Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

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lunes, 29 de agosto de 2011

Delicado

Delicado

Sosteniendo un vilano entre los dedos, se preguntaba con osadía cuánto tiempo podría contener la respiración la existencia, cuánto el universo retener su furia bárbara, su movimiento sin fin, su big bang y su contracción gravitatoria eternas, veloces como los latidos del corazón de una musaraña antes de que algo tan estúpido como un soplo de viento arrasara con algo tan necesario como una pequeña semilla con voluntad de ave. En ese lugar, sin que ninguna otra circunstancia física denotara el cambio, el levante estaba detenido. Totalmente. Las cartas climáticas negaban este hecho.

Estaba sentada sobre una piedra. El solar semiderruido llevaba más de quince años sin desescombrar, y podría decirse que, para casi todo el mundo –excepto, quizá, para la consciencia narrativa-, siempre había sido así. La misma Ana así lo creía. De vez en cuando alguna pequeña lagartija asomaba por entre los rodales de tierra y malas hierbas o se mantenía estática y fugaz sobre las calvas de baldosa que aún no alcanzaba a recuperar la naturaleza de las garras de los hombres. Los hombres y las mujeres. Miraba el vilano con una expresión difícilmente interpretable. ¿Tal vez miedo, tal vez nostalgia? Desgraciadamente para el lector, el rostro de Ana no era demasiado expresivo, y hasta que no se tome una decisión al respecto, no se sabrá si esa mirada a través del fútil diente de león correspondía a un acceso de nostalgia, a una pulsión de ira o a un lapso de incertidumbre y silencia mental. De niña sus amigas y ella pensaban que el ideal de belleza -y el canon ontológico- era el de las fotomodelos de las revistas, con la triste falta de perspicacia de todas ellas de no caer en ningún momento en la pluralidad de retos diarios dentro y fuera del trabajo a que se debía enfrentar una maniquí. Razón por la cual durante años habían estado todas ellas recibiendo suspensos, afrontando hemorroides y aguantando relegaciones sin descomponer en lo más mínimo su segura sonrisa. Como un vilano ante el viento. (Sobraba el auxilio quizás, pero en este primer ejercicio retórico-narrativo no se escatimará ayuda al lector en forma de metáforas-baliza.)

Hoy Ana no sonreía. Mediaban muchos años entre aquellos estúpidos y revalorizados momentos y el presente. Ana era una mujer adulta de cincuenta y dos años. Trabajaba en una tienda –mejor dicho, poseía una tienda- de zapatos en los aledaños del centro de Valencia. Allí, desde la entrada de los primeros clientes y sobre todo clientas hasta los instantes inmediatamente posteriores al cruce de la puerta de salida con timbre automatizado por células fotoeléctricas, recuperaba su ancestral mueca. Pero ni un minuto más. Se consideraba ecuánime (si, “ecuánime”: un día de noviembre leyó esta palabra en una revista, la buscó en un diccionario, le sorprendió la belleza de su cadencia, tuvo un goce estético imposible de comunicar nunca a nadie al reparar en la ecuanimidad de la letra e al comienzo y al final de la palabra que ganaba por varios cuerpos al placer procurado por muchas comidas y algunos orgasmos) y no vejaba a nadie por la misma razón por la que no se sentía impelida a sonreír a nadie. Así habían transcurrido muchos años de su vida en el ciclo de vender sandalias, vender zapatos, vender botas, vender zapatos, vender sandalias, vender zapatos, vender botas, vender zapatos (y así ad lib., lector: el ciclo había comenzado un jueves doce de noviembre de mil novecientos ochenta y uno, luego vendiendo botas, y entendiendo que el cuento se redacta a domingo veintiocho de agosto de dos mil once, faltaría solamente una estación para cumplir las veinte primaveras, veinte veranos, veinte otoños y veinte inviernos, es decir, treinta y nueve vender zapatos, veinte vender sandalias y veinte vender botas). Tal vez por eso, viendo entrar y salir a personas anónimas que buscaban en su tienda lo sublime para pisarlo, dejó de sonreír.

Pisó la lagartija con el pesado tacón de su zapato, y ésta perdió su rabo. Como pagada de su acción, la cual no juzgaremos como ejercicio de contención política, sonrió fugazmente, tanto que apenas el sol, que todo lo sabe, de media tarde tuvo noticia de ella. Alguien voceó desde la carretera cercana. Pronto, su rostro recuperó la expresión incalificable.

Y en ese preciso momento, sopló el viento, y se llevó consigo los centenares de pelos plumosos del vilano. (Igual que el universo las vidas, igual que los hombre las alegrías.)

No pensó Ana que podía haberse acercado al mirador (¿había un mirador? ¿En qué momento se ha descrito? ¿Es la cercanía de una caída, o del mar, lo que motiva los vientos?); no lo pensó, pero podría haberse narrado que sí, porque, en efecto, tras una breve contracción de los músculos de su espalda y una tensión vertical de toda ella tal un arco recién disparado, hiperbólicamente como un pintoresco suricato, sin aviso previo tensa y destensa, se levantó de su asiento para moverse y marcharse. Mañana había que trabajar.

Epílogo y Actividades. Si se ha entendido la metáfora de la lagartija, aváncese a Lección#3.12. En caso contrario, repítase el ejercicio.




jueves, 2 de diciembre de 2010

La larga coda de la muerte

La larga coda de la muerte

Me desperté el dieciséis de setiembre ya sin trabajo. La reestructuración de la plantilla del Independiente supuso el argumento necesario para el despido, cuya premisa, cinco semanas antes, había sido un reportaje de una página y media sacando los colores al Consejero de Cultura. Si era eso necesario, me había preguntado Fuentes, el redactor jefe. No vino de él, claro, el encargo. Pero después de quince días de trabajo, contesté afirmativamente. Si hay un independiente, con honradas minúsculas, en esta historia, ése soy yo, que vendo mis artículos a distintos medios y que cobro por trabajo finalizado. No digo que quizá no me equivocase o en el tono o en alguna aserción, pero el pago de mi alquiler y de los libros de Clara, mi hija, la hija de Sara, mi mujer, es decir, mi hija, me impidieron retrasarlo los diez días más que hubiese necesitado para reelaborarlo.

Y ahora estoy en la calle. El Independiente tiene mucha influencia en esta ciudad, y no voy a volver a ejercer mi profesión aquí; tal vez acabe mudándome en unos días. Pero un periodista nunca debe separarse de su cuaderno y su bolígrafo, y sobre todo nunca debe dejar de escribir. Así es que he pensado en componer la crónica de mi desempleo, que serán estas páginas que continúan.

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Durante estos días parece confirmarse mi (mala) intuición. Mala como negativa y pesimista. En una crónica, “agorera” quizá no sea el adjetivo correcto, o válido, pero así ha acabado sucediendo, y como yo soy mi propio lector y me entiendo, me vale tanto la palabra como saber que así ha acabado sucediendo: que pensé mal y acerté.

Cada mañana me levanto. Mi trabajo es buscar trabajo. Es un trabajo mal remunerado. (Aún tengo humor, eso me alegra). No me ofrecen nada. Alguien de mi recorrido laboral no se las ve con los filtros, por usar otro eufemismo, que son los departamentos de recursos humanos. Bien pensado, y desde la perspectiva más oscura, esa expresión no es ningún eufemismo. Ayer me ofrecí al redactor jefe de informativos de Canal 11, donde sé que necesitan a dos reporteros y una redactora –por los cupos paritarios-, pero Antonio R., a quien conozco desde hace más de cinco años, me miró a los ojos y me mintió. Salí de allí incómodo, y pospuse las siguientes citas del día. Por lo visto, mi valor –en todos los sentidos de esta palabra- sólo se manifiesta tras la atalaya de una cámara o una libreta.

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No voy a escribir sobre esto. Lo dejo. Han pasado seis meses. La única constante es la inconstancia, y tal vez el bar. Las ausencias de Sara y de Clara también se me hacen presentes a cada momento en mi casa extraña. No sé cuánto tiempo van a tardar en desahuciarme.

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Ayer estuve casi a punto. Me había duchado, y me había afeitado, no a contrapelo pero en sí ya era un acto enormemente importante. Me puse el jersey que había guardado para el momento, para ese momento, porque éste era ese momento, el jersey gris de punto de cuello vuelto. Aún olía al suavizante que le ponía Clara. Olía como cuando tendía una lavadora con calcetines de niña y rebecas de mi mujer, y mi ropa no llegaba a suponer la mitad del tendedero, y lo hacía a gusto y sin prisa.

