Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

miércoles, 1 de febrero de 2012

La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

Escrita en el 84 y publicada en el 85, La insoportable levedad del ser es uno de esos libros que, caso de tener que elegir unos pocos, no te llevarías a una isla desierta. ¿Y por qué no? En primer lugar, porque a una isla me llevaría o el conjunto formado por una nevera con cervezas, mi galga, unas bolsas de patatas y unos bocadillos con pan del día -no cuento a mi pareja porque ella sería seguramente quien me diera el empujón para llegar a la dicha isla, y si estamos allí los dos juntos, como me ponga a leer me la acabaré cargando- o bien no me habría podido llevar nada porque sería el superviviente de una catástrofe marina. Situaciones intermedias me parecen tremendamente tontas y muy amaneradas, así es que no pierdo el tiempo con ellas.

Pero sí que me he llevado el libro de Kundera a lugares hostiles a la lectura como un claustro de profesores, la casa de los padres -que prefieren hablar conmigo a verme ensimismado leyendo-, la casa de los suegros, la casa del exilio de mi pareja, etc. Y de verdad que allí lo he leído. Además, como me sucedió leyendo a Lobo Antunes, he vuelto a contar las páginas, pero no tanto por el compromiso de no abandonar el capítulo a medias -son verdaderamente cortitos, de no más de dos páginas- como por el de pensar cuándo y cómo querría acabarlo. Una especie de eutanasia literaria.

Me gusta pensar que elijo cuándo y dónde matar una lectura hermana. Fue en la cocina, cenando, con una copa de vino, que podía haber sido mejor pero que para ser joven no era malo. Kundera no me deba más de quince páginas, o eso creía. Pero el mago hizo lo que mejor sabe hacer, que es magia, y de repente lo que acababa se hizo infinito.

La insoportable levedad del ser, leí hace no mucho, es un libro que suscita el problema de la exquisitez artística. Es un libro ciertamente exquisito, contiene bastantes citas como para no resultar de una lectura muy sencilla -no si se quiere empezar un buen diálogo con él-: de hecho, el comienzo del libro poco tiene que ver con la ficción, pues se trata de un comentario al concepto nietzscheano del eterno retorno. La gravedad, el peso, la importancia, viene conferida por la eterna repetición en el tiempo de ciertos sucesos y arquetipos; la vida del ser humano nunca puede ser grave sino que acaba siendo insustancial por el hecho de que lo vivido nunca se puede repetir, que todo se hará siempre por primera vez. De ahí la idea de levedad, la imposibilidad incluso del ensayo y error. Esto es el capítulo primero de la primera parte; los personajes y la ficción no llegarán hasta unas páginas más adelante. Como puede verse, a primera vista, ¡es un libro exquisito! Y sin embargo se puso de moda y vendió muchos miles de ejemplares. La edición que tengo es la número veintinueve, y no cuento las de bolsillo, etc.

Pero el problema de la exquisitez artística continúa. Las páginas del libro hablan sobre el problema de la exquisitez artística y el del abandono del gusto y el sentido crítico: el kitsch. Una parte importante del libro está dedicada a esta idea.



(Tráiler de la película protagonizada por Juliette Binoche y Daniel Day Lewis. No la he visto, pero creo que puede perder toda la parte filosófica...)




La insoportable levedad del ser es una novela. Entonces debe desarrollarse entre diferentes espacios, en distintos tiempos y contener algunas acciones emprendidas por algunos personajes. Es decir, debe tener algún grado de ficción... En sus páginas nos encontraremos con unos pocos (muy pocos) personajes algunos muy buenos, otros inolvidables (en este orden, para mí, Sabina, Franz, Tomás y Teresa). Destaco a los cuatro principales, los protagonistas de las historias cruzadas de Tomás y Teresa y de Sabina y Franz. Con el amor de Teresa al perro Karenin y las ideas de Franz sobre Europa y La Gran Marcha me he llegado a emocionar. Este personaje se mueve intentando hacer algo por un dios que dejó de ser carne y que ya es inexistente (una persona que nos importó mucho según el placer de la cual seguimos actuando, en su caso Sabina) es una idea brillante, casi como la Maga de Cortázar.

Escribo mucho sobre ideas, pero aseguro que la ficción merece -y mucho- la pena. La novela del checo no es un ensayo, aunque tenga bastante de éste. No es como Todo fluye, la novela de Grossmann que reseñé aquí hace unas semanas que casi sólo era ensayo. El problema que tengo es que es una historia supuestamente simple y delicada, y no quiero desvelar nada de ella. La novela tiene intriga, la crea en cada capítulo; cada capítulo pide por favor no detenerse.

La novela es a la vez una ficción y un experimento. A la vez que se crea la novela el escritor muestra la tramoya, cómo está construida y sobre todo qué razones le llevan a mover a tal personaje a tal situación, o incluso a crearlo. Es un poco unamuniana en ese sentido. Sin embargo, el autor no le resta entidad ni dignidad a sus creaciones, llegando a un auténtico diálogo con ellas, sorprendiéndose por sus actuaciones y aplicándoles el microscopio. La novela en muchos casos es análisis (acción-comentario/análisis-acción) de tal o cual situación o suceso, histórico -de la realidad europea empírica-, intrahistórico -de la realidad europea empírica del día a día de las personas- y ficticio -de cómo han actuado los personajes, o qué son o qué pretendía el autor con ellos. La construcción de los sucesos también tiene que ver con esa idea magnífica del eterno retorno, de la levedad y de la gravedad, porque muchas -muchísimas- ideas, acciones y personajes se repiten. Para mí que está un poco bajo el hechizo -muy parcial, claro- de García Márquez. Al igual que el colombiano, Kundera es capaz de algunas definiciones alternativas de nuestra realidad que son para quedarse una hora o una vida meditándolas.

También resulta un experimento, muy acertado, en algunas de las novedades estilísticas que tiene. A uno le resulta increíble estar leyendo una novela-diccionario. Si alguien que lee esta pequeña reseña sobre el libro también ha leído recientemente La insoportable levedad..., por favor que diga que no me estoy volviendo loco si afirmo que ¡hay un capítulo que se narra como si fuera un diccionario!

En fin, es un libro maravilloso. A mí me ha encantado. Agradezco a quien me lo regaló haber oído mis quejas de que no había entendido nada de Los testamentos traicionados y haber hecho que perseverara en la lectura de Kundera. Qué bien. Qué bien.




4 comentarios:

Pedro López Manzano dijo...

Buena reseña.
Empiezas analítico y acabas entusiasmado.

Así debe ser con los buenos libros.

El cuentacuentos dijo...

Es un preciosos libro con el que yo tenía el mismo problema que un amigo al que no conoces: era el libro favorito de personas a las que no aprecio. Y eso me repelía.

Pero mientras que a esas personas sigo despreciándolas, el libro me ha encantado. Ya te lo dejaré cuando me lo devuelva un amigo al que sí conoces.

El cuentacuentos dijo...

Oye, que lo olvidaba. Gracias por lo de "buena reseña".

Pedro López Manzano dijo...

También suele ser problemático leer los libros favoritos de personas a las que aprecias... cuando no te gustan