Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

martes, 3 de febrero de 2015

Metamorfo

Metamorfo

 A Juan de Pablos


La noche era fría, y la faringitis era insistente. La velada iba a ser rala, y los diálogos previsibles. Las bebidas eran excitantes, y la compañía rutinaria.

El locutor dijo que la canción era suntuosa.

La noche se hizo suntuosa, y el viaje de vuelta suntuoso. La ciudad solitaria se hizo suntuosa, y la noche suntuosa. Y la vida también, cuatro o cinco minutos, se hizo suntuosa.



miércoles, 3 de diciembre de 2014

A la rutina indiscernible

Un poemario siempre a medias


5. A la rutina indiscernible

Siempre odiada, siempre culpada,
origen de todos los males del hombre moderno,
alienante perversora de las conciencias,
dando cuna a las ansiedades y a la fuga de la felicidad,
y también bálsamo de los terrores al mañana
de los hombres que no saben lo que quieren, ahí tú, la rutina.

Siempre odiada, siempre culpada,
origen de todos los males del hombre moderno,
alienante perversora de las conciencias,
dando cuna a las ansiedades y a la fuga de la felicidad,
y también bálsamo de los terrores al mañana
de los hombres que no saben lo que quieren, ahí tú, la rutina.

Siempre odiada, siempre culpada,
origen de todos los males del hombre moderno,
alienante perversora de las conciencias,
dando cuna a las ansiedades y a la fu




viernes, 11 de julio de 2014

La noche feroz, de Ricardo Menéndez Salmón

A mitad de la lectura de Moby Dick, para descansar de los capítulos documentales sobre los balleneros de Nantucket, empecé una novela de Menéndez Salmón que se llama La noche feroz.

Ricardo Menéndez Salmón es un autor que me resulta especialmente grato. Si no equivoco las cuentas este es el quinto libro que leo de él, después de la trilogía del mal (La ofensa, Derrumbe, El corrector) y de La luz es más antigua que el amor, novela que descubrió a este autor para mí y que llegó de manos de mi amigo Juan Antonio López Ribera, que me ha descubierto tantos y tan buenos escritores españoles contemporáneos. Con la cantidad de libros pertenecientes a distintos autores que a a los lectores ansiosos y picaflores, como yo, nos gusta leer, este es un dato que hay que tener en cuenta, no por nuestra (mi) calidad como dichos lectores, puesto que la expreiencia de cada uno, solo a cada uno vale, sino por el hecho, extraño en sí, objetivamente hablando.

La novela trata sobre una búsqueda de presuntos culpables de un crimen hacia una niña, centrado en la perspectiva de un maestro (aunque no sólo seamos testigos de esta, sino que llegaremos a las visiones del mundo de otros personajes también. Se desarrolla en Asturias, en la España de la guerra civil y tiene algunos otros personajes también muy interesantes (el maestro, los fugitivos, el padre Aguirre,...), más por lo que son que por lo que hacen en el relato, o en todo caso, caracterizados por unas pocas -poquísimas- acciones puntuales, o incluso singulares líneas de diálogo.

Las novelas de Menéndez Salmón que he leído suelen ser breves, y sus capítulos son efímeros fogonazos, imágenes congeladas de momentos puntuales de la historia. Si el autor llega a leer -que no creo- esta mini-reseña, espero que no se enfade si a sus criaturas literarias las comparo con un juego de niños de “une los puntos”. Con la peculiaridad de que sus puntos son destellos puros, fogonazos, soles, estrellas... Y por tanto, cuando unes la línea, tienes tanto blanco en los ojos que caminas ciego hacia el siguiente punto. Cada capítulo de La noche feroz ciega con metáforas aterradoras, aterradoras porque son un espejo que no acaramela la realidad. No es una prosa costumbrista ni un naturalismo farragoso, sino que es una escritura donde un solo detalle, por ejemplo, en las descripciones, crea todo un ambiente. (Lo físico, de cualquier modo, suele ser apoyo de lo metafísico o al menos de lo reflexivo). Su adjetivación es sorprendente. Es una prosa realmente cuidada. Quién sabe si los originales de estas novelas no son de trescientas páginas antes de pasarles el tamiz que las convierte en algo tan concentrado.

Muy lejano de la cosmovisión cómica, para mí Menéndez Salmón es un trágico, un creyente en el fatum más triste de todos, que es la oscuridad del ser humano.

Muy interesante. Muy buena novela.

lunes, 30 de junio de 2014

Lecturas 2013-14

Como no quería dejar pasar el año sin hacer una breve reseña de los libros que he leído -más que nada por ejercitar un poco la memoria y traerme al presente los buenos momentos que me dieron- he decidido reunirlas todas en una misma entrada en lugar de subir quince entradas de golpe, cosa que no tiene mucho sentido en un blog. Estas reseñitas no tienen un gran trabajo de estilo: por si no gusta mucho su expresión, pido disculpas de antemano.

(1. Tu rostro mañana, de Javier Marías)
Una de las lecturas más interesantes que hice a principios de este año fue la seudotrilogía Tu rostro mañana. Y digo seudotrilogía porque realmente no lo es. Es una sola -muy extensa- novela, publicada en tres fragmentos por equivocadas razones editoriales. De ahí que si alguien empezó con la primera parte y esperó una pequeña conclusión según se iba acercando el final de sus páginas (bueno, en mi caso porcentaje de lectura del ebook), se llevó un chasco. Y si alguien se compró la segunda parte sin la primera, se le debió quedar cara de tonto al no entender nada debido a que las claves de lo leído ya estaban escritas en otro lugar.

Tu rostro mañana es una maravillosa novela escrita con el característico tempo ultralento de Marías, donde el argumento es realmente lo de menos y lo de más, la serie de reflexiones e ideas que van surgiendo al hilo de ese mínimo argumento (un exprofesor universitario que al separarse de su mujer se marcha a Inglaterra y allí es reclutado por un servicio secreto). Dichas ideas pueden expresarse como monólogos mentales o como diálogos entre personajes, aunque cada intervención de cada personaje pueda durar varias páginas.

La novela entera es un cántico a la hermenéutica, a la interpretación, a la mirada que puede errar o a la que no se le permite ser errada, una elegía por una verdad que ya no existe más que como algo bronco e impuesto. Es un tema, barroco, que me gusta mucho. Otros temas que a mí también me han gustado han sido los juegos de la traducción -que es todo un ámbito de la interpretación, claro está, la atribución de sentido-. Las frases más contundentes, propias y de otros, se retoman y se varían y se miran desde todos los ángulos. Al final volver a leer una frase aparecida trescientas páginas atrás acaba siendo tan emocionante como si uno se volviera a encontrar con Edmundo Dantés.



