Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

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miércoles, 7 de marzo de 2012

La droga lectora y las drogas de la lectura

A las tres y cuarto de la tarde, y sin haber comido, en pie desde las siete de la mañana, es raro que a alguien le apetezca ponerse siquiera a hojear, lo mismo un buen libro de poemas que un ensayo o hasta una novela. Yo suscribiría algo así. Pero debo matizar: si a ese verbo en infinitivo se le cambia un poco la forma y se deja en gerundio (comiendo), confieso que a ese caballo sí puedo apostar. Desde hace varios meses descreí de la realidad y dejé de comer viendo el telediario. Cuando incluso la comida de mamá empezaba a resultar en digestiones problemáticas, empecé a inducir de un estrecho espectro de factores qué podía estar agriando mi momento de descanso: ¿el detergente nuevo, la radiación del móvil, las preocupaciones de un trabajo no más tenso que otros, que tradicionalmente había sabido confinar en su espacio y tiempo originales? No: debía ser algo más melifluo que todo eso, ya que se me estaba evadiendo de manera tan clamorosa. Era el telediario. Desastres naturales y naturalezas desastrosas; machismo, violaciones caseras diarias; Merkel, Sarkozy y gordos con puro salidos de un Audi A8; Mariano Rajoy con mayoría absoluta, Rouco Varela legitimando las entrepiernas españolas; el mundo era calamitoso y la comida me sentaba mal.

Me fui lejos de la televisión, tanto como las viviendas de la construcción pre-crisis consienten: al cuarto de al lado. Y me llevé un libro, y a mi perra Raspa y su cojín.

Y fue así como empecé a leer comiendo. Una copa de vino, que no tiene por qué ser el mejor y que conforme voy redactando estas líneas pienso que no es imprescindible siquiera que sea vino: cerveza, agua vale. Refrescos no, que son una porquería dulzona. Una rebanada de pan, que a veces se me ha olvidado comprar. Unos cubiertos que alguna vez hay que fregar ante de usar. Unos entremeses que casi siempre regresan como salieron al frigorífico hasta que llega la franja de alarma, dos días antes de cumplido el plazo de su caducidad. Y un libro delante. Se recomienda comida semisólida de cuchara. Las sopas son un poco molestas. Los filetes deben cortarse en taquitos previamente a la comida, como se hace con los niños pequeños y Nati Mistral nunca aprobaría; si no se hiciera, se corre el peligro de leer mal o de comer frío, errores de protocolo ambos que llevarán de nuevo a los problemas anímico-estomacales. 

 ¿Es la lectura una adicción? No soy Borges (la anciana dice que el ciego está apareciendo más de lo debido en este blog), no dedico todas las horas del día a leer literatura, pero sí es cierto que si se toma el libro adecuado y el momento adecuado, uno empieza a sentir cierta necesidad que al no ser cubierta causa cierta desazón. Hasta ahí la definición de un adicto queda bastante vecina. No necesito un Marqués de Cáceres, pero sí una buena novela y una tranquila hora entera para comer y leer. Esa es mi adicción lectora.

¿Y algunas drogas de la lectura, para concluir el propósito que me fijé en el título? Pues sólo voy a dar una nota de la última: Hilos de sangre, de Gonzalo Torné. La tomé prestada de la biblioteca y ahora mismo tengo una relación de amor-odio con ella que no me permite interponer otra lectura. El mismísimo Cavafis está, un poco humillado, esperando su turno. La radical contemporaneidad ridiculizada por el indolente paso del tiempo, las piruetas de la palabra contra la delicadeza psicológica y la demora del pensamiento en la palabra me tienen en un ay. ¿Me gusta o no me gusta? Eso no se contesta de las drogas; de ellas sólo se dice si uno se ha conseguido desenganchar o no. Pronto una reseña con la respuesta.

jueves, 20 de octubre de 2011

Préstamos perezosos

Impolítico comentario el que se me ocurre, puesto que mis seres queridos me dejan con bastante frecuencia libros y cómics. Espero que se sonrían un par de veces pensando en que cuando yo les dejo libros a veces también ellos se miran entre sí y suspiran discretamente.

Hace unos días se me ocurrió pensar que un libro, además de un texto, una historia, un mundo imaginado y medianamente real en sí, era un proyecto personal. Por lo tanto, también es una elección personal. Cuando elijo un libro me encanta pensar en las razones que en ese momento me mueven a leer esas palabras concretas y no abrir otro lomo. Pero, ay amigo, ¿qué pasa cuando alguien se te acerca por detrás, con malas intenciones, una sonrisa perversa y un taco de casi mil páginas con letras muy comprimida?