Ella me llamó ayer, después, y yo entendí que no fueran a regresar. Además de eso, de poca cosa más me enteré, aparte de su tono de voz. Venía del bar, estaba bastante borracho; ella lo supo a la segunda frase, pero no lo mencionó. Tampoco se apresuró especialmente en colgar. Me quiso bien cuando estuvimos juntos, y me quiso bien ayer. La echaré de menos. A las dos. Sé que algún día me cruzaré con ellas, habiendo decidido en el último momento cambiar de trayectoria, y que ahí estarán las dos. Será un destino. Y lo que es más importante: Sara no se irá discreta y velozmente del brazo de nadie, y tampoco forzará a Clara a mirar hacia otra parte. ¡Mejor que tenga preparado entonces por qué huelo tan mal, por qué tengo los ojos rojos y por qué he dado un traspiés si no había nada con qué tropezarse!

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Ha pasado un año- Acabo de tomar una cerveza, sólo una cerveza. Releo. La última vez que escribí me dejé llevar por los detalles. Estoy como un novelista; es más frecuente el novelista alcohólico que el periodista alcohólico. Pero las noticias no se escriben así. Yo escribía noticias. Aún podría hacerlo. Esta mañana estoy sobrio. Al menos en un par de horas no voy a beber nada.

Voy a ir dando cuentas. O a lo mejor debería decir “rindiendo” cuentas. La verdad es que ya no borro ni tacho. ¿Para qué?

La primera cuenta saldada será la de mi historia. Faltaban datos: era una entrevista de trabajo. Me llevé mis entrevistas y mis fotos. Soy un fotógrafo decente; bueno, ahora el sol me deslumbra y las manos me tiemblan, aunque hay un botón en la cámara para lo segundo. Al tipo le gustó, era matar dos pájaros de un solo tiro-salario. Pero quiso cerrar el trato en el bar de la esquina con dos whiskeys a media mañana. Hay gente que bebe mucho –y luego estamos nosotros, claro- que además son siempre de un tipo concreto: son grandes, de hombros y cuello muy anchos, con la voz muy resonante y gestos que no admiten réplica ni diálogo. Con whiskey se fue. Se fue todo.

La segunda cuenta ha sido con la familia. Este mes mismo ha pasado. Son gente normal, un poco de derechas, un poco religiosos, un poco racistas y bastante cariñosos. Mi padre, con su asma y su bar, como siempre, igual que mi madre en las dos cocinas y fregando los dos suelos. Cuando era niño le pegaba a los clientes que tiraban los palillos, las servilletas y los huesos de oliva al suelo, hasta que mi padre me dio una bofetada entre las risas de los de siempre. También tengo dos hermanas. Una mañana me cogió el cuerpo en hacer tonterías: me fui a otra oficina del banco distinta de la de siempre y a mis padres les hice una transferencia por algo más de la mitad de lo que aún no me había bebido del paro. Como remitente puse "www.loteriaamigaonline.com". Salí riéndome de las oficinas, y seguí así, a carcajadas, durante un buen rato. La gente me miraba y condenaba sin saber ni entender nada, pero yo sólo podía imaginarme las ingenuas caras de mis padres, felices, infantiles, y a las tontas de mis hermanas explicándoles que en Internet hay muchos juegos de azar y loterías y…

La tercera cuenta es con el farmacéutico. Si no estoy borracho, raro, no puedo dormir. Estos días he ido hablando con él. Desde siempre, hablar no se me ha dado mal. Es sólo ir diciéndole a la gente lo maravillosa y asombrosa que es, haciéndolo con la necesaria dosificación para que no sospechen. Me ha costado semanas de oír hablar de un Toyota a buen precio, del aparcamiento en el barrio, de estudios estadísticos sin datos sobre las preferencias sexuales de los clientes según grupo social, según franja de edad, según opción política y según estatura, de oír maldecir de Hacienda y de las injusticias estatales… Pero si no lo hubiera hecho, Chema no me habría dado los tranquilizantes. Ahora ya es igual.

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Bien pensado, en realidad podría comenzar mi historia desde aquí: un día me desperté con la idea de que ya no me quedaba nada que hacer en el mundo.

Considerando, tras el prólogo, que todo estaba o hecho o descartado, tuve un momento de relajación. La frase original no tiene el giro “con la idea de que” sino el verbo “pensando”, pero lo acabo de sustituir para evitar las repeticiones.

Mi deseo en ese momento fue sonreír solo y recibir un hermoso rayo de sol en plena cara. Pero el día estaba nublado, y el gris preocupante del paisaje aéreo sólo se proyectaba en el gris preocupado de las aceras y el mobiliario urbano. Bueno, y en los vehículos masculinos. Bueno, y en los vestidos, masculinos y femeninos, y los trajes y el mobiliario urbano. Así pues, no hubo gloria el día de mi muerte. El fatum no tiene mucho talento estético, en realidad.

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Quien me lea tiene que estar dándose cuenta del truco: “Pero si no lo hubiera hecho, Chema no me habría dado los tranquilizantes. Ahora ya da igual.” Y también: “no hubo gloria el día de mi muerte”. No se puede escribir de la propia muerte en pasado sino en las siguientes circunstancias:

- Se especula ficticiamente, escribiendo antes del suicidio.
- Se inventa un alter ego, se mata con blandura al yo real y se sigue la vida.
- Es todo una paradoja. Las premisas resultan inoperantes –aunque no así los argumentos, perfectamente útiles- y deben ser renegociadas antes de volver a considerar plausible la tesis.

Con frialdad, afirmo que he empezado a ser incapaz de empatizar con nada ni con nadie, pero también afirmo que esto no aplicable a los problemas racionales; puede incluso que mienta. Una vez lejos de todo –de ahora en adelante uso el tiempo presente- y lejos de todos, decido suicidarme. Para ello consigo fuertes medicamentos para el sueño, y los ingiero masivamente. Me meto en la cama. He concebido algunas puestas en escena, pero no hay retribución que hacer: ella y la niña han cumplido, la despedida de los padres está hecha, amigos no quedan, ni cuentas pendientes me quedan a mí con ellos. Me pongo en postura fetal, esperando. Esto parece aburrido, quién lo iba a decir.

De repente vislumbro lo impensable: yo fui periodista –yo soy periodista-, y puedo guardar registro de lo que miles de millones de personas han ansiado saber. ¿Qué es la muerte? ¿Qué es morir? ¿Qué hay después?

Levantar los párpados es un esfuerzo severo. Caminar, o gatear, por última vez de camino al cajón donde quedaron olvidadas la libreta o la grabadora cuesta tanto como hace treinta y dos años costó la primera vez que lo hice.

En la mano tengo por fin mi grabadora. Jamás he deseado tanto de un fetiche como éste; al pensar en lo que podrá contar a generaciones futuras, acaricio sus aristas y vértices suavemente angulosos, repasando en mi mente sus zonas desgastadas, sus colores planos y su diseño recién anticuado.

Según muero, voy adormilándome lentamente. Por eso he elegido este medio, y he rechazado otros más terminantes y certeros. Las sábanas se hacen más cómodas. Visto mi pijama, y sólo mi olor a whiskey y a tabaco estropean un poco el cuadro. Si no fuera por ellos, sonreiría y musitaría en voz baja: “mamá”. Quizá lo haga.

Ya debo terminar. Comprendo que no hay nada. No veo el cielo, ni las nubes, no hay túnicas, no hay barbudos, ni ecuánimes, ni coléricos, ni paternales, no hay diablos, no hay condenados, no hay nada de lo que decía Dante, no me están dirigiendo hacia un nuevo cuerpo, por lo que Platón y el hinduismo no parecen haber acertado, tampoco creo ver cuarenta vírgenes para mí solo, será que no cumplí los requisitos, la virgen María no consuela ni selecciona, debe estar en otra parte, o en ninguna parte, no entro en combustión espontánea ni me convierto en un haz luminoso que recorra las galaxias, no me convierto tampoco en un ánima en pena porque al estar muriendo aún cuento el goteo del tiempo en cada sílaba, mi percepción se sabe en los momentos finales, pero al haber cerebro aún hay vida.