(2. Eclipse, Imposturas, Antigua luz, de John Banville)
La trilogía de John Banville me llegó de rebote. Me regalaron Los infinitos, de John Banville, y al menos cuatro personas la disfrutamos. (Me gusta tanto dejar libros -para luego poder hablar sobre ellos- que lo sigo haciendo aunque algunos ya no hayan regresado). Regalé a mi madre un libro llamado Antigua luz. La portada y el título, y sobre todo el autor, ya valían la pena, incluso sin saber nada más de él. Y con el tiempo lo pedí prestado. Y resultó ser la tercera parte de una trilogía. Me ha pasado en más casos de lo normal, pero es lo que sucede cuando te niegas a leer contraportadas o sinopsis. Encontrar los otros dos libros me resultó bastante complicado, sobre todo Eclipse: un libro que tiene unos diez años y era imposible comprarlo en ninguna parte. Al final, por préstamo interbibliotecario lo conseguí reenviado de Guadalajara a la Biblioteca Nacional de Madrid.

Eclipse es extraño, no augura nada bueno. Es un libro que causa inquietud, aunque no sabes exactamente por qué. Hay una Rebeca de Hitchcock (para los que no lo sepan, Rebeca es un personaje de la película Rebeca del que se habla constantemente y creo recordar que no aparece en la película) que es la hija del protagonista, que tiene un problema mental que desestabiliza mucho al lector. Y a la luz rota de una casa familiar semiabandonada, el protagonista, un gran actor de teatro recién retirado con un ego del tamaño del universo, a punto de separarse de su mujer... (No sigo). El argumento es bueno, la novela engancha aunque no tiene intriga. No es la falta de conocimiento de los hechos lo que motiva a seguir leyendo, sino las dudas sobre los tumbos que darán los personajes lo que hace seguirlos en esa casa materna semiabandonada.

Imposturas es una novela par en una trilogía, y lo demuestra. El protagonista ahora es el hombre que ha acompañado -o inconscientemente motivado- la huida de la hija de Alexander Cleave, el actor. Es genial, realmente enorme, la elección del personaje: un teórico literario de los años setenta sobre la teoría de la deconstrucción (no se menciona explícitamente pero parece que podría ser), tipo Derrida, Kristeva, etc. Quién mejor que alguien así para protagonizar la novela. Pero es que su propia vida es el robo de la vida de un amigo muerto en la guerra. Trata sobre la falsedad, el engaño, la imposibilidad de conocer la verdad porque la verdad no existe, es todo construcción.
Es una novela emocionante y muy dolorosa. Se pasa mal, cuidado.

Antigua Luz es el regreso a Alex Cleave, concretamente a su infancia, a su enamoramiento y sus semanas de amor con la madre de su mejor amigo. ¿Qué pinta un escarceo tipo El Graduado en todo esto? Pues que no estoy hablando de qué hay detrás de toda esta serie de novelas... Si lo hiciera entonces le veríais sentido, y mucho.

Fueron tres lecturas inolvidables.

(4. Ángeles del infierno y Bélver Yin, de Jesús Ferrero)
Ángeles del infierno fue un libro que saqué de la biblioteca junto con Imposturas. Devolví uno de Rodrigo Fresán sin leer por leer este y lo lamento. No me dijo nada: estaba lleno de tópicos y de estilizaciones vacías -para mí vacías- que no entablaron diálogo conmigo y con mi visión del mundo en ningún momento. Me hacía ilusión leer algo del autor de Bélver Yin y por eso lo cogí. Meses después -y una feria del libro después- cogí el libro por el que debía haber empezado y me dijo lo mismo: nada. Pero al menos me gustó más su escritura, más vacía, más humeante, más sugerida. Hay un exceso de sugerencia y una carencia de realidad en esta novela, pero es que hay que entender que Bélver Yin se publica en 1981. La sociedad ha cambiado, y hoy como novela ese exotismo sin nada más es un valor a la baja.






(5. El villorrio, de William Faulkner)
Una novela difícil. Vaya que si lo es. El señor Faulkner es un poeta metido a -gran- novelista. Sus frases son preciosas. A todo el mundo le he comentado mi epifanía lectora del capítulo central de la novela, que se trata de un viaje épico, gigantesco, de un deficiente mental para poder beneficiarse a gusto a la vaca de su vecino. (Para los morbosos: esto sólo se sabe por un comentario que le hace un personaje a otro como cuarenta páginas después; y que nadie me venga con lo de excusatio non petita...) Es una novela llena de personajes hieráticos maravillosamente planos que no se pueden olvidar, como Eula, los Snopes, el maestro, Jody, … La disfruté y bien.





(6. En legítima defensa, poetas en tiempos de crisis, de VVAA)
En legítima defensa es una antología publicada por Bartleby y subtitulada “poetas en tiempos de crisis”. Junto con un poemario de un escritor mexicano que ahora no recuerdo, los compré un día que tenía hambre de poesía, que marché sin ideas preconcebidas a Diego Marín y estuve charlando con A. Paniagua sobre las traducciones de unas décimas (¿o eran sextinas?) en el fondo de Expo libro. Es un gran compendio de poetas, más jóvenes, más veteranos, cada uno de los cuales contribuye con un poema. Los hay con un estilo llano, casi prosaico o directamente prosaico y los hay simbólicos o herméticos. Con la lectura de este libro y con la de la revista La galla ciencia he ido perfilando cuál es el tipo de poesía que más placer me proporciona, y es aquella que no es prosaica pero que no expresa sentimientos ni ideas complejos. Me gusta que la idea sea rotunda y que la palabra sea susurro.





(7. El arrabal de Cannery y Dulce jueves, de John Steinbeck)
Frente a El villorrio de Faulkner, surgió la lectura de John Steinbeck y sus dos novelas: El arrabal de Cannery y Dulce jueves. (Conste que de nuevo empecé por el segundo libro). Son novelas amables, cervantinas, parece estar uno junto a Rinconete y Cortadillo escuchando historias de historias. Con no ser lo mejor de Steinbeck, se leen con gran placer porque sus personajes son interesantes, pero sus espacios lo son aún más, o al menos están a la misma altura. Es imposible no imaginárselas como cine norteamericano, parece uno estar viendo, qué se yo, al John Wayne de las comedias. La genialidad del escritor hace que, de cuando en cuando, hablando de Mack el cuchillos (Bertolt Brecht), se descuelgue comentando a François Villon, por poner un ejemplo. Otras dos que recomiendo a cualquiera que necesite una sonrisa.