-Toma, Andrés. ¿Te acuerdas que el otro día estuvimos hablando de XXXXX?
-Pues...
-Je, je, qué memoria. Sí, hombre, casi diez minutos, y me dijiste que estaría muy bien saber algo más de ese autor y sobre todo leer algunas páginas suyas.
-Sí, claro, claro.
-Pues bien, aquí te he traído este libro que es el mejor que ha escrito hasta este momento. Es genial, es una obra maestra. Yo cuando me lo acabé, yo no sabía qué hacer, anduve toda esa tarde como perdido...
-Ah, muy bien, lo que pasa es que últimamente...
-No, tranquilo, sin prisas. En tres semanas me lo devuelves, no lo necesito por el momento.
-¡!

Cuando uno elige un libro lo hace por razones muy variadas. Y una de ellas es la morosidad que puede emplear para leérselo, o la rebeldía en sentido inverso, la velocidad inusitada. Cuando leía Los detectives salvajes... ¡Coño, aquello parecía que estuviese leyendo a los detectives de Agatha Christie, no podía parar!

-Pero no, no lo estás leyendo bien, tiene muchísimas referencias que te tienes que estar perdiendo si vas tan rápido.
-Lo sé, ¡pero es que no puedo parar!

Otra, claro, son los autores de los libros. Mi amigo Pedro-creeloquequieras.blogspot.com, cuando cata uno de Joseph Roth no se lo deja arrancar de las manos ni con violencia. Igual puedo decir de Juan Antonio con Orejudo o de Suto con algún volumen de Canción de hielo y fuego o de aquella saga cyberpunk que leíamos de adolescentes, Cuando falla la gravedad.

-No lo entiendes. Es que es muy bueno.
-Ya, pero no me gusta.
-No te puede no gustar, si es bueno te tiene que gustar. Si no, ¿para qué has estudiado tanta literatura?

¿Y los lomos, las páginas, los colores de las portadas, los dibujos, las maquetaciones? Los libros de Anagrama bolsillo me atraen hasta que los abro. Entonces me encuentro con esos escaneos de calidad malísima y vuelvo a dudar de mi elección.

-¿Quince euros por esto? Debes de estar de broma.
-Pues haz una desiderata a la biblioteca. Con lo que ahorres puedes dar la entrada de la hipoteca.

Pero no nos dispersemos. Llega tu madre y te da un libro, te lo pone en la mano, recién sacado de algún recóndito estante. Te mira y sonríe. Sabes que su corazón espera respuesta. Ella lo ha leído y le ha gustado, o incluso le ha apasionado. Si te apasiona, estarás más cerca de ella, la querrás más. Pero tú sabes que ese libro no te gustará, conoces a ese autor y sabes que emplea una retórica oral que está muy alejada de tu gusto por los libros formales, asentados, decimonónicos. O simplemente, la portada es fea.

-Me encantó. Te gustará.
-(Glup).

Llega tu alumno especial y te trae a clase el libro que leyó en vacaciones y que cambió su vida: Vampiras y amigas:

-Me leí la Carta a una desconocida, y luego me leí este. Me gustó mucho, es mejor que el que tú me dijiste, y te lo he traído por si te gusta y lo quieres poner de lectura para otros cursos. ¿Lo quieres leer?
-Pueeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeessssssssssssssssssssssssssssssssss...

A veces te lo estás buscando. Porque los que las dan las toman. ¿No te has sentido entendido, comprendido, oído, escuchado, al hablar de libros, te has crecido, has querido más a ese compañero del trabajo y... le has llevado un libro? Pues el que a hierro mata, a hierro muere. Y además, a veces, si no quieres caldo, tomarás dos tazas.

-No era necesario, si ya me dejaste tú uno...
-Ya, pero como empezaste tú con Los cuadernos de don Rigoberto y después de que yo te dejara La fiesta del chivo tú me trajiste Manual de inquisidores, que me encantó, pues ahora te he traído éste, que a mí me ha gustado mucho...
-Rabos de lagartija... No, no he leído nada de Marsé.

Marsé me está gustando un disparate. Pero es que en la misma semana me llevé a casa del orden de seiscientas páginas con compromiso de lectura. Lo cual sumado a las páginas que tengo que leer por trabajo y las que tengo que leer por formación académica -y las que quiero leer por mi cuenta- acaban con mi tiempo de todas todas.

¿Y los préstamos a destiempo? ¿Qué opináis de dejarle el Barrabás de Pär Lagerkvist a un niño de ocho años? Qué cosas tiene mi tío...