Entonces es cuando mi cerebro demente se ríe de mí y me da, por último, una visión. Una túnica alta con formas de mujer que porta una guadaña en sus manos y que me aguarda de espaldas, que me habla con una suave voz ronca, de mujer, como la de Linda Fiorentino, y que al volverse es sólo calavera sin carne, aliento insípido de vacío.

¿Hay algo?
Nada. Ni yo.
Entonces muer…





Notas del escritor:

Escribir con un buen bolígrafo sobre folios viejos oyendo un posmoderno doo-wop rockabilly en la voz de Imelda May es un buen estímulo para empezar a escribir. De este modo, sin más preámbulos, lo haré.

Pero vaya aún un mentiroso párrafo. Tengo que escribir, pero, ¿sobre qué? Ficción, eso es. Está claro. Debe, además, permitir que me aleje una kilométrica distancia de mi comedor.

Empezaré con la última parte del cuento. Luego habrá que ordenar todo, y revisar.

Escribiré sobre un periodista que hace un reportaje a la muerte. Al final, ella no le permite llevarse el texto. Por este motivo, el narrador debe intervenir y afirmar abiertamente la mentira de sus palabras. Por ejemplo así:



En este punto debo intervenir y responsabilizarme de mis palabras. Yo, Evaristo Aguirre, abogado de profesión y escritor aficionado, soy quien ha ideado y redactado el cuento anterior. No hay ningún periodista de lo trascendente ni, por supuesto, la muerte es un enigmático fantoche de género femenino armado con una guadaña de tamaño familiar –aunque, para qué engañarnos, ojalá existiera y tuviera la voz de Linda Fiorentino en La última seducción o en Jade.

Ante esto surgen dos preguntas: ¿por qué?, y, también, ¿para qué?

Por qué escribimos los escritores es una cuestión de muy difícil respuesta. Algunos lo hacen porque en su vida poseen tan poco que sólo imaginarse los directores de semejante orquesta sinfónica que es el más pequeño de los epigramas ya debe suponerles una compensación o una retribución muy grande. Podría poner muchos ejemplos de pequeños hombres necesitados de hallar en algún lugar las especias de una vida insulsa; pero lo intrigante surgiría menos en éstos -que de alguna manera pueden excusar el pecado de la pluma- que en los muy reconocidos, los que son fotografiados con y sin el cigarro encendido, en exteriores y en interiores, los que no lamentan en exceso la promoción devorando el tiempo de la redacción. La existencia de este tipo de autores, dueños de prestigio, opinión, riqueza y supuestamente sexo, matiza las causas de aquellos miserables, y convierte el acto de ficcionar –me gusta más que ficcionalizar, aunque dudo de su existencia en el diccionario- en una cuestión de modo y no tanto de grado. No es tanto ser alguien de no ser nada, sino ser otro, casi cualquiera. La peor maldición del ser humano es doble: morir siendo uno. Cuando uno se puede arrojar a las estrellas de la mente y descubre, atónito, que ésta, es decir, el alma, sabe volar, la desdicha de no haber apenas logrado despojarse de la propia piel es enorme. La curiosidad camina muy digna por encima de la moral cuando uno se imagina cómo sería tener valentía, como sería quedarse huérfano a los diez años, cómo sería amar a un hombre, cómo sería tener las manos con tres dedos y cola puntiaguda, cómo sería haber amado a Nefertiti o a una partisana en el año 43, cómo sería cargar con la madre de uno –si uno es Michael K- muerta en la cuneta de una carretera de un país en una guerra civil que uno no entiende.

Pero, ¿y para qué? Por qué y para qué son dos conceptos que mi pequeña cabeza de jurista de múltiples promociones no encuentra sencillo distinguir ni divorciar. Digamos que va a ser el objeto de haber quitado la capucha a este buen bolígrafo robado en el bufete. Ha habido quien travestía su alma para calmar su pequeñez, pero como dije antes buscaremos ahora otras razones. U otros objetivos.

La ficción sirve para ser más humano. Convertirse en otro hace que el escritor empatice con el sujeto de su estudio: lo puede detestar y rechazar, pero lo comprenderá, esto es, lo “comprehenderá”. Habrá latido al ritmo de su personaje, y aun en la trinchera del análisis, habrá sentido los ojos de la criatura clavársele en los suyos, no como un moderno Prometeo sino como un moderno Frankenstein.

Además, la ficción es una mascarada soberbia. Los seres humanos no podemos resistir durante mucho tiempo la quemadora pureza de los absolutos; así, inventamos refinadísimos filtros y disfraces para las palabras más invencibles. El engaño, la ficción, la historia, el personaje concreto, la descripción detallista, en muchos casos no son sino el velo que oculta a un humano que trata de enlazar su alma con otro humano.

No quería, pero lo he hecho. Con mi voluntaria teoría literaria he desnudado también mi cuento y toda mi escritura. Yo soy real; en estos momentos, que cuando leas siempre serán otros, pienso, en el salón de mi vivienda en el número doce de la calle Periodista Matías Prats, en la muerte, y pienso en el deseo de saber. Un periodista es un profesional de la búsqueda de informaciones desconocidas, y por eso he decidido que en mi texto habrá periodistas. Los intelectuales aducen que las historias humanas incluyen sucesos en el tiempo y ligados por principios de causalidad, es decir, que en un cuento lo que se cuenta antes lleva a lo que se cuenta después. Esto, tan científicamente expuesto, me fuerza a escribir un relato, aun cuando las ideas que quiero expandir, pese a que tengan una historia (Historia, que dirían los ingleses) son simultáneas en el tiempo; la causalidad me ayuda, la temporalidad me place.

Es un relato, pero en su mayoría dialogado. He pensado durante largo tiempo en escribir un diálogo completo, pero he optado por el medio diálogo incluso sin estar muy convencido de ello. El diálogo comportaba la coexistencia y relación pacífica de ideas. Pero las mías y las otras son incompatibles.

La literatura es magia, magia de verdad, el más poderoso arte demoníaco que nunca se haya fabulado; pero al contrario que el ilusionismo de naipes y conejos, contar sus intimidades no la despoja de su potencia, sino que la vuelve aún más sensual.

Por esto escribí así.


Cieza, primavera de 2003.




(c) El cuentacuentos

jueves, 2 de septiembre de 2010

Mi amigo

Mi amigo


Tengo un viejo amigo que siente un imperioso placer por esas palabras que se sacuden en los estertores de sus sonidos y sus formas. Es una persona que cuando ve a alguien rabiar por la conspicuidad de sus vocablos, por ejemplo a mí, se ahorra de manera sistemática bromear sobre el volumen crítico de las venas de su interlocutor o la tumefacción de su cuello y faz. En su lugar no se priva del placer de aludir, como de pasada y como sin quererlo, a la palabra esternocleidomastoideo, mientras una incipiente sonrisa se muestra en sus labios.


Mi amigo, en ocasiones, me ha comentado -en alegoría pelágica- que las palabras le suponen el vaivén en que se realiza su humanidad. Las palabras son las olas que acosan al mundo, a los otros, a sí mismo, las olas que asedian el mar, que rompen lenta e inexorablemente los acantilados de lo prohibido por mandato o por ignorancia. El pensamiento es el retraerse del mar líquido de su mente, la resaca de las palabras que las alimenta en su siguiente asalto.


Sin embargo, resulta muy difícil frecuentar a alguien como él. No sé si plantear nuestra relación como la de un elegido o la de un iluminado con un chorlitejo, un heliotropo o una mariposa. Si es un elegido, se convertirá por derecho natural en el amo de los pequeñuelos que vaguemos en torno a sus faldas. Si es un iluminado, será el derecho divino el que dicte quién tiene el saber y quién no: quién guía el destino y quién lo acata o desconoce, tanto da. Aunque una venganza lenta y sopesada, si los chorlitejos somos capaces de ello, ya me hacen capaza de manipular una de sus armas: no el saber, sino un saber.