(8. De vuelta del mar, de Robert Louis Stevenson)
Los poemas de R. L. Stevenson, en selección y traducción de Javier Marías, me decepcionaron un poco, la verdad. Tiene algunos buenos versos, muy buenos, pero no termina de cerrar poemas. Veo que siempre, a mi gusto, les sobran versos, o retórica, o alguna imagen demasiado formal. Esperaba más, o esperaba otra cosa. Pero no ha sido una mala lectura, en absoluto. La traducción sin embargo, en edición bilingüe confrontada, da gusto, es enorme.







(9. El jardín de cemento, de Ian McEwan)
El jardín de cemento es una de las primeras novelas de Ian McEwan, un escritor al que yo conocía por Sábado. A un amigo le regalé Chesil Beach y a otro Solar; un día volverán a mí para que pueda leerlas (¿soy el único que regala libros sin haberlos leído?). El señor McEwan es un agudo traficante de ideas. No es tan brillante con las palabras como otros escritores cercanos a él en edad y formación (Banville, por ejemplo; Martin Amis es aún deuda literaria) pero sí lo suficiente como para dejarnos anonadados. Esta, que es una de sus primeras novelas, es realmente sórdida, a pesar de lo cual se lee sin parar hasta el final. A veces te das cuenta de que te estás deleitando poco en bellos pasajes, ¡pero es que quieres más! En El jardín de cemento, el espíritu adolescente e infantil es el tema que absorbe al escritor para darnos sus cuatro personajes (la novela no llega a tener veinte, y acaso diez importantes, y lo mismo habría dado para una obra de teatro del tipo La señorita Julia, posiblemente el nombre de ella sea un homenaje al texto de Strindberg) con todas sus miserias y sus bellezas. Ando buscando la película que filmaron porque Charlotte Gainsbourgh como Julie es un auténtico éxito de casting.





(10. Hablar solos, de Andrés Neuman)
Neuman es uno de mis escritores favoritos. Me gusta mucho cómo narra, cómo se identifica menos con los personajes de sus novelas que con las personas que han pensado, hecho o sentido lo que sienten, hacen o piensan los personajes de sus novelas -quizá lectores, quizá él mismo, quizá terceros-. La suya es una inteligencia empática. Por eso cuando uno lee Hablar solos, novela donde tres monólogos se entrecruzan (de una madre, un padre y un hijo, en mitad de unas circunstancias dolorosas), no se puede casar con ninguno de ellos aunque estos mantengan diferencias profundas. Es una novela preciosa, posiblemente la que más se me haya clavado, porque contra lo que algunos piensan, los que estudiamos y enseñamos profesionalmente la literatura no nos mantenemos siempre en la torre vigía, distanciados, interesados por el libro sólo como texto y como objeto o como algo formal, sino que muchas veces también ponemos nuestro mundo y reímos y lloramos con los seres que desfilan y bailan por delante de nuestros ojos.



(11. Secretos a voces, de Alice Munro)
La premio Nobel Alice Munro me dejó frío. Sí: es una escritora de interiores; sí: es chejoviana y cervantina; sí, domina la técnica narrativa. Pero su libertad escritora rompe tanto con las convenciones que al final no puedes quitarte la protección de dejar pasar el tiempo y a ver qué sucede en el libro. Te expulsa, te impide que entres al diálogo con ella, es “demasiado libre”. Secretos a voces tiene páginas muy buenas en medio de un laberinto de narraciones del que no sabes salir y que por tanto no te deja admirar desde un poco ed perspectiva. O eso me sucedió a mí. Será que estoy viejo.



(12. Solaris, de Stanislav Lem)
Leí Solaris, el libro que no existe, para pagar una deuda con un cliente de El corte inglés al que dije, mientras me hacía fastidiosamente buscar su libro en la base de datos y mientras mis compañeros se llevaban todas las jugosas comisiones de ventas de esas navidades en que triunfaba El señor de los anillos por la película de Peter Jackson, que ese autor no existía.
- ¿No existe? ¿Cómo que no?
-Pues no. Le habrán dado mal el nombre. Lo siento. Adiós.
El karma cósmico tiende a aplanarse, y por eso, una vez en un instituto de Extremadura, cuando pedí que mis alumnos trajeran a clase como libro de lectura obligatoria La isla del tesoro, en lugar de hacer el pedido a la editorial, el librero les contestó lo mismo que yo dije un día sobre el libro de Lem.
¿Y de qué trata? Pues de un océano-planeta que es un colosal ser vivo y que es mucho más inteligente que un ser humano. Con el problema de la incomunicación y las elucubraciones. Algunas páginas son muy farragosas, pero en general no es una mala novela, y llega a tener en vilo al lector. Algunos personajes son -en el mal sentido de la palabra- algo dostoievskianos, y los monólogos interiores son bastante cuestionables, pero no es una mala lectura, para nada.






(13. Onithsa, de J. M. G. Le Clezio)
Onitsha, de J. M. G. Le clezio, no me gustó. Me aburrí bastante leyéndola. No sabía qué leía, si una novela poscolonialista, o una novela de aventras, o de iniciación, o new age o qué carajo era eso. Las páginas del niño y de su madre Mahu, muy bien. Las de la búsqueda del grial (el lugar donde aposentar a su pueblo) de la reina nubia fueron mediocres. Muchos personajes quedan a medio dibujar. No me gustó mucho, y no tengo clara la actitud de este autor con respecto al problema del postcolonialismo, cada vez más creo que es pintoresquista, que no tiene una aproximación sincera al fenómeno africano.



(14. La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina)
Esta novela del escritor Antonio Muñoz Molina fue un fenómeno de lectura importante. Al adquirirla, resultó que me llevé a casa una cosa inmanejable, con letra pequeña y muchas páginas. Fue uno de los motivos para comprar un ebook. Además, y este es el segundo fenómeno que ahora comentaré, se dio hasta niveles muy elevados, el fenómeno del robo literario. Un libro te roba tu atención que estaba depositada en otro libro, y así dejas un libro a medias para coger otro. Lo hago mucho. Con La noche de los tiempos me pasó hasta páginas avanzadas, al menos la mitad del libro. Es decir, que a mitad de lectura empecé otras lecturas a mitad de las cuales empecé otras lecturas. Es criminal.

El caso es que el libro está muy bien escrito, con la habitual técnica narrativa de Muñoz Molina, que es amplia, y seudo-novela la vida de Pedro Salinas y su historia de amor con “la americana”. Pone cara a muchos personajes que son (solo) leyendas de los libros de historia e historia literaria y sirve para ajustar cuentas a otros como Alberti que no salen muy bien parados. Y sirve para mostrar claramente el republicanismo democrático de Muñoz Molina. Bien, muy bien, muy recomendable.