-Buenísimo. Si te gusta leer...
-Sí, me gusta mucho.
-Si te gusta leer, tienes que leer libros buenos.
 
Son las encantadoras anécdotas de los préstamos de libros. Se me ocurren muchas más, pero no acabaría de escribir nunca, y desgraciadamente siempre tenemos más cosas que hacer y menos tiempo para ello. La solución, quizá, pasaría por no perderlo escribiendo palabras tontas como estas. Al fin y al cabo, el que te deja un libro te deja un pedacito de sí porque ya lo ha hecho suyo. Y por eso, a las malas, es mejor leerse un par de capítulos y devolverlo a hacerlo dejándolo virgen.





lunes, 14 de febrero de 2011

Las mujeres en el rock. Sexo (...) y rock and roll

Sexo (...) y rock and roll

Reflexionando sobre la conocida melodía de “sexo, drogas y rock and roll” se me ocurrió escribir un pequeño ensayo sobre este marbete tan conocido y tan usado. Como, por el momento, lo segundo no me interesa en exceso, centraré mi atención en el primer elemento de la tríada y en el tercero, ¡aunque no como se puede esperar!

Cuando intento reflexionar sobre algo, en ocasiones me muevo desde el abstracto hasta las experiencias sensibles, pero la verdad es que la mayor parte de las veces suelo hacerlo al contrario, es decir, como la mayoría de las personas. Pensaba en el rock and roll y en el sexo, y recordaba los momentos trastabillantes de mi adolescencia en que mi amigo N me dejaba una cinta mal copiada en la cual, cerca del final de la cara B, se escuchaba una canción llamada Shove (tiempo después, indagando por tiendas de discos, porque no estaba generalizado el uso de internet) firmada por unos tales L7. Unas tales L7. Era un grupo de rock duro en el que el cantante era una chica, lo cual dada ya mi escasa cultura musical era impactante.



L7. Shove



Algo me hizo crear en mi mente una relación directa entre la cantante y el resto del grupo, por la cuál la vocalista era metonimia de todos los demás músicos. (Para quien no lo sepa, una metonimia es un recurso literario de los que se usan para embellecer los textos que hace que se tome un elemento por otro por la razón de que coexisten en un contexto, como decir “empuñar el acero” y no “la espada”). Pues como decía, pensé inopinadamente que el grupo era entero de chicas. Y lo peor de todo es que acerté.

¿Por qué existen tan pocos grupos en los que participen mujeres? ¿Por qué su participación es tan singular y tan marcadamente significativa? ¿Por qué no hay un cincuenta por ciento de posibilidades de ver a una mujer como de ver a un hombre en cualquiera que sea el oficio musical al que se apunte? ¿Por qué no hay mujeres productoras ni mujeres técnicos de sonido? Todas estas preguntas me las formulaba en el coche, al regreso del trabajo, hará una semana, según escuchaba por la radio una canción de los Pixies, y disfrutaba de la voz de melocotón de Kim Deal.


The Amps, con Kim Deal. Pacer

Pues es extraño que el papel de la mujer en la música rock sea tan escaso en cantidad. Cualquiera de vosotros que se pase por unos locales de ensayo encontrará una proporción muy escasa de mujeres tocando por ejemplo la batería –porque es un instrumento muy físico-, la guitarra solista –porque tiene mucha responsabilidad-, comprando una etapa de potencia o un amplificador –porque es una decisión/elección muy comprometida- o cargando equipo para dar un bolo. Si hay chicas será como cantantes, como guitarristas secundarias, como bajistas de escaso protagonismo. Por supuesto, al escribir una generalidad estoy incurriendo en numerosísimos errores. Es muy posible, lo sé, que alguna persona que lea esto me quiera corregir llegados a este punto porque conoce a alguien o es hermano de alguien o tiene una cuñada que; yo se lo ahorro afirmando abiertamente que toda abstracción es una reducción. Pero independientemente de ello, regresando a que mi ensayo lo firmo yo, y por tanto es sólo una mera impresión bien alejada de la realidad, si es que esta existe, la impresión que estos lugares de creación de música en bruto me han dejado siempre ha sido que las chicas en el rock tienen pocos papeles y además secundarios.


