Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

martes, 3 de julio de 2012

Los enamoramientos, de Javier Marías

Hace algo más de un año decidí dejar de poner títulos dobles a las entradas. La verdad es que, aunque de un gusto un tanto anticuado, confieso que me gustaba hacer como las novelas de los siglos dieciocho y dieciniueve, que eran del tipo X o Y. Por ejemplo, Frankenstein o el moderno Prometeo. Me habría gustado retitular esta entrada como Los enamoramientos o hablar para pensar.


(Imagen de Alfaguara.com)



Sócrates paseaba con sus casi contertulios (al fin y al cabo, él era el maestro, maestro preguntador pero maestro al fin y al cabo), y Montaigne se inventa un género -el ensayo- en el que, para llegar al destino marcado, el tema sobre el que se propone descubrir algo, no hay que dirigirse en línea recta y decisión sino divagar, dar vueltas, circundar, volver..., para entonces darse cuenta de que el tema mismo, fuera el que fuera, acaba siendo el propio paseo mental. Los enamoramientos, la novela que acabo de leer, es así.

¿Ensayística? Bueno... Cuando se dice de una novela que es ensayística caben dos posibilidades, siendo la primera que toda la obra de ficción no sea más que un triste argumento que da un leve peso a una tesis previa y fuerte. Es lo que se llama una novela de ideas, o de tesis. Cabe una segunda posibilidad, que es la de que en el texto nos encontremos con pequeñas digresiones, como pueden ser reflexiones del narrador al hilo de ciertos asuntos o temas que se deriven de manera más o menos directa de la acción de los protagonistas.

La novela de Javier Marías, sin embargo, es completamente ensayística por otros motivos. Su ficción, sus invenciones y aventuras, sus personajes tienen peso y valor en sí, con lo cual ese primer tipo de novela-ensayo que solo sirve para dar por válido un apriorismo se descarta. Y en realidad, de esa segunda especie de novela ensayística tampoco podemos hablar por la razón de que no hay algunas páginas dedicadas a algunos temas, más o menos desgajadas de la acción principal de los protagonistas de ficción... ¡Toda la obra es elucubración y pensamiento! En Los enamoramientos, los duelos no son a espada, ni a pistola; a veces ni siquiera de palabra, sino duelos mentales. Es una novela muy chejoviana, muy de acción interior. (Por ahí, en el blog, hay algo escrito sobre Chejov.)

Como acabo de decir, los acontecimientos que se esperan en toda novela, en Los enamoramientos no son muy cuantiosos, pero sí muy jugosos. En términos claros: pasan pocas cosas, pero las que suceden son muy ricas en interpretación. De hecho, esta es una novela que trata sobre interpretar, sobre leer. Su protagonista, María Dolz, es una maravillosa analista-intérprete de la vida. De hecho, trabaja como -creo recordar- traductora en una editorial, de donde ya su oficio justifica esa capacidad de inmersión. María proporciona sentido -un sentido personal- a todo aquello que vive y también a todo aquello a lo que asiste como espectadora, que en su caso es un poco decir lo mismo. 

Y puesto que la novela trata sobre leer, Marías ha hecho del mundo de la lectura y de la escrituras otro espacio subsidiario al de las meditaciones de María (¿no hay un pequeño seudobiografismo en esto, habiendo sido Marías también traductor y siendo en la actualidad escritor?). En esta novela hay editores lavayos, escritores miserables y asociales, universitarios, jóvenes blogueros que crean su oportunidad por la adulación y la aquiescencia sin sentido crítico, etc. Uno de los personajes secundarios resulta realmente sorprendente para los que, como yo, hemos estudiado filologías y estudios humanísticos.