He intentado alguna vez, debido a razones que aquí no ha lugar recoger, si bien con escaso éxito, debo confesar, forzar a mi amigo a la chocarrería, a lo chabacano, a la falta de exquisitez. Habría podido relajarme hasta el extremo de caer dormido allí en medio, con la mayor expresión de bienaventuranza y sosiego, si una, y sólo una vez lo hubiera oído susurrar la palabra puta. Pero no lo logré. En lugar de eso, una apacible retahíla de otras lexías como geisha, hetaira, cortesana u odalisca empezó a enhebrarse en la conversación. Sin distinguir que la primera era japonesa, la segunda griega, la tercera europea y la cuarta musulmana. Eso no importaba en exceso, tal vez no era la circunstancia del enunciado la que le importase al orador, sino meramente la de la enunciación.


No en el esternocleidomastoideo pero sí en la pierna, en determinada ocasión una vez se introdujo no un ciempiés, mas un centípedo. Antes, durante y después de la visita al centro médico, todo su odio cupo en el sencillo trisílabo maldito. Fue un mal y merecido final para una noche en contacto con la siempre literaria naturaleza…Ninguno de mis lectores podrá dejar de anticipar cuánto le gustara a mi amigo la zoología, como tampoco podrá imaginarse cuán superior para él sería a ésta la botánica. Entre ellas dos, la proparoxítona por siempre jamás estaría en un escaño más elevado: tantos ranúnculos, caléndulas, mandrágoras, sépalos, pedúnculos e incluso los vulgares pétalos siempre serían algo distinto que patos, perros y gatos. Aunque la lengua (¡ah, la lengua!) siempre dejaba lugar a la redención, la de las ánades, la del cánidos y los félidos.


Aunque regrese siempre a la batalla por la evidencia, mi amigo, pese a todo, parece en ocasiones muy cansado. La lucha es por cada instante, y cada día es un retroceso, minúsculo pero visible. Yo mismo a veces me reprendo por haber herido a mi amigo. Mi amigo, esa persona lamentable, no obstante las vueltas y las revueltas del lenguaje, no deja de ser una inane serpiente medieval que no se levanta más de unas centímetros sobre el tobillo de un estricto San Jorge armado. Esa persona sucumbe ante el pronombre más simple y puro. Esa persona: yo.


(c) El cuentacuentos




domingo, 14 de febrero de 2010

¡Mentira!

¡Mentira!



            Tropezó; cayó, en el barro. Trató angustiada de escapar del charco pero ya fue tarde; la mujer se le había abalanzado encima, le estiraba del cabello hacia atrás y el cuchillo de su mano le deshojaba ya la piel de la garganta.


            -Nnnnnnnno… me mates –rogó, en voz baja, apenas un susurro, humillada, a cuatro patas, temblando, tenso el cuello como una caña a punto de quebrarse, llorando sin ruido, lavando con lágrimas el fango en su rostro.


            -No te mataré –respondió, tras un poco, la otra, la mujer joven que, a horcajadas la sostenía agarrándola por el pelo.


            Al rato se levantó; al rato de no sentir a la asesina cabalgando su espalda madura, poco ágil ya, se incorporó. Seguía lloviendo el cielo entero, como había hecho durante toda aquella noche de verano. Por entre los árboles y los matorrales, en muecas y poses indignas a su recuerdo, yacían desparramados los cuerpos de todos los hombres de la escolta, sus ballestas, espadas, cascos. La carroza estaba volcada, los caballos habían huido. Estaba sola con su asesina. -¿Y ahora –se preguntaba- qué va a pasar?


            -No te mataré –repitió-. Un extraño brillo, muy lejano, atravesó sus ojos negros. El acero de la hoja se separó del cuello de la presa lo suficiente como para no seguir haciéndola sangrar. El corte era sólo superficial. Mirándolo, parecía que el metal fuera tan negro como la noche.


            Tras el silencio, debía hablar ella. Tenía que darse la vuelta y arrostrar a la muerte. Pero siguió postrada. Intuyó que la mujer que la atacó podía estar tan dotada para el amor como para el horror. Desechó ese pensamiento por otro más práctico. ¿Por qué no matarla? Se vio vieja e indefensa, estúpida, débil, ajada, incapaz de salir viva del bosque por sus propios medios. Empezó a angustiarse. Se giró para mirarla. La joven no apartaba la vista, y nunca parpadeaba. Así, lo entendió todo, el sadismo que había en no matarla: los osos la devorarían, o los lobos, o los bandidos que se ocultaban en el monte, o una mera pulmonía podría terminar el cometido. Era un cometido…


            -Te pagaré –resolvió, atropelladamente-. No sé… No sé cuánto te paguen ellos, pero yo te pagaré mucho más, lo que tu quieras, yo tengo una de las fortunas más grandes de la ciudad, te voy a pagar lo que me pidas, lo que tú quieras, te lo ruego, te pagaré, te lo daré todo, pero no me dejes aquí sola, no me puedes dejar sola, no, yo te lo ruego, por favor, por favor…


            Y de esta manera la mujer adulta (en realidad, Mâr Zezÿa, viuda heredera del Hermano Mayor y Gran Maestre del Oficio y Gremio de Mercaderes de la Tintura) tomó a Büsedz la asesina a su cargo. Resultó… ¿Cómo decirlo? ¿Extraño? Sí. A las gentes les resultó muy extraño, a todos. De cualquier manera Büsedz necesitó su adaptación al medio en que se desenvolvería su futura vida. El reloj de los primeros días empezó su andadura con la llegada oculta de la desconocida y del mismo intento de asesinato. Se había pagado a sicarios, la guardia asesinada había sido enterrada sin lápidas en medio del bosque, y el fastuoso carro, despedazado y ofuscado con ramas y tierra. Comenzó a marcar las horas cuando la joven puso su pie de seda en la enorme mansión de la Casa Zezÿa. Pronto cambió sus vestidos y hábitos y también pronto empezó a cambiar sus ideas e incluso tal vez su ser. Cambio era la palabra que no podía dejar de repetirse asombrada Mâr Zezÿa al ver la metamorfosis de la joven. Sin embargo, ésta, en un principio, se sintió como animal enjaulado en el palacio de la viuda, quien, no se sabe realmente por qué razón – miedo, precaución, las hipótesis son muy variadas-, o con qué fin, quiso enseguida contratarla permanentemente, manteniéndola bajo su tutela. A lo cual asintió. Para ella hacía los cometidos sucios que su cargo político requería, no demasiado diferentes de aquél cuyo objeto había sido ella y que las había hecho conocerse, y su eficacia siempre fue absoluta, independientemente de cuál fuese el encargo o de lo oscura que fuera su índole. Luego, no mucho tiempo después, había empezado a quedarse más tiempo en casa: le fue proporcionada una educación social que la joven absorbió como tierra yerta –su preceptor sólo se preguntaba por la seriedad de la muchacha, tan distinta de las personas de su sexo, edad y condición que había conocido- y cuando estuvo dispuesta, fue presentada en sociedad como una sobrina lejana de la viuda, que recientemente había quedado huérfana, y tantas veces había tenido que soportar cómo pretendientes estúpidos e impertinentes -que no valían nada, que no sabían luchar, ni pensar, ni navegar, que pudiendo nunca habían escrito más que sus ejercicios escolares- bromeaban sobre ella o sobre su fingida situación social, sin poder romperles la nariz y la clavícula en dos movimientos, o matarles con sus propias espadas, que ya prefería olvidarlos. Y además, estaba el servicio, y su intromisión, su deseo de saber y su vicio de murmurar. Las lenguas fueron cortadas por la amenaza hacia las respectivas familias, y así los muros se hicieron más y más densos. En verdad, al poco, y todos lo sabían, quien verdaderamente gobernaba era Büsedz, que como último bastión había acabado conquistando el lecho de la viuda. Ésta había perdido incontables años sin recibir afecto alguno; se trataba sólo de una mujer mayor, pronto una anciana, que vio cómo la presencia desconcertante de la joven de largo cabello negro, como la noche, revolvía el aire cada vez que -al principio sin verla franquear puerta alguna, después demorándose en su llegada- coincidían en su alcoba. Cuando Büsedz empezó a aumentar la frecuencia con que acudía a sus aposentos, fuera para dar cuenta de trabajos, fuera para hacerlos sobre tratos con nobles de la ciudad, pronto empezó a tratarla de un modo más cercano, haciéndola sentarse en un diván, deslizando alguna pregunta personal, atreviéndose a alguna broma, a algún roce… Extrañamente no fue ella sino Büsedz quien se lanzó al encuentro, quien de improviso la abrazó y la besó, la estrechó entre sus brazos fuertes y la besó sin cerrar los ojos. Quien la hizo transportarse hasta sus irrecuperables dieciséis años, al día de su primera fuga con su prima Dyl –y posteriores-, en que se habían amado locamente. Esas impagables semanas en que habían desafiado a la sociedad, al orden, a sus familias, con su amor homosexual intolerable, habían pasado con la juventud para no retornar nunca más, ahuyentados por el peso de un deber, una rutina, un matrimonio sucio, concitado por otros. Pero ahora, ¡con Büsedz volvían! Una vez más la primavera afloraba los tallos verdes, y la adusta y apolillada Mâr Zezÿa, un tiempo joven, volvía a reír y a mirarlo todo con alegría e impaciencia, queriendo el aquí y el ahora de cada cosa sin excepción, a pesar de los muchos lastres y cadenas que la anclaban a su vida presente y que no se iban a disipar. ¡Tantas veces la había sorprendido tras unas cortinas escondida Büsedz con unas cosquillas, un pequeño forcejeo, unas risas, unos silencios, respiraciones alteradas, besos, caricias…!


