Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cómo conseguí Los cuadernos de don Rigoberto, de Mario Vargas Llosa

Mi propósito inicial era dar unas palabras sobre el libro que una compañera de trabajo me ha prestado: La fiesta del chivo, sobre la dictadura de Trujillo en la República Dominicana. Pero parece que lo dejaré para un poco más adelante. Es extraño comenzar una entrada así, lo sé, pero bien pensado no va a ser de otra manera. A las alturas que estamos, después de que le hayan concedido el nóbel a este autor que a mí, particularmente, siempre me a ha gustado bastante, no descubriré la rueda hablando sobre los autores que ya todo el mundo conoce. Seguramente, además, en internet ya hay más de mil reseñas sobre este buen libro (con todo y con que a mí me gustó mucho más La guerra del fin del mundo, que me tuvo en vilo con sus anarquistas, sus miserables y sus miles de microhistorias). A Vargas Llosa hay que leerlo y disfrutarlo para luego, si se quiere, criticarlo. No hay nada más insulso que un rival desproporcionadamente pequeño, ni nada más excitante -puede ser el amora mismo- que un enemigo desproporcionadamente mayor que uno.


Una anécdota me salta a la cabeza, eso sí. Cambiaré. Escribiré sobre la anécdota. Estaba acabando la carrera, en torno a 1999 o 2000, ya no recuerdo con exactitud cuándo fue esto. El catedrático de hispanoamericana, Victorino Polo, de quien algunos echarán las pestes que quieran, pero de quien yo aprendí bastante había facilitado que el novelista peruano nos diera una pequeña charla sobre el tema de los premios literarios. Los cuadernos de don Rigoberto estaba publicada desde hacía unos pocos meses. Yo aspiraba a escritor y lo que nos dijo y los ánimos que nos dio me hicieron pergeñar nuevamente la posibilidad de escribir de verdad. Luego supe que no tenía talento; pero ese no es el caso. Volví a casa, cené, compartí impresiones con mis padres, también lectores ocasionales de Vargas Llosa y lo dejamos.

Al día siguiente era sábado. Desperté tarde, quizá aún ebrio. Mi padre no me saludó con las acostumbradas piezas de bollería recién hechas sino con un libro envuelto en el preceptivo papel de Diego Marín. Me aborda entre divertido y excitado con la siguiente anécdota. "Camino de la pastelería, como siempre, paso por delante de la puerta de Diego Marín y miro para saludar. Allí dentro veo a alguien que me resulta familiar y entro. Era Vargas Llosa. Según me acerco, lo veo que está, el mariconazo (sic), poniendo el primer libro de su pila en vertical, que se vea. Me hizo gracia... Me acerco y le digo: "Don Mario, mi hijo es admirador suyo, ¿cuál es el último libro que ha escrito usted? ¿Me lo podría firmar para que yo se lo regale?""






Y así fue como conseguí mi copia de Los cuadernos de don Rigoberto. Hablaría también de por qué tuve -ya no- dos copias de El sueño del celta, pero eso puede ser en otro momento. Ahora debo seguir trabajando. Ya he robado algunos minutos al deber.


PS. Para quien no lo sepa, Diego Marín es la gran librería de Murcia, mi ciudad.

PPS. Edito: el año era 1998, no 2000



2 comentarios:

Pedro López Manzano dijo...

En verdad te digo que me has arrancado una sonrisa grata.

El cuentacuentos dijo...

Je, je... Me alegro, hombre. Da igual que vendan 50 ejemplares que 50 millones. A todos los gusta que se vea su hijo(/a) por delante de los demás.