, sus reseñadores me debieron de persuadir de su lectura, así es que un día, con la realidad-excusa de regalárselo a un familiar, lo compré.
(Dejo para otro día las historias de las devoluciones de préstamos de biblioteca, y en honor a Grossman y a la historia y literatura rusas, a esa entrada la llamaré Crimen y castigo; lo anoto aquí para no olvidarlo.)
El pequeño juego literario pasaba por que una querida compañera del trabajo me había prestado la novela Todo se desmorona, de Chinua Achebe, novela espléndida que pronto reseñaré por aquí, y el contraste con el título de este otro libro estaba claro. Pero mi ingenua torpeza se frustró cuando crucé la página veinte del libro, el capítulo tercero. A esa altura la novela comenzaba a volverse macabra y no sé por qué enseguida tuve la intuición de que ese viento espiritual dostoievskiano e incluso tolstoiano se negaba a regresar. La novela no iba a acabar bien. Para colmo, a treinta páginas de acabar la de Achebe, el desmoronamiento aún no ha llegado: ¿alguien ha confundido títulos? ¡Que me devuelvan mi dinero!
Es imposible que Todo fluye acabe bien por una razón: Todo fluye es la novela de la dictadura soviética, y me explico, porque en esa frase está condensado todo, y todo es mucho. La novela de Vasili Grossman contiene una mínima excusa de ficción, hermosa y consistente (el regreso de un hombre encarcelado en un gulag, después de treinta años de trabajos forzados), su reintegración en la sociedad y sus meditaciones sobre la historia rusa, sus líderes Lenin y Stalin y el carácter nacional ruso. Desde ese punto de vista, nos encontramos con distintas partes narradas desde distintas perspectivas, como puede ser el comienzo (un viaje en tren, con un protagonista al que no conocemos inserto en una masa que mantiene relaciones internas efímeras), el segundo capítulo (narrado desde la perspectiva del intelectual delator Andréyevich), los capítulos narrados o focalizados en el protagonista, Iván Grigórievich, y unos poquitos narrados por la mujer de la que crepuscularmente se enamora, Anna Serguéyevna.
Hay una pequeña ficción realista, pero desde la mitad del libro nos encontramos con largos capítulos que consisten en las reflexiones de Grigórievich sobre la historia rusa de la primera mitad del siglo XX: la revolución y la dictadura del proletariado. Por ello, la verdad es que dudaría de considerar este libro un libro de ficción pura; más bien pienso que su naturaleza es un poco intergenérica: algo de ensayo y algo de novela. En algunos capítulos hay más de lo uno y en otros más de lo otro, aunque en general, cuando la novela se asienta y cobra su auténtica intensidad, se ha convertido en ensayo. ¡Pero no de manera irreversible! Las demoledoras reflexiones de Grigórievich se apoyan en brevísimas -e intensas- líneas sobre lo que le sucede -puesto que no es un hombre muerto ni acabado-, que no diré aquí porque yo siempre he defendido a capa y espada que contar los sucesos avanzados de un libro es ser un idiota integral.
El tema principal de la novela es la reflexión sobre la libertad y su ausencia, para lo cual su autor realiza recorridos macrohistóricos (la historia de Rusia), intrahistóricos (la pequeña vida de las pequeñas personas rusas de antes y después), la suprahistoria rusa (el carácter nacional), la biografía crítica de los líderes rusos (de Lenin y de Stalin; mención especial merece la biografía de Lenin y el análisis de su personalidad disociado del de sus actos).
La traducción al comienzo cuesta un poco. Pero según se progresa en la lectura de la novela, parece que es coherente, de donde los rasgos de estilo que puedan resultar un poco chocantes tal vez se deban al propio escritor ruso. Lo que más me ha llamado la atención a mí ha sido la presencia de pequeñas oraciones-resumen a cada poco tiempo. Me imagino a Grossman arrojando su pensamiento y descansando en pequeños escalones como las piedras por donde se vadea un río; y esas piedras serían las frases en que Grossman guarda su pensamiento antes del siguiente salto, como los descansos de un trapecista cansado. (Cabe decir, además, que éstas tienen un enorme poder persuasivo, porque balizan el discurso lógico de Grossman).
De los personajes, sobre todo, destaco a Andréyevich. Muchos son menos soporte ideológico que ficción, pero la redondez de este personaje secundario es deliciosa; y la de su burguesa mujer, igual.
En fin, una novela dura. Muy crítica con el comunismo, al que no concede ningún valor (o ninguno que yo haya leído). Mi opinión, personal, claro, es que Grossman obvia algunos logros de la dictadura comunista (no voy a maquillarla llamándola sobriamente "estado"), que está claro que fue cruel e inhumana y que sustituyó la tiranía de unos por la de otros, pero (y está claro que lo que diré no compensa a lo anterior, ni a los gulags, ni a las deportaciones ni a los exterminios) también propuso algunos avances sociales que podrían destacarse. Para mí, independientemente de todo, ha sido una buena lectura.