Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

lunes, 20 de febrero de 2012

La taza de oro, de John Steinbeck

Ahora creo. La Santa Roja es mi nuevo icono, y por qué no, mi nueva musa, o mi nuevo amor, o mi nueva ilusión.

Ayer terminé de leer una novela que me había hecho requiebros desde hacía muchos años. Un día en mi adolescencia leía un juego de rol que se llamaba Piratas!!! (un gran juego de rol, detallado y entretenido, aunque su diseñador gráfico no tuviera mucho tino con los signos de admiración). Y en él siempre se remitía una y otra vez a una novela que se llamaba La taza de oro. A esa altura yo ya tenía una modesta inquietud por los libros, pero no salía de mi asombro en que existieran más clásicos de piratas que no fueran La isla del tesoro o los versos de Espronceda. Y nótese que digo clásicos por una razón: ¿cómo podía un mocoso que todo lo que quería en la vida era ligar con la niña de dos pupitres más allá saber que La taza de oro era un clásico? Muy fácil, hombre. Por el apellido de su autor. Steinbeck. Steinbeck. John Steinbeck. Con ese nombre sólo se puede ser un clásico. ¡Steinbeck! ¡Steinbeck y los clásicos!

(Imagen tomada de la web Biografías cortas)


Pues como se me acabaron los compromisos y esos piratas nunca se me habían marchado del todo de la cabeza, un mes de noviembre de un año -¿hace cuatro, seis?- lo compré en una feria del libro, de segunda mano posiblemente (al menos debería tener la dignidad de la segunda mano, dado su estado de manoseo) y hace una semana decidí leerlo.

Qué maravilla.

Qué bien me lo he pasado con este clásico. Ahora sí que puedo decir que esta novela sea un clásico, y repetirlo cincuenta veces como antes repetía el nombre de su autor. Qué maravilla.


(Thom Steinbeck habla sobre su padre John Steinbeck, primera parte)


El título de La taza de oro hace referencia a la metáfora por la que tenían a la rica ciudad española de Panamá. Ciudad que Henry Morgan tomó con los bucaneros. Henry Morgan es el protagonista absoluto de esta novela. Henry Morgan y el hambre del espíritu de su juventud. Morgan crece, desarrolla su deseo de navegar y llegar más allá hasta el saco de Panamá. Y entonces regresa a Inglaterra a retirarse. Una taza dorada también es una metáfora de algo aún más preciado.

La novela es una pequeña joya. Los capítulos son muy poéticos, puesto que las palabras son pura metáfora y no le sobra ni le falta una coma. El texto yo lo he leído en la edición que publicó el diario El País y debo decir que la traducción -que ahora no recuerdo de quién es- me ha parecido bastante buena (sin el original inglés, al menos debo decir que es muy fluida y tremendamente rítmica).

La novela se divide en libros y en capítulos. Los libros marcan etapas en la vida de Henry Morgan y los capítulos son divisiones más breves, de unas poquitas páginas. El reclamo de los capítulos breves, como todo trato con un pirata, resulta un regalo envenenado, porque nunca puedes leer solo un capítulo. He leído esta novela comiendo, cenando, mientras mis alumnos escribían sus exámenes, mientras mi perra jugaba en el parque, etc. No podía parar. ¿Puede crear hambre de leer una novela de poca intriga? Bueno, si la Santa Roja quiere intriga, intriga va a tener: a una mujer que monta a caballo a horcajadas no se le puede llevar la contraria.


(Thom Steinbeck habla sobre su padre John Steinbeck, segunda parte)


La Santa Roja es un Santo Grial vivo, una mujer de leyenda con el que los bucaneros sueñan y por el que viven y mueren, por el que merecería la pena arrasar la ciudad de Panamá. Es una búsqueda medieval maravillosa. Los capítulos en los que se menciona a este personaje, un poco como la Rebeca de Hitchcock, son de los más intensos que he leído en años. Aunque los capítulos de la infancia de Henry no se quedan cortos. Podía estar en las highlands (aunque no sea Escocia, yo me lo imaginaba allí: ¡es mi lectura!) leyendo a Steinbeck.

Henry Morgan también es un personaje muy bien dibujado. Sus sueños e ideas, sus palabras que dicen de él incluso más que las descripciones con que lo pinta el narrador, su falta de moral, etc. Podría ser una metáfora de cualquier otro gran siervo del poder del siglo XX, aunque a decir verdad no me apetece entrar en el juego del quién es quién, lo que en estudios literarios se llama roman à clef. Elizabeth como el horizonte y los padres como Ítaca también son realmente interesantes, aunque descritos mucho más ligeramente. La madre es una joya, y eso que no habrá más de quince páginas en las que aparezca en toda la novela.

Una pregunta me ronda por la cabeza: ¿es esta novela la historia de una vida o la vida de una historia? Juega al engaño, es documental, pero ficticia, tiene algunos fragmentos que se escapan de la numeración en capítulos del relato de Henry. Tiene la duración de una vida y podría ser una amarga novela de formación. (Las novelas de formación a mí normalmente me dejan un poso desagradable en lo bajo del estómago y de la consciencia). Y sin embargo también tiene un importantísimo hilo conductor en una sola intriga, la intriga de Elizabeth-Ysobel.

La prosa de esta novela en la que hay biografía, hay intimismo, hay psicología ya dije que merecía mucho la pena. Es concisa pero nunca deja al lector solo. Deposita rápidamente de un lugar a otro, pero nunca te deja caer. Nunca te desorientas en esta novela de marineros.

Y además tiene un atractivo adicional: entre los capítulos de ficción hay unas poquitas páginas documentales, al comienzo de cada libro, en las que se cuenta la historia de las Antillas.


Nada más, ni nada menos. Es una joya. Y con la joya en la mano, ahora creo. Creo en la Santa Roja.



3 comentarios:

Pedro López Manzano dijo...

Me obligas a leerlo.

Supongo que ya te daré las gracias.

El cuentacuentos dijo...

Esta semana te lo dejo. Hazle hueco.

SirPercival dijo...

Al fin un libro que habla sobre ser un hombre. Estoy harto de las estupideces.