Belly. Slow Dog

¿Y las cantantes? ¿Y las bajistas? ¿Y las grandes instrumentistas? Tal Wilkenfeld es una extraordinaria bajista, como Paz Lenchantins, Imelda May es una cantante de soul y de rock and roll extraordinaria –no estoy queriendo regresar a los grandes- y se puede rastrear el nombre de muchas otras instrumentistas (pianistas, guitarristas, bateristas, etc.) con un enorme talento. Aunque en proporción bastante inferior a los hombres –lo cual ya es significativo, porque no olvidemos que la mujer no es una minoría numérica, como cuando se la relaciona con sectores de población como los inmigrantes o como los menores- es cierto que algunos de los mejores instrumentistas y cantantes que conozco son mujeres.


Tal Wilkenfeld con Jeff Beck

El problema es precisamente ese: decimos que son mujeres. ¿Por qué hay que destacar el sexo? Si el músico es un hombre, es normal, sería redundante destacarlo; si es mujer, es distinto, es especial, no es normal (hombre) sino que es distinto, otro (mujer). Incluso la misma palabra, según la RAE, debe emplearse en masculino para denotar persona que se dedica a la música. Leemos en el Diccionario panhispánico de dudas:

Músico -ca. ‘Persona que se dedica a la música’. El femenino es música (→ género2, 3a): «La presencia de los jóvenes músicos y músicas de la Orquesta de Cámara Tupay» (Tiempos [Bol.] 11.12.96). No debe emplearse el masculino para referirse a una mujer: *la músico.


Así pues, “el músico”, en masculino, designa a un hombre que se dedica a este arte, “la música”, en femenino, designa a una mujer que hace lo propio. “El músico” en masculino designa a la persona de indiscriminado sexo que toca un instrumento o canta con su voz, y si nos referimos a un grupo mixto, también nos encontraremos con que la palabra en masculino designa a todo el grupo. El concepto lingüístico en el que se basa todo este extraño laberinto se llama “neutralización de oposiciones” y se debe a la fonología de Trubetzkoy aunque como vemos también se hace extensible al léxico. Viene a decir, muy grosso modo, que cuando una elección entre varias posibilidades excluyentes ya no es relevante, para representar al conjunto o suma de ambos elementos que debían ser seleccionados basta con tomar uno de los, y así el hablante no tiene que aprender una palabra más que designe a la suma; es el caso de las palabras “día” (tiempo con luz solar) / ”noche” (tiempo sin luz solar), superadas en su conjunto por la palabra “día” (tiempo completo que tarda la Tierra en girar completamente sobre su eje, comprendiendo una parte con luz solar y otra sin luz solar). Así pues, vemos que “músicos” incluye a “músicas”. Pero es que ya “ellos” comprendía a “ellas”.

Sí, la lengua es sexista. Y clasista. Y muchas otras cosas malas. (Y también algunas buenas.)

¿Toda mujer es sexo activo mientras que todo hombre puede apagar su sexo en la “normalidad”? ¿Son sólo las mujeres públicas, las que suben a escenarios –en concreto los que tienen una batería y unos amplificadores, que son los que nos interesan- quienes no pueden dejar de comunicar su sexo “alternativo” –ya que como hemos visto el sexo normal o no-sexo es el masculino- en todo momento? ¿Sucede lo mismo con los hombres? ¿Y con los hombres rockeros? Es una pregunta que me hago, y que para responder he tratado de buscar el concurso de mujeres o en general de personas a quienes atraigan los hombres. ¿Toda rock star de cualquier sexo es inevitablemente atractiva? ¿Todos los rockeros son bellos y sudan sexo por sus miradas? ¿Qué sucede entonces con la no-actitud o más bien con la actitud de la dejadez? ¿Es posible ésta en las mujeres?


The Cramps

Ante semejante marejada de preguntas, y sin la vana intención de contestarlas todas, confieso mi escasa capacidad para una respuesta general o al menos factible en un alto porcentaje de los casos. Vamos entonces a hacer un camino inverso, del paraíso al infierno, de lo más sencillo de contestar a las enormes e insalvables dudas –insalvables sin enfurruñamiento dogmático, se entiende-. Y empiezo por la no-actitud que es sólo una actitud más. En la no-actitud, claro, se intenta diluir el sexo al igual que cualquier otro rasgo distintivo. En algunos grupos de rock Indie se pueden ver actitudes de este tipo, aunque el rechazo a todo es un arma de doble filo, puesto que negar la “normalidad” y negar también la “anormalidad” no parecen dos posturas que puedan mantenerse a un tiempo.