(15. El catolicismo explicado a las ovejas, de Juan Eslava Galán)
Se trata de un ensayo humorístico contra las religiones en general y contra el catolicismo en particular. No está nada mal, y lo mismo sirve para despertar una sonrisa que una reflexión, pero en ocasiones se vuelve pesado de tan prolijo y porque en otras repite las mimas ideas y así pierden frescura cómica.






(16. Todos los hermosos caballos y En la frontera, de Cormac McCarthy)
La trilogía de la frontera, de Cormac McCarthy está a mitad. He leído el primer libro, simplemente maravilloso, y estoy a mitad del segundo. Lo he dejado a medias, sinceramente me costaba bastante leerlo: con un léxico abrumador y no estando en la mejor de las situaciones me fui a lecturas más satisfactorias e inmediatas.

(17.Poesía. Ártico, de Juan de Dios García)
Y allí estaba la poesía. Si algo ha tenido de especial este año de lecturas ha sido la conquista de la poesía. Anteriormente respetaba ese archigénero, ese tercio de la división tripartita que, en palabras de mis alumnos, contiene “obras que no acaban los renglones”. Aparte de su primera impresión (yo les intentaba seguir el razonamiento para que le encontraran sentido al hecho poético, y al final alguno pudo comprender el concepto de ritmo, no voy a quitarme medallas innecesarias), yo compartía con ellos un cierto respeto y un cierto miedo. Había leído bastantes poemarios pero la experiencia al final acababa siendo un tour de force en el que algunos largos ratos se justificaban solo por pequeños momentos. Y sin embargo, llegaron Juan de Dios García, José Oscar López, La Galla Ciencia, Poetas en tiempos de crisis -la antología de Bartleby) y En resumidas cuentas, de José Emilio Pacheco. Y con ellos llegó mi lápiz.

A día de hoy creo que leer poesía -para mí- es otra cosa si se hace con un lápiz. Esto es, tomando notas, escribiendo impresiones, recuerdos, glosando, acabando, criticando, elogiando. Es otra cosa absolutamente diferente. No se puede ser un lector pasivo de poesía. Es mi opinión de lector novato de versos. Que a mis treinta y siete años ya me vale.

Los poemas de Ártico, de Juan de Dios García, fueron escuchados en el museo Ramón Gaya de la boca de su escritor, y después de nuevo ante mis alumnos de Literatura universal en el instituto. Estos se quedaron cuando la última hora ya había acabado para hablar con su escritor. Eso es algo que yo no he visto en años. Pero es que Juan de Dios se expresa fenomenalmente bien, y con menos palabras, dice más cosas. Su poesía es igual. Glosa con pocas palabras e imágenes (aunque bien escogidas, ni afectadas ni vulgares) sentimientos muy complicados. A ambos, a mis alumnos y a mí, nos encantó oír el poema de la “Academia general del aire” una vez más. Las referencias a Malcolm McLaren a ellos se les quedan en el aire. A mí, no. Mi favoritos son “Traicionado”, “Decadencia” y “Carteles”, pero los disfruto igual casi todos, con esos endecasílabos imposibles y elegantes.





(18. Los monos insomnes, de José Oscar López)

He oído varias veces a José Oscar López, recitar, porque lo conozco y aunque lo frecuente poco lo puedo llamar amigo. Este año nos sorprendió con Los monos insomnes, un libro de cuentos. Durante un tiempo seguí su blog como ejemplo de qué me gustaría escribir si hiciera un maravilloso blog poseyendo varios talentos (filosófico, literario, musical, plástico). Yo milito en las filas de “un blog de andar por casa”, así que mi blog, este blog, no se parece en nada al de José Oscar (aunque ya me gustaría a mí, ya). Y una de las cosas que más me gustaba, junto con los poemas y los dibujos (que son una pasada que debería ir a un libro) eran los microrrelatos, porque sabía captar el momento. De ahí, pasar a relatos de treinta páginas podía ser arriesgado: conservar la tensión y prolongarla no es nada fácil. Pero José Oscar lo consigue. Su primer cuento sobre John Holmes es grandioso como... bueno, si interesa que se busque en el propio cuento, y el segundo, “El universo es un jardín a nuestro paso”, aún mejor. “El armiño telépata” es otro de mis favoritos. No voy a mentir diciendo que me vuelven loco todos y cada uno de los cuentos del libro, pero sí puedo decir que tres o cuatro de ellos son fenomenales, fuera de lo común, y brillan a una altura digna de esos autores que publican para Alfaguara y les hacen tiradas de decenas de miles de libros.








(19. La galla ciencia, VVAA)

Una revista preciosa que se llama La galla ciencia también me ayudó a aprender a disfrutar de verdad la poesía. Las revistas incluyen muchos poemas unidos por vínculos que pueden ser muy evidentes -bio-bibliográficos, temáticos- o más sutiles -estilísticos, retóricos-. Los poemas de La galla ciencia eran una sorpresa: páginas y páginas -88- de autores para mí desconocidos que hablaban mi lengua y la usaban para explicar mi mundo. Fue un descubrimiento. Ahora que estamos de vacaciones buscaré más revistas poéticas y animaré a la publicación del segundo número de La galla (sabéis todos los que leéis esto del juego de palabras del nombre, ¿no?). Y también estuvieron los poemas que antes he comentado, de Stevenson, los de la antología temática de poetas contra la crisis y una larga y hermosa antología de Constantinos Cavafis.







(20. Obras completas, Constantinos Cavafis)
El poeta griego, si se lee por encima, parece un frívolo empedernido, siempre hablando de amores y de cuerpos y de placeres, pero es cierto que en su poesía late un pulso de elegía que no se puede esconder, y que cada uno de los verbos que escribe en tiempos de pretérito es más nostálgico que el anterior. Ítaca lo conoce todo el mundo. El resto de sus poemas, supuesta prosa cargada de reminiscencias helenísticas y a la vez atemporales, está a la altura de la gran reputación de su autor.






(21. Moby Dick, de Herman Melville)
Moby Dick es la novela que estoy leyendo ahora. Mi amigo Juan Antonio propuso un juego-club de lectura al que llamó “el clásico gordo del verano”. Este año, para inaugurar una buena tradición, vamos a hacerlo no con un libro sino con dos, y los que caerán serán Tristram Shandy y Moby Dick. El año que viene leeremos otras literaturas que no sean anglosajonas. Por el momento, lo que más me llama la atención, además de la mirada del narrador testigo, es la idea del viaje como metáfora de la muerte voluntaria. Una atracción suicida por el vacío.