            ¡Tantas veces…! O, mejor dicho, tan pocas, ya que nada de esto sucedió jamás. Tan pronto como la mujer relajó los hombros ante su promesa, Büsedz, con el puñal aún en la mano, abrió su garganta de un rápido movimiento, se levantó de encima de ella y se internó por la espesura del bosque. En un único vistazo atrás, advirtió a la mujer agonizando en postura fetal sobre el lodo. Entonces, se fue.




(c) El Cuentacuentos


viernes, 25 de diciembre de 2009

Sissilye

Sissilye



Desgraciadamente, descubrirás la verdad demasiado tarde. Es extraño que no sospechases nada antes, cuando todo aparecía ante ti de otra manera bien diferente. La lluvia seguirá cayendo toda la noche, racheada caprichosamente por ese viento que ha estado agitando nuestra torre sin cesar. Nosotros no estaremos aquí para cuando la mañana despierte un nuevo día, diferente tal vez, igual con toda seguridad. La lluvia, la mañana, el viento, la noche, nos trascenderán, sin lugar a dudas. Pero ante todo, por favor, pon un poco de luz sobre nosotros, y no sólo metafóricamente: acércate al interruptor manual y acciónalo, recuerda que aún tienes dedos, manos, brazos. Si toda la torre se nos debe caer encima mejor será que podamos ver la cara a nuestra misma muerte: la lucidez y la verdad existen, de verdad. Es sólo que suelen estar en departamentos de cuya existencia nos declaramos ignorantes.

La verdad existe, tú la has visto. Ahora no quieras volverte atrás. No seas cobarde, no seas el cobarde que fuiste siempre. Con esos padres... ¡Deberías haber aprendido! Cuanto más cálido es el refugio, mayor es el dragón que habita en él. Afróntalo. ¡Afróntate!

Pero para eso deberás recordar. Las drogas y el dolor y la añoranza te aprietan, pero aun así,

…

si no haces memoria, no hay ningún problema: aquí estoy yo para recordarte cuanto olvidaras. No puedes haber pasado por alto que no eres sólo pensamiento, que tu alma reside en un envoltorio físico. No: eso, aunque lo desees, no lo olvidarás. Antes de haber llegado a tu estado actual incluso hablabas. ¿Recuerdas el sonido de las palabras resonando perfectas como ideales por dentro de los huesos de tu cabeza? Sí, sí que lo recuerdas. Lo añoras, más bien.

Yo recuerdo toda la conversación. Es ésta:

-... pero, ¿entonces, Zab?
-Entonces, eso, te lo pido como amigo. Sólo confío en ti: yo no tengo familia.

Él te miró en silencio; tú no supiste interpretarlo.

-¿Lo has pensado bien? ¿Estas seguro? Tal vez te puedan recomponer, si no ahora más adelante...
-... como a un puzzle al que le falten fichas, no me jodas. Hazlo, ¿eh? Hazlo. Lo tienes que hacer por mí. ¡Júramelo!
-Bueno, bueno…
-Los otros dieciocho fondos de crédito para ti, quédatelos. Yo ni los quiero ni, supon¬go, los necesitaré.
Se iba, lo oíste cerrar la puerta. Le gritaste “¡Espera, una cosa más!”, y sus pasos se detuvieron. La puerta se abrió.
-Una cosa más. Lo olvidaba.
-¿Qué quieres?
-No quiero volver, ni que desde fuera se me pueda traer de vuelta. Nunca más.


Esas fueron casi tus últimas palabras. En realidad, las últimas que te oyeran los demás. Lo siguiente fueron sólo susurros, sin mucha más importancia. Desde que entraste al Hospital dejaste de ser tan comunicativo. Tal vez será que el servicio no era muy bueno... De acuerdo, no volveré al humor; nunca te ha gustado y ahora entre sábanas blancas y blancas paredes no será diferente. A no ser que perdieses la cabeza no lo entendería. No aquí, no ahora.

No hablas, casi o nada. Y sin embargo las palabras resuenan en tu cabeza. Las tuyas, tus palabras, las de Sissilye, las del Cirujano, las palabras de antes o de después... Antes y después son un interruptor entre lo que no fue y lo que no será. ¿Cuál será cuál? Sonríes... Te hago reír... ¡Creí que jamás lo lograría!

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-¿Eres creador?
-Soy creador, pero a ti no te he creado.
-Entonces a lo mejor Pigmalión soy yo. El sujeto y el objeto, Dios y el hombre... ¿Crees en Dios?
-No, no creía... Pero si puedo oírte preguntándomelo tal vez pueda empezar a...
-Estoy hablando en serio.
-No, no creo.

-¿Entonces por qué te comportas como él?
-Es mi trabajo. Diseño inteligencias, integro y recombino recuerdos, voluntades... Nos apoyamos en antiquísimos modelos psicológicos y genéticos y al final, lo más difícil, programamos el azar, la libertad

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¿Cuándo fue? Cuándo te preguntó por Pigmalión? No, eso fue después: tú no conocías a ese tipo. Te extrañaste cuando te lo preguntó, ¿de dónde se lo sacaría? Sonríes pensando que a veces se introducen -por error o como firma del autor- módulos de memoria poco convencionales. Pigmalión fue antes...

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-¿Conociste a Pigmalión? -te pregunta.
-No, creo que no.
-Fue Dios y fue el hombre. Ha sido el lugar donde ambos estuvieron más cercanos. Un dios autosuficiente y necesitado, trágicamente contradictorio.
-No te entiendo.
-Alguien que creó a alguien de quien sufría estar enamorado. A mí me crearon.
-A mi me educaron. Antes fui programador.
-Creador.
Tú callaste, sin saber cómo continuar.



Sissilye... Sissilye no era una criatura real. Igualmente podía haber sido un dragón, un círculo con un logo, símbolo de una empresa. Sissiliye no nació de padre y madre, susceptible al azar de la genética, de las enfermedades y del dolor, por lo que estaba mermada en una gran parte de su humanidad. Sissiliye no era, entonces, humana: era sólo un cúmulo de estudiadas rutinas, una compleja entreveración de ecuaciones. Logarítmica sin sentimientos.

Sissilye fue diseñada; dibujada, creada, ideada. Programada. Pero las infinitas rutinas que sólo podrían hacer una triste marioneta de ser humano sin alma habían sido acabadas siempre redondeando la precisión sin error de la lógica, introduciendo los recuerdos, el aprendizaje, la memoria, el olvido, la conciencia, el pensamiento en palabras, el psicosomatismo, el sexo, la ignorancia, los sentimientos, pasiones, emociones, el error, la variabilidad, la posibilidad, el azar. Y Sissilye se fue volviendo humana... tanto como ella deseó. Tú lo comprendes, pero no lo puedes entender realmente, lo sabes pero es algo en lo que no crees. Por ella, por eso, empezaste a desentenderte de tu mundo, a ser feliz. ¿No era lo que habías andado buscando siempre? ¿No? Sí: comprendiste que en otros mundos y con otros seres sí podía ser posible. Te fuiste dando cuenta de que era todo cuanto querías: unas migajas de la plenitud.