Dover. The flame

El rockero trata de llamar la atención por todos los medios posibles: es el centro de las miradas, ¡incluso el baterista detrás de su muralla de platos, herrajes y timbales! Tiene algo que comunicar, y esto muchas veces es menos el contenido de sus poemas que comunicarse a si mismo, lo que se llama la “función sintomática del lenguaje”, que no es más que el hecho de que cuando uno habla o se comunica de cualquiera de las maneras, independientemente del contenido de sus palabras también dice algo de sí mismo, de sus opiniones profundas, de su modo de ser, de su estado físico y anímico, etc. Así es que el rockero es muy “sintomático” o, más bien, expresivo, puesto que independientemente de qué traten sus letras, lo que está comunicando es a si mismo.

¿Son bellos todos los rockeros? Bueno… Salvando a según quién, podemos afirmar a boca abierta que sí, incluso los más estrafalarios. Un invocador de Satán es bello tal vez porque sí, pero sobre todo y principalmente por el escenario que lo arropa y que lo eleva. En el teatro del rock, el músico hace un papel de mensajero o de avatar divino: es quien comunica a la persona normal con la Música o con Lo Bueno De Verdad, también conocido como Lo Sublime. Lo cual me lleva a la pregunta siguiente: ¿toda belleza humana es una belleza sexuada? O, lo que es lo mismo, la pregunta del millón: ¿todos los rockeros hombres están fuertemente connotados en su masculinidad? Incluso desde una perspectiva femenina, esta cuestión parece tener enquistada su respuesta, dado que en muchos casos las mujeres piensan, al igual que los hombres suelen hacerlo, que son ellas el elemento sexualmente marcado, es decir, que no son el sexo neutro.


The distillers. City of Angels (Directo)


The distillers. Drain the blood



(Pido una pausa para pedir disculpas por mis errores terminológicos y conceptuales. Mis únicas lecturas de Butler y Beauvoir no me hacen ir muy allá en el espacio teórico del feminismo. Y ahora, cojo aire y vuelvo a la inmersión.)

¿Toda mujer trata de destacar su “feminidad” –sin entrar en si esta es un invento o un instinto- en un escenario o es el escenario el que destaca lo femenino de la mujer ante la mirada culturalmente mediatizada del público masculino y femenino? De nuevo deberemos dejar de lado el sueño de lo universal y lo estable y conformarnos con que cada caso será individual. El aparato comercial del rock, eso sí, tenderá a que la artista mujer proporcione una imagen con un cierto atractivo sexual. La imagen atractiva implica ganancias económicas que, aunque poco tengan que ver con el arte, vienen muy bien a las grandes compañías, que no se preguntan tanto qué es lo que gusta a los oyentes de un grupo sino cuántos han sido los beneficios de ventas de tal artista.



El atractivo significa muchísimo en el rock. Es ridículo pensar en el número de veces que se alude al atractivo de una bajista o de una cantante. “Y encima canta de puta madre”, he oído infinidad de veces; “pero buena está un rato” es una muletilla que las protege de su falta de talento (falta inexcusable en un entorno, nunca lo olvidemos, básicamente artístico). Hasta, a veces, surge la necesidad de protegerse públicamente ante la admiración a una artista poco agraciada con un comentario al hilo como “es un penco, pero toca increíblemente”. Esto sucede también con cualquier mujer pública, con presencia en los medios de comunicación de masas: presentadoras, deportistas, políticas, banqueras. Hasta las ministras tienen presencia en las webs sexuales de hombres. ¿Pero sucede esto con los hombres? (¡Aparecer en las webs eróticas masculinas heterosexuales no, ni en las femeninas: reformulemos!) ¿Los hombres son considerados siempre en función de su atractivo conjuntamente con su competencia? Yo diría que no tanto o no, casi nada. Las mujeres en España empiezan –sobre todo entre mujeres- a expresarse con libertad después de muchos años de dictadura catolicista, pero hoy día siguen luchando contra ciertos tabúes y uno de ellos es el deseo femenino, y otro el atractivo masculino.


Tal Wilkenfeld haciendo un solo. La traducción de los estúpidos comentarios es "El bajo está hecho para acomodar a su seno derecho" y "¡Está cogiendo la virilidad de su hombre, jaja!"


Así pues, la casuística de rockeras es tan grande que no podríamos contemplarla en un ensayito sin pretensiones como este. Si la actitud está ligada al músico, y parece inevitable que lo esté, algunas mujeres en el escenario muestran conductas muy relacionadas con las diferentes tendencias y relaciones entre sexo, género y deseo. ¿Rockeras lésbicas o con actitud extravertida lésbica? Sí. ¿Rockeras hiperfemeninas o con una presencia y atributos visuales, gestuales y musicales muy vinculados a una idea tradicional de la sexualidad y género femeninos, como la sensibilidad, la delicadeza, la dulzura, la voluptuosidad? Sí, y muchas. ¿Rockeras andróginas? También. ¿Rockeras aguerridas, que se acercan a una idea típica de sexualidad y género masculinos? Claro, endureciendo la imagen e incluso llegando a registros vocales más fáciles de alcanzar para un hombre que para una mujer: quien no conozca hasta donde pueden llegar las mujeres debería oír alguna canción de Archenemy.