(22. Nada que perder, de Alfredo Félix-Díaz)
Es un extraño libro, extraño para mí, pero es que mi referente real soy yo y por ello me tengo que dar alguna importancia. Cualquiera que lea esto puede opinar de modo distinto. Los poemas de Félix-Díaz o me emocionan o me resultan estúpidos. No me deja término medio. Pero claro, si unos pocos poemas ya valen, el libro ya vale. Así que considero que saltando páginas o deshojando el libro fue una gran experiencia, nacida también de la tarde de hambre poética en que compre la antología de Bartleby. 




(23. Cuentos, de R. M. Rilke)
En una web de descargas encontré los cuentos de Rilke. No conociéndolo mucho (sólo había leído los Sonetos a Orfeo, con una dificultad que llega a la altura de su belleza), me resultó tan interesante el hecho, a lo mejor el viejo mito filológico de leer algo que casi todos desconocen, el Henry Jones que llevamos todos los filólogos dentro, que decidí empezar a leer. No es por el “total, es gratis” que me puse, porque el tiempo nunca es gratis, y cada lectura que se hace o no se hace es una elección sartreana desde el momento en que somos conscientes de que no lo podremos leer todo. Pero me dije que sería interesante y empecé.

Craso error. Los cuentos son predecibles, no están bien acabados, son muy modernistas, en resumidas cuentas, tienen un aspecto y también un fondo absolutamente anticuado, y no permiten el mínimo diálogo con el lector. En resumen, un error. Todos los tenemos. Pero me sirvió para reflexionar sobre las lecturas extraídas de internet. En general no estoy a favor de la piratería si bien yo mismo he copiado archivos de texto, de cine y de música en ocasiones. También estoy en contra del coste abusivo que tienen dichos bienes culturales que impiden su popularización. Las bibliotecas no son la solución salomónica: intenté ver, en su día, la serie Perdidos tomándola en préstamo de la Biblioteca Regional y fueron muchas las semanas que tuve que esperar para conseguir el capítulo siguiente, que luego resultaba estaba estropeado y no se podía ver. Creo que el almacenamiento, el disfrute y la posesión de los bienes culturales son conceptos que tienen que ser redefinidos o al menos todos los agentes implicados en ellos -, creadores, consumidores, productores, intermeciarios- deben sentarse a hablar sin prejuicios.



(24. Loup garou, de R. B. Russell)
Es una novela corta interesante, sorprendente desde el punto de vista formal. La ciencia ficción y los géneros no realistas tienen mucho que decir. Para mí no son subliteratura. Lo es cualquier literatura de mala calidad, poca originalidad y nulo diálogo ideológico con el lector.




(25. Isaac Asimov, Yo robot)
Con Solaris y Loup garou (American gods de Neil Gaiman está recién empezada por recomendación de mi amigo Pedro López (creeloquequieras.blogspot.com.es), y hay que darle aún unas páginas más para poder decir algo de ella) ha sido la tripleta de novelas fantásticas y de ciencia ficción que he leído este año. Es una novela de inventio y sorprendentemente de dispositio, en términos retóricos. En términos cristianos, es una novela donde las ideas son muy originales y que se exprimen hasta sus últimas consecuencias. Pongamos por caso que Isaac Asimov se inventa un par de premisas -existen los robots y están programados con tres máximas ordenadas acerca de su interacción con los seres humanos-. Pues en la novela lo que hace es ordenar una serie de relatos, contados por una vieja científica -robopsicóloga- a un periodista en los que los relatos van jugando con diferentes posibilidades basados en esas tres leyes de los robots. Es un enorme “y si...” construido muy inteligentemente. Por desgracia la lengua no siempre acompaña, pero quizá unas cosas compensen otras.









(26. Trilogía del mal: La ofensa, Derrumbe, El corrector, de Ricardo Menéndez Salmón)
A mí este escritor me apasiona. Creo que aLa ofensa es una novela tan absorbente... y El corrector, de la vida propia a los aviones del 11S... Yo las recomiendo de todas todas. Es tremendo.

A día de hoy, con Neuman, es mi escritor español favorito, no entendiendo que eso sea una liga menor -criterio cuantitativo-, sino que es un escritor que comparte espacio, tiempo y cultura conmigo -criterio cualitativo. Estas tres breves novelas quitan el hipo, cortan la leche y dejan sin palabras. Sus ideas son afiladas y precisas, y van de lo sensorial a lo abstracto con pasaje de ida y vuelta: su autor es filósofo, y eso se nota. Suelen tratar sobre la dignidad humana.



(27. El gaucho insufrible, de Roberto Bolaño)
Me reía con uno de los escritores (vivos) de esta lista con el que tengo la suerte de, de tanto en tanto, cruzarme un par de tweets, preguntándole qué pasaba con Bolaño, qué es lo que le pasaba. Le argumentaba que a mí los gauchos como que me importaban tanto como el polvo se que se posa en el coche de mi vecino, o sea nada. Pero que me había leído dos veces seguidas el primer largo cuento de la colección homónima. A día de hoy sigo sin saber cuál es el misterio Bolaño. No sé qué me gusta en él, pero es abrir su primera página de un libro, el que sea -bueno, sólo he leído dos... Por ahora- y ya me ha raptado. El cuento del ratón policía Pepe el tira es simplemente producto de un genio.



Y por aquí voy a cortar. Es una larga entrada y supongo que habré aburrido a quien haya llegado hasta acá. Mis disculpas, pues. Trataré en lo sucesivo de reactivar este blog con un poquito de material breve, poemas quizá y reseñas algo más cortas de las que redactaba antes.


Gracias por la lectura.

viernes, 14 de febrero de 2014

Disparó el cañón

Disparó el cañón: ¡Pum!
Un ruido limpio y un humo solo ingenuo y negro e infantil y blanco.
Bocas abiertas y pupilas como negros soles,
bajo un radiante sol de invierno,
y todos los cuellos doblados, como el horizonte
de planas todas las cabezas,
paralelas al cielo y a la tierra,
por un momento perpendiculares a los importantes hombres y sus cuerpos.
Mirando todos el instante de inflexión
del suicidio sin red del hombre bala.