¿Has seguido oyendo al Cirujano? Te lo dije, necesitas tu cuerpo. Necesitamos cuerpo aunque sea para olvidarlo. Todos lo necesitamos. Sissilye también... Piensa en su cuerpo como en los sistemas de almacenamiento de información. Piensa en ello sólo un instante. Luego, olvídalo. Piensa en tu cuerpo sólo un instante, y luego olvídalo.

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-Sé que es irrevocable, doctor, pero, al margen de eso, ¿es absolutamente imprescindible? ¿No hay ninguna otra posible solución, algo que hayamos podido pasar por alto?
-No, no lo hay. Únicamente la amputación.

No te viniste abajo, ni lloraste acaso. En su lugar racionalizaste.

-Bien, ¿y si yo no diera el consentimiento a la operación?
-Moriría. En tres o cuatro semanas a más tardar. Pero eso no ocurrirá porque antes yo cursaré un expediente de carencia mental y usted se verá igualmente sometido a la operación que, le recuerdo, es por su bien.
-Bueno, y si no tengo elección, ¿para qué ofrecer nada?
-Siempre es mejor una paciente sin correas.
-Está bien. No rellene ningún formulario. Vendré por mi propio pie, aunque sea ya por última vez.

Y te marchaste. Los tres días siguientes te sumiste en un caos de alucinógenos, alcohol y ansiolíticos. Cuando despertaste ya eras un inválido. Te habían detenido para siempre.

-Zab saliz, por fin ha despertado. Sus constantes han sido estables toda la noche. La operación fue todo un éxito.

Era el médico. Quisiste balbucear. No lo lograste.

-No, olvidemos aquello. Muchos intentan engañarnos, a los médicos, sin éxito, claro. El problema es que desconocemos a familiares y amigos, que no pueden venir a visitarle por culpa de su comportamiento irresponsable.
-Da igual. No llame a nadie. No quiero que llame a nadie.
-¿Está seguro?
-Sí. No quiero ninguna visita.
-Con su padre sí podemos contactar. Aguarda en la sala de visitantes.
-No quiero verle.
-Bien, pero la ley lo ampara a él.

Tomaste aire para relajarte.

-Doctor... Basta ya de interrogaciones retóricas. No me pregunte lo que ya está respondido.
-No le pregunté; sólo le informé -contestó según se marchaba-. ¿Señor saliz? -preguntó a su comunicador, sin mirarte, en voz baja. Venía tu padre.

Los recuerdos se te agolpan. Olvídalos. Olvida quien fuiste, pues deseas cambiar. Muda tu piel, como los lagartos y serpientes; muda tu misma esencia, como las mariposas de los zoológicos. Cambia, si lo deseas. Arranca algo de ti y déjalo atrás. Al principio te sentirás mutilado, pero será sólo unos días. Piensa que sólo así lo lograrás...

Tu amigo se va de allí, pensativo. Sabes que ha sido fiel contigo, te ha entretenido, te ha dado amor fraterno, ha sido tu confidente y tu crítica justa: ha sido bueno, si bueno o malo son palabras que se puedan seguir entendiendo, como antes y después, palabras que ya no caben en el mundo porque sólo son referencias vacías, como el hueco de un buzón sin cartas, con un letrero encima que recuerda “cartas”, pero nadie se acuerda de qué son, porque el hombre vive solo y olvida todo lo que no es él. Y a veces el olvido lo alcanza y se ceba en él, como una jauría de perros hambrientos.


Ellos estaban ahí fuera. Los viste cuando él dejó abierta la puerta al irse: viste un joven de quince años aproximadamente y tres mujeres, además de dos tipos vestidos con trajes baratos y poco pelo en la cabeza, abogados tal vez, pensaste. Las mujeres estaban en dos grupos: la madre del niño que podría ser tu hijo -aunque no lo habías visto al menos desde hacía diez años-, que era alta y atlética, fea a pesar de todo el gasto en cirugía, y las otras dos, que luego supiste que se aliaban para ganar todo lo que pudieran al grupo materno-filial, concretamente una pelirroja alta, vulgar, físicamente atractiva y una rubia con muslos anchos groseramente maquillada, embutida en un mono ceñido que te pareció de mal gusto, como las arcadas de un lejano reflujo. Tus herederos. Te indignaste, en silencio, repugnado. Fijaste la mirada al sensor de la puerta, que te obedeció deslizándose, alejándote así de aquel festín de buitres. “La carroña es la carne muerta”, pensaste. “Sissilye...”

Carne de tu carne y sangre de tu sangre dicen los viejos libros. Tu carne está corrupta y tu sangre es escasa... Deseaste que al fin cumpliera, que te acoplara un modulo de mantenimiento con acceso ininterrumpido a Sissilye. Tu carne está corrupta y tu sangre es escasa... “Sissilye...”

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-Sissilye, ¿tú duermes?
-Sí.
-Yo te habría programado sin necesidades fisiológicas..., si te hubiera programado.
-No tengo necesidades fisiológicas. No tengo cuerpo.
-Sí lo tienes.
-Allí.
-¿Cómo lo sabes, si no has estado?
-Me programaron.
-Puede ser mentira.
-Nunca lo sabré.
-¿Por qué dormir?
-Los programadores introducís la cordura y la locura en nuestras programaciones como válvula de seguridad. No necesito dormir físicamente, pero sí reposar mis conocimientos, sopesar, olvidar, soñar...

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-Pero Zab, escúchame, te lo ruego.

Miraste. Unas enormes bolsas negras pendían de tus globos hinchados, heridos, de mi¬rada ebria. No pesabas treinta kilos.

-Ya... no... me apetece hablar. Hazlo... por favor...

Y la siguiente vez que viste el abrigo negro de altas solapas ya estabas más allá del mundo de herederos, de hospitales, de cuartos blancos e interruptores. Ya te habías escapado de todos ellos, ya no respondías a nada, a ningún estímulo. Tus labios dejaban escapar una línea de saliva y tus ojos no respondían a la luz ni a la oscuridad, aunque en verdad nunca antes lo hubieran hecho. Tu piel era la coraza del rinoceronte, y nada podía atravesarla, y tus sentidos ya no se interesaban en nosotros. Sin embargo, algunos creímos ver el último atisbo de tu sonrisa cuando él cumplió -contra todo- con su palabra.

Sí; definitivamente lo necesitas. ¿Aguantarás así? ¿Tienes fe?

Sissilye no te abandonó. Tal vez os perdisteis. Los finales y los principios, epílogos y prólogos, antes y después, los interruptores... ¿Estás cansado? ¿Te estoy molestando? La cabeza te estalla, desearías descansar. Ha sido duro... Yo debería dejarte descansar, pero si yo no te hablo, ¿quién lo hará? Enciende la luz: sin mi voz, las otras tomarán el mando, te harán enloquecer. Relájate y escúchame: volvamos al principio: Sissilye no te abandonó... No, no me hagas callar; en lugar de eso, hablemos del inicio. Negociemos las memorias...




Dices que no recuerdas cuándo te encontraste con ella, que existís unidos por un extraño lazo metafísico, que vosotros lo habéis sido todo, que antes y después son meras palabras que no sirven para vosotros, que acaso ni las habéis podido comprender.

En esta piel, o en esta “encarnación”, digamos entonces, la viste por vez primera en el interior de un gigantesco domo deportivo, cubierto, aún sin estrenar, impoluto y sin una sola persona dentro. Entraste corriendo sin saber por qué, huyendo de algo que te persiguiese. Allá dentro todo era metal y plástico, estaba listo para su inauguración. La impresión era la de una profilaxis negra, sintética, de pesadilla. Ella estaba sentada en la plataforma de saque, flotando a más de quince metros del suelo, aproximadamente a la mitad de la altura del pabellón. Las piernas le colgaban desde el borde. No te llamó, pero tú supiste que estaba ahí.

Corriste a los ascensores y pulsaste sus controles, pese a saber que un índice de masa estática ya habría registrado tanto la espera como la llamada. Pero es que tenías prisa, no veías el momento de subir allá. Por eso te abalanzaste adentro, no por tus perseguidores, que ya habían penetrado en el recinto y cuya sola presencia era intuida como algo ignominioso, ofensivo. Se¬guramente estaban armados, eso lo conjeturabas también. ¿Quiénes eran? ¿Eran seres reales, como tú, o virtua¬les, como Sissilye? ¿Es un ser real virtual en programación? ¿Y uno virtual empíricamente? Sí, ya vamos encontrando las respuestas: tú eres el primero en abominar esos términos. Vosotros, los fabricantes de maravillas sois quienes principalmente acaban cayendo en su encanto, vosotros los que no podéis soportar la comparación entre un programa de contabilidad y uno de psique humana, aunque los biólogos apoyen la comparación entre el hombre y el protozoo...