Arch enemy. My apocalypse



Boss Hog. Whiteout


Y tras esta larga palabrería, que se me ha ido de las teclas, voy a dejar que seáis quienes leéis este ensayo los que toméis conclusiones. Pero lo haré, como no podía ser de otra manera, con una pregunta. ¿Paridad en el senado? ¿Paridad en el congreso? ¿Paridad en los conciertos? Algún día. Sin cuotas.


(c) El cuentacuentos


PS. Añado algunos enlaces de otras páginas en las que se trata el tema, por si os puede interesar. Yo no comparto muchas de las opiniones, y en bastantes casos podéis ver cómo se mezclan la calidad musical con el atractivo físico:

Wixrocks

Equinoxio

Tercera información


martes, 15 de diciembre de 2009

Envejecer (y II)

Envejecer (II parte)


Como si se tratara de una pared disimulada a un tenista, cada pelota que propulsamos hacia la oscuridad nos viene con una energía redoblada. El caso que me propongo analizar es el de ver a alguien muy debilitado por los años, y observar atónitos que ese alguien, mirado con atención, no es sino Edipo: uno mismo.

Quien considere que la maldad del envejecimiento es la cercanía de la muerte, se equivoca neciamente. Adulto, maduro o senil no es quien tiene mayor probabilidad de morir. Hoy en día, sólo uno de cada diez es nacido (qué se le va a hacer, me gusta la perspectiva de este anglicismo) en un lugar del mundo pacífico, sin explosiones cerca de sí; vivir cerca de las antenas, las computadoras, las redes electromagnéticas, la venenosa alimentación industrial en nuestro interior aceleran la proliferación de enfermedades épicas... Los ejemplos son varios, pero la idea es una: morir es sencillo, no está tan lejos, no noes es ajeno. Los niños mueren como los ancianos. Ser adulto es tener la perpleja conciencia de la posibilidad de morir.

Empecé a saber que estaba haciéndome mayor (o que lo era) cuando, una mañana de invierno, comprendí que ya no volvería a ser invulnerable. Recuerdo cuando era pequeño y cada error podía reintentarse, no más que una divertida anécodta; entonces, sin darme cuenta, el tiempo comenzó a correr a mis espaldas, como en aquel juego de niños, el escondite, el mundo oscuro, el palito inglés... Pero esa mañana soleada de invierno en que me advirtieron que mi flirteo con el patinaje había acabado en una fractura múltiple del malar y del pómulo, seguramente algo cambió. Era casi primavera. marzo saliente, y yo debí firmar un pacto solemne y tácito con la muerte, por el cual me hacía cargo de mi vida. Sólo perdí la sensibilidad en la mitad de mi cara.

Dos consecuencias se pueden extraer de esta certeza. La primera es que el paso social de la infancia a la madurez no es sino una mascarada, un cambio de atuendos y de juegos con nuevas compañeras y compañeros, nuevos caramelos, nuevos patios. La segunda es que... Bueno, que debo irme al trabajo y que concluiré este artículo en cuanto me sea posible. A fin de cuentas, esto es un blog solitario y no creo que nadie se ofenda mucho por este final de entrada. Si lo hizo porque le gustó, puede esperar a que la concluya esta noche o mañana.

* * *

Dejé por este punto mi ensayo hace ya unas semanas. Hoy, víctima de un aleatorio ataque de alergia, sin saber aún muy bien a qué -pero devastador hasta el punto de haber estado cerca de tener un accidente en carretera y de no haber sido capaz de dar más que una clase (como se sabe, trabajo en la enseñanza)- parece un buen día para recordar, ensayando unas palabras, que con doce años no me sucedía esto. La estupefacción y el miedo de las salas de espera, especialmente las de urgencias, y las diminutas costumbres elevadas a ceremonia de salvación me vuelven a dar qué hablar. Los hombres que manejan meticulosamente su carpetilla de documentos médicos, o las mujeres que alisan su falda mientras mirando a un lado y otro con discreción esperan poder salir, o los sanitarios que despachan una cola enemiga de cuerpos sin rostro, que curan todo menos el corazon del enfermo, también me han recordado ciertos momentos de mi vida que no vienen al caso pero que, inevitablemente, manan del recuerdo.