Murcia, 14 de febrero de 2014

lunes, 29 de julio de 2013

Intento de escapada, de Miguel Ángel Hernández

Cómo llegó este libro a mis manos es una de esas historias tontas y rocambolescas. Hace un tiempo vi en El Corte Inglés, mientras esperaba a alguien, una pila de libros iguales en la sección de novedades. Esto no es habitual, dado que en esas mesas de libros suele haber una competencia feroz entre las novedades. Eran libros de Anagrama, lo cual para mí es un atractivo añadido puesto que es una editorial cuyo catálogo me gusta bastante. Y el autor era un tal Miguel Ángel Hernández, al cual no conocía, como a tantísimos otros buenos y malos escritores. En algún sitio, la contraportada o el cartelito sobre la pila de libros, leí que era un autor murciano, como yo, como El Corte Inglés y la Gran Vía. Bueno o malo, era algo que podía tener en cuenta.

Volví a ver el libro, me crucé con él en otras librerías de la ciudad y en ese mismo gran almacén mientras el tiempo, como suele decirse, seguía pasando. Y un día, charlando con otros cuatro amigos amantes de las letras, salió el tema. Y uno me dijo que era familiar suyo. Y como yo le había llevado, para que disfrutara con la maquetación, la edición del vigésimo aniversario del juego de rol La llamada de Cthulhu, él tuvo a bien dejarme el libro del que hoy vamos a decir unas cosas. ¡Pero la historia no acaba aquí! Me llevé el libro de mi amigo a un torneo de juegos de cartas (Magic, the gathering, para el que entienda), para relajarme entre manga y manga. No era en absoluto el lugar idóneo para leerlo, y me di cuenta enseguida, entre la primera y la segunda partida. Pero tenerlo allí hizo que, de golpe y porrazo, uno de los participantes (y un torneo de este juego por lo general no reúne a demasiados intelectuales, y digo intelectuales, que no personas inteligentes), conocido mío de la tienda donde ambos jugábamos, me comentara que él conocía el libro y de hecho conocía al autor porque había trabajado codo con codo con él en la universidad. Acto seguido me desveló alguna hipótesis de lectura de la novela que aunque mal estaba empezando y me presentó otros textos del autor, recomendándome que buscara un título del que recuerdo la palabra "infraleve" (adjetivo que hallé en la propia Intento de escapada). Qué cosas. Ya no juego a Magic.






Intento de escapada es una novela que trata del mundo del arte. No es La conquista del aire, reseñada hace unos pocos días en el sentido de que el debate ideológico es más dulce, las ideas son expresadas menos vehementemente que en el libro de Belén Gopegui. Intento... Es una novela en la que el protagonista, recibe el encargo, por parte de su profesora de arte contemporáneo, de acompañar y ayudar a un artista de renombre internacional, lo cual le creará durísimos y difícilmente resolubles problemas personales y también en su idea del arte. Puesto que se trata de una novela construida con intriga, no quiero desvelar nada más de la historia, ni siquiera con un aviso en letras versales o mayúsculas.

Miguel Ángel Hernández, autor murciano. ¿Qué decir de la cacareada relación del autor y su novela con Murcia? Bien, todos, murcianos y no murcianos pero en general habitantes de provincias que no albergan grandes metrópolis conocemos nuestros handicaps. El acceso a la información-formación es uno de ellos, de ahí que siempre parezcamos, con respecto a los capitalinos, atrasados en las tendencias, en las modas. Poco actualizados. Otra de las desventajas que tiene vivir en la provincia de la capital es la de la falta de acceso a las grandes novedades. En fin, podríamos seguir con una versión contemporánea del menosprecio de corte y alabanza de aldea y/o viceversa, modificada por la llegada de internet, pero este no es lugar. Baste con decir que esta gran novela se puede leer en Murcia y fuera de Murcia, con referencias y guiños y sin ellos. Gocemos de la novela y dejémonos de localismos.





Nunca me ha gustado decir que un lugar es un protagonista. Si no recuerdo mal, no se pone nombre a la ciudad, pero es pequeña, de provincias, un poco atrasada, etc. Yo la he identificado como Murcia, un poco como la Vetusta de Clarín. De la ciudad, quizá Murcia, se habla mucho en Intento de escapada: a ningún lector murciano un poco atento se le escaparán referencias como el barrio inmigrante de San Andrés, la gasolinera de El Rollo, a la que llega la furgoneta a recoger inmigrantes, etc. A lo mejor me equivoco, pero yo a estos lugares desarraigados les he puesto imagen en estos enclaves de mi ciudad. Se me ocurre también el Centro Cultural Párraga, donde se llevan a cabo actuaciones artísticas más arriesgadas e innovadoras que en otros lugares de la ciudad. De ese modo, también pude ponerle cara a los personajes, acento a sus voces, color a sus calles, etc. Y sin embargo, todo esto es fruto de una interpretación, no podemos decir que se trate de un enmascaramiento inequívoco. ¡Bendita literatura inagotable!

El género, como viene siendo habitual en las últimas novelas, también está ligeramente en juego. No es que Intento de escapada deje de ser una novela, muy claramente, que lo es: se trata de un relato con personajes, espacios, acciones, tiempos, una diferencia clara entre los sucesos y su presentación manipulada, un narrador (en una preciosa primera persona), un punto de vista, etc. En ese sentido no nos podemos equivocar. Pero, ¿qué sucede cuando el autor, el narrador y el personaje se mezclan con ambiguëdad? Intento de escapada es un título que puede leerse de manera polisémica: ¿qué significa? ¿De qué intenta escapar quién? ¿El modelo, en la ficción, se escapa de la obra? ¿El personaje, en la ficción, se escapa de su yo aborrecido? ¿El personaje, en la ficción, se escapa de su espacio? ¿El personaje, en la ficción, se escapa de sus creencias? ¿El personaje se escapa de la categoría de personaje y se convierte en narrador-falseador? ¿El personaje se convierte en narrador y se escapa de la mediocridad de los demás personajes? ¿El personaje se escapa de su categoría de narrador y se convierte además en escritor, expresando sus dudas acerca del acercamiento a la materia, qué género escoger, cómo adaptarlo a lo que quiere comunicar? ¿El personaje se convierte no ya solo en escritor sino en crítico de su novela? Por la foto de la contraportada sabemos que Miguel Ángel Hernández no es el joven obeso que protagoniza la novela, pero poco más. ¿Cuánto hay de él en el personaje-narrador? ¡Si ni siquiera la cita inicial de la novela es de una persona real, sino de un personaje de la propia novela! Realmente, estos saltos mortales de la narración son una maravilla vernatina con los que he gozado como un niño, sobre todo acercándose ya el final de la novela. Otros aspectos de la novela me han dejado más frío, como el acercamiento a la inmigración o las partes más costumbristas de la vida estudiantil.