Nunca has sabido quiénes eran o por qué corrían tras de ti. Con sus avíos de muerte, ya con seguridad. Tal vez los imaginaste, perros de presa, espantosos, soldados imparables sin piedad. Tal vez el programador seguía dejando su huella en el mundo incluso cuando era presa de él.

Ella no estaba en la pista. La encontraste fuera, en un pasillo, totalmente desnuda, ca¬minando distraídamente. Pensaste en llamarla y ella se volvió a ti como si ya lo hubieras hecho. La miraste: dijiste para ti que su cuerpo era fuerte pero hermoso, y sus rasgos eran fuertes pero hermosos. En lo más profundo de ti, tan lejano e inconcreto como para que ninguno de los dos lo percibiese, intuiste su nombre auténtico, su ser. Y supiste, ya desde entonces, que no debías buscar ternura, que no debías buscar nada, que estaba todo ahí. Buscar no: ¿para qué? Tú habías sido encontrado.


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Te duelen las piernas. Te causan un dolor más allá de toda comprensión. Aguanta un poco. El dolor se irá, te lo juro. Al final se comprende siempre todo.


No hay ya nadie. La vigilancia es automática. No miras: no lo necesitas. ¿Tú también programaste las casas inteligentes? Es gracioso, oír hablar de “casas inteligentes”. ¿Es algo inteligente por cumplir con una orden? Más bien se es inteligente cuando se puede desobedecer una orden, aunque no se haga, al fin.

Aquella vez no lo hiciste. Algunos dirían que no fue inteligente. Otros que sí.

En este silencio y con esta paz lo recuerdas bien, cómo cerca de tu casa comenzaron una repentina microexcavación. Los desinformadores lo advertían, pero los medios oficiales los desprestigiaban y silenciaban sistemática y rigurosamente. Comenzaron una noche, al alba.

-¿Qué están haciendo?

Un tipo anónimo, con una mandíbula anónima y unos acuosos ojos anónimos te expulsó de la calle. “Vuelva a casa”, “No, amigo, esto no es para usted”, “Órdenes del Estado”, “Váyase al domicilio de algún familiar”, “Sí que tiene: su padre, me dice mi terminal”, “La energía le será cortada y el suministro de agua y alimento también”, “No persista en su actitud, es por su bien, todos sus vecinos se han marchado ya” fueron algunas de las frases pétreas de su monólogo en el que jamás cupiste. Con ellas el funcionario te aprisionó en tu orgullo. Por eso decidiste quedarte. El funcionario apeló al grado de Secreto Estatal: emplazó a un equipo de tiradores en tus vías de acceso (puertas y ventanas) después de sellarlas por fuera con una película negra registradora del tacto por control remoto: si se produjera significaría intento de intrusión en Secreto Estatal y podrían dispararte. Ante ello, imprisionado, te tumbaste y rezaste la orden mental para marcharte allá.

(Volviste seis días después, enfangado sobre tus excrecencias, famélico y con un alto grado de deshidratación.)

Radiaciones fuera de lo tolerable por el cuerpo humano, por el maldito cuerpo humano, aleación alienígena, isótopos de alto secreto militar o simplemente un pésimo planteamiento sobre los protocolos de seguridad sobre metales muy pesados fueron las distintas excusas que medios de comunicación más o menos oficiales (o no oficiales en absoluto) lanzaron como explicación inviable. Cancelaste tus cuentas legales de acceso para no oírlos más. Qué más daba ya, si la enfermedad había estallado en tu cuerpo.

Enfermaste, tus piernas degeneraron, tus brazos también, aunque éstos los pudiste salvar. Llevó tan poco... Siempre has odiado tu cuerpo por lastrarte, por arrastrarte al fondo del mar, cuando tú querías volar hacia el cielo oscuro.


Aún andas (oh, perdóname) perdido. Ahora sólo tienes que cerrar los ojos para estar allí. Ni siquiera reproducir la orden: no hay interruptores, sólo tú, allí, lejos, sonriente. Sissilye te espera al volver una esquina. Te saluda, te besa y te abraza; sonríe, algo alocada. Sentía impaciencia por volver a verte. Pero ella no suele ser así, sino más fría, más autosuficiente. “¿Qué te pasa?”, le preguntas. “Tenía muchas ganas de verte, de estar contigo”, te contesta. “Sí, pero...”, vuelves a empezar. “Cállate. Bésame”.

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“No vale, no abras los ojos”, te regaña. Tú no pudiste hacer otra cosa, entre sus brazos que te estrechaban y acariciaban, entre sus piernas que se enredaban entre las tuyas, que trepaban por las tuyas, dispuestos a no dejar un sólo margen de piel sin entibiar. No pudiste cuando de su lengua bajaron arroyos de miel y colaron suave, bella, inarrestablemente por tu garganta, haciéndote suyo por dentro y por fuera.

“Miel...”, susurraste, aún aturdido.

“Vamos”, te dijo ella, y tomándote de la mano te arrastra hacia el bosque. Te llaman, te tocan el brazo como hace un rato han hecho y cada vez que alguien entra en el cuarto lo vuelven a hacer. Hablan entre ellos, el médico se acerca a tu cara, palmea groseramente. ¡No les hagas caso! No merecen que se lo hagas. De todas maneras son ellos los que no pueden salir del silencio...

Si lo quieres saber, yo te contaré lo que dicen: no recuerdas su cara muy bien, pero el que habla con el médico es tu padre.

Yo te contaré: es tu padre quien habla. Argumenta, razona, trata de convencer más que de persuadir. Pide tu eutanasia. Dice que ya no estás vivo ni de cuerpo ni de cerebro: descubrir las ondas ji en todos los vertebrados sólo ha servido para desconocer aún más al hombre, para alejar una supuesta definición del ser humano... Dado que todo vertebrado emite estas ondas por su electroquímica sináptica, ya tus pensamientos no valen más que los del sistema simpático de un perro. Para ellos tu mudanza al mundo programado no es nada, y tu relación imposible con Sissilye no pesa más que el control inconsciente de temperaturas del cerebelo de un chucho callejero. No te llaman autista, eres sólo carne que respira asistidamente. Y por eso tu padre reclama al Estado tu orgullo, pero su voz no es la de exigir dignidad en la vida y en la muerte; su voz es gélida, deshumanizada. Tu padre quiere heredarte. Nunca fuisteis nada el uno para el otro. A veces dice “Mi hijo merece morir como un hombre”, “Mi hijo no será una marioneta para los científicos”, “Yo le daré a mi hijo la muerte que se merece!, ...

¡Que no te llame hijo!, piensas. “¡Cállate!”, gritas, pero tus labios no te obedecen. “El padre no mata al hijo. El padre... no... mata al hijo.”

Esto fue hace unas horas. O será dentro de unas horas, aún no lo sé. ¿Por qué no me lo dices tú? Yo no puedo saberlo. ¿Por qué no? Bueno, todos tenemos nuestras limitaciones...

La llamas otra vez, pero Sissilye ya no sigue en el complejo, lo intuyes. ¿La habrán matado aquellos que te seguían? ¿Eran programadores, de otra compañía rival? ¿Eran progra¬mas? ¿Por qué la asesinaron? Sissilye debe haber caído en un sueño de muerte porque ya no responde como entonces.

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-Zab, ¿cuál es el sentido de la vida?
-Tu vida y la mía no sé si tienen sentido. Hay gente que se dedica a algo con todo su empeño y hace que su vida tenga un sentido, aunque a los demás les pueda parecer inútil. Creo que cada uno se lo da, pero no lo sé.
-Entonces, ¿a tus programas les has dado algún sentido?
-A los que estaban vivos no.
-¿Yo estoy viva o soy un programa?
-Estás viva pero eres un programa.
-No me has respondido. ¿Para qué me crearon? ¿Para demostrarse lo buenos programadores que eran?
-No... lo sé. No te puedo responder. ¿Qué más da? Yo nací porque el anticonceptivo de mi madre falló. Por ninguna otra razón. Yo le intento dar finalidad a mi vida.
-¿Y cuál es?
-Tú.