 Pero no quiero perderme de la idea que originó esta pequeña reseña sobre esta enorme novela. (Enorme de calidad, no estoy hablando de la trilogía Tu rostro mañana, que sí es quizá también enorme de calidad -habrá que leerla- pero seguro de tamaño). Esta es una novela en la que el pensamiento se efectúa en la palabra. Los personajes mantienen largos diálogos, que se extienden por varios capítulos -si bien los capítulos no suelen exceder las diez-quince páginas- con larguísimas intervenciones, de varias páginas por turno de palabra que a veces copan un capítulo entero, intervenciones en las que se intercalan largas ideas de la narradora entre las palabras del resto de los personajes, incluso entre las de ella misma. Su extensión llama la atención, y yo no quiero hacer excesivo hincapié en ella porque sé que hoy en día, que queremos acumular lecturas, visionados de películas o escuchas de discos, esto resulta gravoso. Gente cercana a mí, con mi misma formación, apenas es capaz de dejar el Lazarillo en pie de todo el Siglo de oro; la que no por larga, por anticuada o por retórica. Pues anda a tomar por culo: como dicen en las series: "devuelva placa y pistola". Sin embargo, es en este fluir de la conciencia -monólogo interior gramatical, no caótico- por las palabras donde los pensamientos se hilvanan, se basan, se matizan, se fundamentan. El año pasado leí casi toda la obra de Robert Walser, y mi idea sobre él era parecida -si bien la mente de Walser era más huidiza- a la que me suguiere este Los enamoramientos.Afirmo además que no es una novela de tesis, como apuntaba por ahí arriba, por la razón de que los pensamientos hacen errar, resbalar, cambiar, desdecirse, avergonzarse, profundizar. Los personajes de esta novela son en su mayoría su pensamiento y uno o dos rasgos (la maravillosa prudencia de Dolz, la tristeza y los labios de Díaz-Varela, la bella serenidad de Deverne y Luisa) de carácter o físicos. Si son físicos, en algunos casos es por su valor simbólico -los labios del seductor-. En general, para poder disfrutar de la novela, uno debe poder disfrutar de dos factores: el primero es el discurrir acuático de las ideas converidas en palabras, que a veces se remansan mostrando muchos matices de un mismo asunto, a veces corren llevando de un lugar a otro y de unas conclusiones a otras alegrando al lector con pocas pero generosas sorpresas narrativas, a veces se bifurcan necesitando de la cooperación de quien lee y de la capacidad de formarse esquemas mentales o bien de pasar de reflexiones importantes a pequeñas ocurrencias pasajeras -también jugosas y agudas- y por fin, otras ideas regresan: a la misma idea se vuelve numerosas veces desde diferentes ópticas. Algo parecido al Canzoniere de Petrarca y a sus 365 poemas dedicados, a lo largo de más de veinte años de vida, al mismo fracaso amoroso.


(Presentación de Los enamoramientos en el Círculo de Bellas Artes. Subido por Aviondepapeltv)



No hay en la novela regreso más importante que el que se efectúa a la imagen del principio, que no estropearé en esta entrada de blog, salvo tal vez los que se hacen a unos pocos textos franceses e ingleses: la múltiples cazas, capturas y ejecuciones de Milady de Winter (Anne de Breuil) en Los tres mosqueteros, las citas de Macbeth con sus difíciles traducciones ("He should have died hereafter", por ejemplo) y por supuesto la novela corta El coronel Chabert, de Balzac. No puedo decir ni media palabra sobre el argumento de este librito porque estropearía la lectura de la novela que estoy reseñando, y dado lo muchísimo que me ha gustado, no le deseo en absoluto a sus lectores que pasen por eso, pero sí puedo hacer un guiño al libro diciendo que en cierto momento de la novela Díaz-Varela juzga menor el desarrollo de un relato frente a su planteamiento y que, en cambio, María Dolz rompe una lanza por los finales de las intrigas; y también quiero agradecer a la editorial Alfaguara que, al menos en la edición que yo compré -o que, más bien debería decir, me regalaron- se incluyera en edición no comercial la novelita francesa junto a la de Marías. Creo que es un acierto tremendo que los aficionados a la literatura comparada y sus estudiosos agradecerán, y también un gesto de la comunicación de culturas, incluso si estas ya son cercanas.

Suelo dejar para el final el estilo de la novela. El estilo de esta novela es la novela misma. Es la idea misma de la novela. Modular ideas también sirve para cincelar sus acabados. El uso del castellano es fantástico; en ocasiones parece un poco áulico, pero es que en esta novela la misma lengua es objeto de revisión y de interpretación. Qué demonios, esta novela es una poética de si misma. Es una maravilla. Me ha gustado un montón. Pierdo las palabras, qué le voy a hacer.

 No sé si hay muchas más novelas de este tipo en el panorama narrativo español contemporáneo: no soy especialista en ello, soy solo un lector al que le gusta compartir sus impresiones o que, de manera similar -salvando las distancias gigantes- a los personajes de Marías sólo logra la compleción, el acabado de sus ideas en la enunciación de las mismas. Por eso pensé en que esta entrada, anónimo homenaje a esta novelaza, pudiera retitularse de ese modo, hablar para pensar.



4 comentarios:

Pedro López Manzano dijo...

Caray, ha sido una lectura realmente estimulante para ti.
No sé si yo estaría a la altura como lector.

Buena reseña, especialmente el final.

El cuentacuentos dijo...

Ya verás como sí. Este finde te la dejo. ASí que prepárame algo a cambio, jeje.

Pedro López Manzano dijo...

Previsiones cumplidas en su totalidad.
Excelente obra.

El cuentacuentos dijo...

Pues me alegro un montón de que te haya gustado. En cuanto acabe las de Pamuk y Neuman me pongo con la de Roth que me dejaste.

Yo creo que dejar libros es algo tan bueno que merece la pena el riesgo de perderlos. (Bueno, más o menos, jaja)