Los personajes más importantes de la novela están realmente bien trazados, tanto el héroe como el antihéroe, y los paralelismos entre ellos, su falibilidad, sus miserias, son magníficos. Algunos de los secundarios, salvo el más importante de todos ellos, Helena, la profesora, son, a mi parecer, un poquito tópicos. No recuerdo si esta pequeña crítica, que en poco ensombrece el resultado -una novela bastante buena- entra también en la autocrítica del narrador: sí, el narrador hace autocrítica de su propio relato. No quiero entrar en más detalles para no estropear lecturas que, como he dicho, exigen leer más y más, pero me muerdo la lengua. Sólo diré que se me vienen dos palabras a la cabeza: seudoficción y autoficción. Este libro "engancha". Vaya que sí. Cuidado si lo empezáis y no tenéis tiempo porque a las malas se lo buscaréis.




Un tema interesante de la novela es el problema de la semiosis del arte, el arte como un proceso de comunicación en el que el autor tiene una intención y una idea, la plasma en una obra (para cuya lectura, sin embargo, no hay un código), la obra como mensaje llega a un receptor que (sin código, parcialmente a ciegas, basándose solo en su intuición y su conocimiento histórico del mundo y del arte) entonces trata de interpretarla, es decir, se plantea hipótesis de qué es lo que ha querido decir el autor y con qué fin ha querido comunicarse, para qué. (Algo parecido a lo que me expresó mi amigo en el torneo de cartas.) El antagonista, ensoberbecido, desprecia a sus mediadores y a sus receptores, incluidas sus interpretaciones. Desprecia incluso el mensaje, la obra en sí. Sólo valora la intención de la obra y el momento de su creación. Además, hay otros temas interesantes como pueda ser el de la esterilidad, la negación del artista a crear, etc.

Antes de acabar me gustaría nombrar alguna lectura que me ha recordado esta novela. Es un juego de referencias al que no concedo ningún valor, pero admitamos que a todos, con un café o una cerveza delante, nos gusta ese "me ha recordado a...". Pues a mí me ha recordado El mapa y el territorio pero también Las partículas elementales de Michel Houellebecq, me ha recordado Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato y también, aunque lejanamente, las vueltas que se traían con la ficción Luigi Pirandello y Miguel de Unamuno. Como se ve, a mí lo que me traído a la cabeza son esas obras que plantean un mundo trágico, un mundo sin interpretaciones subversivas, sin perspectivas variadas, un mundo donde la verdad y el mal existen, aunque ya pocos crean en ellos.




domingo, 28 de julio de 2013

La conquista del aire, de Belén Gopegui

Después de leer El padre de Blancanieves, posiblemente uno de los títulos de novela que menos me atraía de todos los títulos consultados aquella tarde en la biblioteca, unido a una la contraportada que más me hechizó de todas, unos meses despúes, me dije de leer otra de la Gopegui. Con lo leído en El padre... Me daba a mí que lo bueno -y lo malo- de aquella novela no era santo de una misa. Y acerté, al menos en mi lectura de La conquista del aire.

La novela empieza a tres mil quinientas revoluciones -para quien conduzca un gasolina, a cuatro mil quinientas- siempre y cuando en la lectura de una novela agrade leer también una reflexión sobre esta. A mí me encanta, y por ello su prólogo me resultó fascinante. Es de un valor extraordinario. Hoy día, en que la novela es en un porcentaje muy elevado -incluso fuera del mercado del bestseller- un artefacto de creación de placer o bien de contenido (por las historias asombrosas o al menos diferentes que cuente) o bien de forma (por las innovaciones estilísticas que plantee), la autora reivindica una lectura diferente: la lectura como campo de experimentación y demostración de teorías psicológicas y sociales. Parece nuevo, y, paradójicamente, podemos decir que lo es. Y escribo la palabra paradójicamente porque cuando algo, un objeto, una tendencia, una idea, ha quedado muy arrumbada en el recuerdo por cánones nuevos, resucitar esa idea, si se hace de manera inteligente, aunque no sea crear algo de la nada sí es convertir ese vejestorio, esa antigualla en algo diferente, nuevo, recontextualizado. ¿Qué inventa y/o resucita la Gopegui? La novela de tesis.





(Imagen de Wikipedia.org)



Una novela de tesis se basa en una estructura argumentativa, que no es más que (ni menos que) una serie de relaciones lógicas. De un acuerdo inicial o premisa se pasa a unos argumentos (o datos) que relacionados entre ellos y con la premisa de ciertas maneras habilidosas nos llevan de modo lógico a la conclusión final (a la que llamamos idea o tesis). La premisa puede quedar oculta o ser explícita, y los argumentos pueden anticipar, rodear o continuar a la tesis. La conquista del aire muestra públicamente las premisas y la tesis en el prólogo. Su demostración será ni más ni menos que la novela, el relato que continúa y que demuestra cómo la tesis del escritor era la correcta. Personalmente, la novela de tesis para mí no es más que un juego intelectual, ni más ni menos que una novela detectivesca. Enseguida conozco el principio y el final, pero la habilidad del escritor es llevarme del uno al otro. Disfrutar el camino. Un relato inventado, de ficción, por verosímil, cercano y bien construido que resulte, no es la prueba infalible de nada. Ana Ozores es tan real como la Dama Galadriel. Y, además, en la edad dorada de la novela de tesis (la mitad del siglo XIX), sobre el mismo problema se hacían novelas de tesis opuestas para demostrar cómo de una misma premisa se acababa llegando por diferentes argumentaciones-relatos a diferentes resultados-tesis.

¿Y cuál es la tesis de la novela? Bien, merece la pena leerla, desde luego. Yo he disfrutado la inmensa mayoría de sus páginas. Según recuerdo, es la primacía (y la prelación) de lo económico sobre lo moral, es decir, que una actitud política de compromiso moral sólo se puede alcanzar con unas condiciones básicas. Y no hay que perder de vista que Belén Gopegui es una intelectual de izquierdas, pero su capacidad autocrítica es laudable. Para ello, para comprobar que solo sin problemas se puede aspirar a una lucha social, y admito que estoy simplificando demasiado la cuestión, la autora se mete en su laboratorio y coge a sus personajes, tres amigos, intelectuales de clase media con intereses políticos de izquierdas y condiciones económicas burguesas, y sacude sus vidas con un suceso tan inesperado como un préstamo. Uno de los tres, principal accionista de una empresa en mal estado económico, le pide un préstamo a los otros dos, comprometiendo su amistad y sacudiendo sus vidas. El problema es que ellos, intelectuales, no van a dejar de analizar sus respectivas vidas y van a darse cuenta del viejo estribillo "del dicho al hecho..." Aunque reducir toda la novela a un teatro de hipocresías no sería justo, porque tiene una densidad considerable de personajes secundarios con interesantes problemáticas. Además, se podría decir que la novela es una crítica a la izquierda intelectual burguesa, meditativa, contemplativa e inactiva.