Así pues, tras esta reacción vizcaína, me dispongo a volver a hablar sobre la muerte, porque hablar del tiempo es hablar de la muerte, y hablar de la vejez es hablar de un preludio de la muerte.

La madurez es una niñez frustrada, un constante estropear lo más bello de la vida. En un chiste de alguna de sus publicaciones, el gran humorista Quino proponía que la vida debiera ser climática, y no este extraño anticlímax que nadie termina de entender. Si lo mejor fue estar dentro, y luego en su defecto estar fuera, bebiendo de sus pechos, y luego en su defecto correr cerca de sus faldas, y luego en su defecto empezar a descubrir el mundo o a los otros..., algo nos dice que la lógica de todo esto, si es que resulta que la hay, va a ser una lógica del debilitamiento, un silogismo que acaba mal. Imaginad una novela que comenzase a lanzazos y que acabase a descripciones. Eso es nuestra vida, una carretera de firme en cada vez peor estado. Por esta razón puedo opinar que la vida es una mascarada.

¿Sabe mejor un plato de Ferrán Adriá que los potitos que me daba mi madre? Absolutamente no. ¿Para qué gasto 350€ en una videoconsola de última generación, si jugar a polis y cacos era gratis, y, la verdad, muchísimo más divertido que el mejor Tomb Raider? ¿Y mi trabajo? Émulo decadente del de mi padre, el gran trabajador. ¿Una oposición es más seria que un examen de Sociales con don Carlos, el viejo maestro de Historia? Pequeño Ministerio de Educación, no podrías competir aunque quisieras. ¿Y las mujeres? Bien, puedo decir que ésta fue la única novedad de la vida adulta. No sé si compensa, de ser sincero. Creo que no. Como tampoco yo soy compensación suficiente a la infancia de mi pareja, a qué engañarnos.

Si ser adulto es haber alcanzado la inteligibilidad de la muerte y la toma de conciencia existencial nos arroja a la desnudez ontológica más dura, entonces el camino de la decepción ya está allanado. Sé que puedo morir, y que todo lo que venga sólo será sombra cada vez más borrosa de lo que existió y ya no está, o, si se me permite, de lo que fue y ya no es. El camino de la vida es cada vez más pedregoso, y su final es un cortado que desde cierta distancia, el día que empecé a envejecer, empecé ya a ver con claridad.


(c) El cuentacuentos




lunes, 9 de noviembre de 2009

Envejecer

Envejecer


Como si se tratara de una pared disimulada en tenista, cada pelota que propulsamos hacia la oscuridad nos viene con una energía redoblada. El caso que me propongo analizar es el de ver a alguien muy debilitado por los años, y observar atónitos que ese alguien, mirado con atención, no es sino Edipo: uno mismo.

Quien considere que la maldad del envejecimiento es la cercanía de la muerte, se equivoca neciamente. Adulto, maduro o senil no es quien tiene mayor probabilidad de morir. Hoy en día, sólo uno de cada diez es nacido (qué se le va a hacer, me gusta la perspectiva de este anglicismo) en un lugar del mundo pacífico, sin explosiones cerca de sí; vivir cerca de las antenas, las computadoras, las redes electromagnéticas, la venenosa alimentación industrial en nuestro interior aceleran la proliferación de enfermedades épicas... Los ejemplos son varios, pero la idea es una: morir es sencillo, no está tan lejos, no noes es ajeno. Los niños mueren como los ancianos. Ser adulto es tener la perpleja conciencia de la posibilidad de morir.

Empecé a saber que estaba haciéndome mayor (o que lo era) cuando, una mañana de invierno, comprendí que ya no volvería a ser invulnerable. Recuerdo cuando era pequeño y cada error podía reintentarse, no más que una divertida anécodta; entonces, sin darme cuenta, el tiempo comenzó a correr a mis espaldas, como en aquel juego de niños, el escondite, el mundo oscuro, el palito inglés... Pero esa mañana soleada de invierno en que me advirtieron que mi flirteo con el patinaje había acabado en una fractura múltiple del malar y del pómulo, seguramente algo cambió. Era casi primavera. marzo saliente, y yo debí firmar un pacto solemne y tácito con la muerte, por el cual me hacía cargo de mi vida. Sólo perdí la sensibilidad en la mitad de mi cara.

Dos consecuencias se pueden extraer de esta certeza. La primera es que el paso social de la infancia a la madurez no es sino una mascarada, un cambio de atuendos y de juegos con nuevas compañeras y compañeros, nuevos caramelos, nuevos patios. La segunda es que... Bueno, que debo irme al trabajo y que concluiré este artículo en cuanto me sea posible. A fin de cuentas, esto es un blog solitario y no creo que nadie se ofenda mucho por este final de entrada. Si lo hizo porque le gustó, puede esperar a que la concluya esta noche o mañana.