Pero volvamos con la novela de Belén Gopegui. Esta novela lo que rebosa es fuerza. Tal y como adelanta su maravilloso prólogo, el interés de la autora no está en la forma, en el primor de las palabras. La Gopegui hace pocas concesiones, no le hace excesivas concesiones al oído del lector. Lo cual no significa que nos caigamos al otro extremo: no es una novela mal escrita, con un lenguaje vulgar u ordinario, o aburrido. Algunas páginas tienen una muy buena prosa, y, por qué negarlo, algunos momentos de intenso lirismo. Simplemente, en general, no es tan brillante, no es un lenguaje con la idea de llamar la atención sobre si mismo, como el de otras novelas. Es extraño abrir la novela por una página cualquiera y quedarte arrebatado, no es una novela de García Márquez o de Julio Llamazares.



 (Entrevista a Belén Gopegui)



La construcción de la novela, sin embargo, sí está muy cuidada. Tiene una cierta circularidad (comienza de manera similar a como acaba, aunque haya cambios importantes que no quiero desvelar), breves capítulos, partes, paralelismos...

Los personajes de esta novela son interesantes, aunque cuesta meterse en la piel de ellos porque el narrador no los describe sensorialmente en profundidad, si bien sobre su historia y sobre su carácter sabemos mucho, ya sea a través de ellos mismos o a través de lo que otros dicen sobre ellos o incluso sobre cómo los desenmascaran, como hacían los dramaturgos naturalistas de principios del siglo XX. (En este sentido a mí me trajo al recuerdo a Strindberg, a O´Neil, a Chejov, a Ibsen... No en su totalidad, pero sí es una novela bastante dialogada). Los personajes, he llegado a pensar, adolecen de falta de credibilidad, pero al término de la novela no voy tan lejos, y me planteo si la idea de la autora en este sentido ha sido un poco la de Brecht, gran dramaturgo y pensador de izquierdas que inventa una manera de hacer teatro basada en la no identificación, en la distancia crítica de análisis. A lo mejor por eso Gopegui no quiere que amemos a Carlos u odiemos a Santiago, es una posibilidad. Leer, hablando sin deseo de análisis totalitario, no es más que lanzar hipótesis de interpretación probables, sin ánimo de agotar todas las demás. Los personajes, en general, a mí me han dado la idea de marionetas, dicho esto para bien. No parece que a la autora se le escapen de las manos ni que cobren una vida secreta al margen de su función. Es una novela bastante coral, en la que ninguno de los tres personajes principales cobra un protagonismo especial por encima de los demás (salvo, tal vez, Carlos, el empresario).

Otra idea me ronda la cabeza tras la lectura de esta novela, y es su caducidad. La conquista del aire está situada en unos años cercanos que han pasado. Leemos y escribimos relatos en los que el tetrabrik de leche cuesta 0,75€ (de media). Pero, ¿qué pasará cuando lo que escribimos hoy, dentro de veinte años, esté caduco? Si es un detalle como el precio de la leche, tal vez, con una pequeña nota al pie de página se evite la sonrisa irónica del lector, pero si de lo que se habla es de un modo de vida coetáneo del momento de escritura, de principios de siglo XXI, ¿qué sucederá con la lectura de La conquista del aire después de la crisis económica de los años 2007-20...? Esa es una duda importante que me queda: la vida de muchas personas ha cambiado demasiado como para ajustarla con un pequeño factor de corrección del IPC, tanto cuantitativa como sobre todo cualitativamente. Espero una novela de esta autora sobre la crisis. Me gustaría mucho leerla.

Poco más voy a decir. Me ha gustado, ciertamente. Y me ha hecho pensar, que es lo que creo la autora trataba de lograr. Así que me alegro de haber cogido este título de la editorial Debolsillo, donde tiene publicados a buen precio otros tantos. Una buena lectura.



Para cerrar, dejo dos enlaces. El primero es muy interesante.





jueves, 6 de junio de 2013

PJ Harvey, The Dancer



"The Dancer"

He came riding fast like a phoenix out of fire flames
He came dressed in black with a cross bearing my name
He came bathed in light and the splendor and glory
I can't believe what the lord has finally sent me

He said dance for me, fanciulla gentile
He said laugh awhile, I can make your heart feel
He said fly with me, touch the face of the true God
And then cry with joy at the depth of my love

'Cause I've prayed days, I've prayed nights
For the lord just to send me home some sign
I've looked long, I've looked far
To bring peace to my black and empty heart

Ah, ah, ah
Ah, ah, ah, aaaaaah !

My love will stay 'till the river bed run dry
And my love lasts long as the sunshine blue sky
I love him longer as each damn day goes
The man is gone and heaven only knows

'Cause I've cried days, I've cried nights
For the lord just to send me home some sign
Is he near ? is he far ?
Bring peace to my black and empty heart
So long day, so long night
Oh Lord, be near me tonight
Is he near ? is he far ?
Bring peace to my black and empty heart





Poesía. Sí. No sólo Bob Dylan.

lunes, 27 de mayo de 2013

Lluvia en Murcia

Algunas mañanas el cielo en Murcia está cubierto. En las rotondas, reubicándose en menos coches, o a la salida de sus portales, la gente mira preocupada hacia arriba con el corazón lleno de dudas. El día va a estar plagado de los peores augurios, esto es, de las desgracias que son fácticamente posibles: dejarse las llaves en casa, recibir un no de la distribuidora, tener un aire insípido en el bar o a la vuelta, entristecerse y dejar caer una lágrima sin motivo aparente. No llueve, casi nunca lo hace. Sólo llueve el color del cielo hacia el color de las cosas.



domingo, 26 de mayo de 2013

Discontinuas

Por la vieja calzada caminábamos, ambos en silencio, sin decirnos nada porque no había nada que decirse o porque todo lo importante ya estaba dicho y no era caso de perder tiempo ahora en banalidades. Íbamos por el centro de la calle, la ciudad estaba vacía; no aparecería de repente un pesado en coche a comprar el periódico, ni una ambulancia: teníamos muy controlados los tiempos y los espacios de ese lugar, así es que ni ellos iban a ser objeto de charla. Caminábamos en silencio. Me fijé en que, ampliando la calzada, habían pintado una nueva línea discontinua. En el límite de la ciudad, la calle llevaba a ninguna parte. Ambos caminábamos, y cada uno lo hacía sobre su recta discontinua, ambas paralelas, las líneas que solo en el infinito se juntan, dondequiera que esté eso.