(c) El Cuentacuentos


domingo, 20 de septiembre de 2009

Los fantasmas

Los fantasmas

Al empezar a escribir sobre una página en blanco, la soledad absoluta de quien empieza a decir sus inanes palabras y la necesidad íntima y dolorosa de esa sensación se convierten en íntimas compañeras del hombre que se mira ante el espejo o espejismo de la nada. El ¿y ahora qué? que surge ante la demanda de sucesos necesarios, o incluso mínimamente significativos, es la calígine que impera en la llano yermo de la vida. Los ruidos del existir antes altivamente considerados molestos ahora son buscados y no hallados, como una Roma a que peregrino busca mas que ya no existe. Los demás antes estaban ahí, y su presencia antes tenía un sentido matemático, un más o un menos, pero sobre todo, ahora, tiene un valor absoluto, que se ha reducido al cero, a la nada.

Visto que se está tan solo, pero que aún así el mundo no puede ser una oración impersonal, y que la primera persona nunca se fue, se imponen los fetiches. Somos la suma sacerdotisa de nuestra vida: seremos, lo quieran o no, capaces de poblarla. Aun los hombres, los machos, podemos crear vida. En realidad, ni siquiera las hembras pueden hacerlo, como, al llegar la adolescencia de las hijas, las madres capaces empiezan con añoranza a descubrir. Creamos vida. ¡Creemos vida! Pero la vida se ha rebelado siempre contra su creador: los hijos sobreviven a sus padres –nada más traidor-, las especies nuevas acaban con las viejas que las engendraron, e incluso las grandes compañías, ésas que aún resuenan en medio de la noche del descubrimiento de la vejez –en torno a los veinte años- abandonan su cuna y fluyen como energía abstracta hacia los vórtices de nuevos estados.

No hemos creído en Dios, no creemos en él –ja, ja, no iba a ser ella- ni creeremos nunca, ni siquiera cuando el cáncer sople su trompeta victoriosa en las murallas de nuestras médulas corrompidas… Y nosotros mismos somos Dios.

¿Qué es el pasado? ¿Cuántas veces más se escribirá sobre el pasado? ¿Cuánta gente más capaz que yo lo hará? Aún enseño en mis clases a los niños censurándome las palabras de Thomas Von Aschenbach en su novela La montaña mágica sobre el tiempo, que seguro aprendió de otro. Pero eran bellísimas: sobre la experiencia y el recuerdo, cómo mantienen una paradójica, sardónica, divertida, cruel, relación de proporción inversa. No repetiré aquí sus conceptos, yo los sé; este libelo jamás lo leerá persona alguna además de mí. No repetiré, dije, sus ideas, pero, ¿qué es el pasado? En algún momento que no sé cuándo ha existido o cuándo existirá, en algún instante que no es el presente –que es aún más complejo de definir, puesto que el presente es el casi-no-ser- afirmo que yo he vivido, he sentido o he iluminado, he imaginado o pergeñado. Sin complementos. He experimentado o he soñado que lo he hecho, a quién importa cuál de ambas, tal vez a Segismundo. Es el curriculum vitae de mi estar: yo he latido.

Creamos, no creemos. Un Appendix probi de la vida al ir muriendo. En cierto momento he sentido algo. Ahora estoy solo. Me pregunto durante escasos instantes qué hacer. En torno a mí todo es silencio. Dentro de mí todo es clamor. Todo mi cuerpo me proporciona la respuesta: “Vuelve a traérnoslo”. Pero no puedo; no de cualquier manera: el vínculo se debilita, y el recuerdo jadea en el tránsito de las dudas, corriendo del peligro de perderse en las posibilidades, que todo lo devalúan. “Fue así”, con un “así” fascista, es lo que necesitamos.

¿Y cómo fue? Así. Los fetiches despiertan a los fantasmas, y entonces estamos ni muertos ni vivos, porque hemos entrado en el torbellino del recuerdo recurrente, y no morimos porque sentimos, o más precisamente, volvemos a sentir; y no vivimos, porque ya no vuelve a caber experiencia nueva. Pero da todo igual, ya que no estamos solos. En la casa del juguetero, el silencio de los pasillos no lo rompen las visitas, sino los juguetes. Y en ese limbo eterno nos mantenemos unos pocos años hasta la cierta serenidad de la muerte, la real.



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