Sissilye tardó en responder.

-Entonces, ¿me estás usando?
-Mi vida es vivir todo el tiempo que pueda contigo. Si lo consigo, habrá tenido sentido. Si piensas lo mismo no te estoy usando. Si no, supongo que sí. Eso se llama amor.
-¿Amar es eso?
-Sí.

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Sissilye te amaba: te haría reír hasta qué punto.


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Los perseguidores os buscaron, ellos os escucharon cada vez que hablasteis, os espiaron cada vez que os fundisteis en un solo ser. Ellos estuvieron siempre ahí. Sissilye desapareció como vino un día: sin razón alguna, y no volviste a saber más de ella, y los días (¿o los meses, o los años?) pasaron porque tu cuerpo estaba mantenido por la gestión de tu amigo fiel, y tú la buscaste y no la hallaste. Y ahora te preguntas si a ella misma la trajeron los perseguidores para atormentarte. De cualquier modo: si fuiste encontrado, ¿por qué no podías igualmente ser abandonado, o simplemente perdido?

Y tú no volviste a hablar. Jamás. Y tus ojos se volvieron ciegos a la luz y a las personas, porque te habías marchado allá irremisiblemente. Y sólo una última vez más ibas a regresar.



Sissilye te vio bajo unos árboles de colores imposibles. Comía frutos jugosos que le hacían caer un zumo rojizo por las comisuras de los labios. Te esperaba. Volvía a estar desnuda. El tiempo era muy agradable: una perfecta primavera. Te desnudaste tú también; ella no te sonrió, ni te hizo ningún caso. Tú detuviste tu ímpetu: estabas excitado pero algo no encajaba. ¿Por qué ella no..., cuando normalmente sí...?

-¿Sissilye? -preguntas mientras retomas tus ropas del suelo.
-Te gustaría.
-Siempre me gusta tu cuerpo, y te agradezco tanto que no lo cambies cada día... Me volvería loco. ¿Tú no te preguntas como será mi cuerpo allá, si me lo cambio para gustarte?
-Ese mundo no es mi mundo.
-¿No te preocupa lo que sea real y lo que no?

Te miró directamente, casi te sentiste embarazado. -Yo soy mucho más real que tú- dijo.

-Aquí.
-¿Y qué otro mundo existe, sino en el que uno vive?

Callaste.

-Zab... Algún día no volveré a verte.
-¿Qué?
-A veces hacemos cosas muy extrañas que no sabemos explicar, como si estuviéramos en otro lugar, en una alucinación.
-¿De qué estás hablando?
-Tú estás en otro lugar. No sé quién eres. He aprendido el amor, lo conozco, pero nunca seré como tú. Excepto por tu enorme prisa, no sé nunca si estás aquí. Vosotros morís y tenéis que hacer muchas cosas antes de marcharos, y...
-Ya sólo estoy aquí -le dijiste, tomándole las manos, de rodillas a su lado.

Ella sonrió, te acarició las mejillas.

Los cazadores aparecieron a lo lejos, sobre el camino que llevaba al claro.



¡No, relájate! Escúchame: tus constantes son débiles pero estables. Seguirás alimentado durante mucho tiempo.

Relájate...

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Sólo una vez más ibas a retornar. Los cazadores te buscaron allá donde entraras; durante los años o días que has estado buscándola ellos siempre han estado tras tu pista. Negros, agoreros, implacables, inhumanos. Siempre allí. Armados. Tras de ti. Un día por fin no tuviste fuerzas para huir, ni paciencia para alejarte y volver a empezar la búsqueda cuando el peligro hubiera pasado. Y gritaste dentro de las ruinas destartaladas. El pueblucho estaba vacío. Ella sólo podía estar allí: ella estaba allí dentro. Volviste tus pasos al edificio tras el paseo. El chirrido de la verja oxidada del patio despierta a los pájaros, que empiezan a volar, a cruzarse, a entretejer sus rectas escasamente euclídeas como en el más turbador de los sortilegios. Sissilye está ahí. Los miras intrigado, dudando sobre si su algarabía ya ubicua será una lengua milenaria y propia, si su magia será tal, o si serán las voces de liderazgo de toda empresa sometida a la revisión superior. Si están siendo programados.

Gritaste, en pleno exterior. Pero ella no se descubrió. Los cazadores disparan. En otro lugar, traspasaban tu pecho con largas agujas, en un hospital.


Entonces, te llevaste las manos al pecho y caíste traspasado por un dolor horrendo, con el corazón reventado. Ella se asustó al verte -sí estaba, siempre lo supiste-: corrió hacia ti, te sostuvo entre sus brazos, incrédula, presa de la desazón, casi llorándote. Morías, y lo descubriste. Revelaste tu verdad demasiado tarde, sí; te demoraste demasiado en darte cuenta de que siempre fui yo quien te había estado hablando, que era yo tu conciencia, tu compañero, tu mente. Demasiado en ver que te había soñado... Ahora, descansa en mi regazo, mi niño, mi pequeño: estoy a punto de despertar.


(c) El cuentacuentos






domingo, 1 de noviembre de 2009

El lagarto

El lagarto

a quien me leía este cuento


Paso a paso y peldaño tras peldaño. Dicen que cuando ella subía por las escaleras lentamente, con tanta precaución que le dolía respirar sin levantar ningún sonido, con toda, toda la precaución del mundo, las palabras del padre aún resonaban en sus oídos: “no, no debes oírlo”. “Y tampoco él debe oírme, ¿no, padre?” “No, hija, tampoco. Sería fatal. Mandaría a cielo y tierra sobre ti y no podrías hacer nada.”

... que la torre se clavaba como negra aguja en las tripas del cielo oscuro. Adquiría dimensiones míticas desde dentro; titánicas desde fuera. La torre era inexpugnable: nadie destruiría jamás la torre. Nadie tomaría la torre. Nunca. Por eso la torre había que derruirla por dentro. Al lagarto tenía que matarlo alguien de dentro; eso lo sabían todos. Tanto lo sabían todos que hasta las pitonisas lo habían escuchado y lo habían regurgitado al pueblo como los caballos hacían antes, con las hierbas que pastaban, cuando había caballos y hierba. Las pitonisas que siempre se equivocan habían dicho que llegaría uno de los que vivían dentro que empuñaría la muerte contra el que da de comer y lo acabaría para siempre. Y que todos los problemas acabarían y empezarían ahí. Se rumorea que quiromantes y numerólogos se lo dijeron a los del lagarto y que se lo llegaron a decir al mismo lagarto en persona. Quizá fue por eso por lo que acabó con las pitonisas, por lo que las mató, por lo que exterminó a toda esa generación de niñas y a la mitad de la siguiente. Y tal vez fue por eso por lo que a los esclavos nos obligó a callar. Nos prohibió la lengua, las palabras de respeto, de miedo, de amor, de curación, los hechizos, todo... menos las órdenes. A los esclavos ya nos fue prohibida la voz. El sonido de nuestras gargantas se castigaba. Con la muerte, claro. El único castigo, bien polivalente, era siempre, siempre la muerte. Y no se nos cortó la lengua o las cuerdas vocales. Se nos conservó la capacidad para castrarnos aún más...

... que ella subía arrastrándose casi por los escalones de piedra desnuda, tan desnuda como ella. (A los esclavos nunca se nos dio ropa.) Se movía con sigilo torpe entre la piedra, maravillándose de haber sorteado ya seis veces seis controles de guardias espeluznantes, de presencia y corazón tan fríos y aplastantes sobre el esclavo como el techo de un templo que se desplomase sobre una multitud confiada. Sesenta y seis controles... Ahora empezaba a vislumbrar que sí podía ser cierto que ella fuera la elegida, y que la mano del destino guiase sus pasos sagrados, que aquellas palabras alucinadas del viejo no eran tan desatinadas. Los hombres sabios de la torre se lo habían susurrado o se lo habían ido escribiendo con las uñas en la argamasa de entre las piedras o sobre las piedras mismas a lo largo de los años de su infancia. Desde siempre leyó mensajes como “tú...” y dos semanas después “verás que na...” y un mes y medio después, ya sin señal de la anterior, “die te detiene por...” y se le acababa olvidando, claro, quién era el sujeto de la frase. Ahora las veía todas con una claridad prístina, unas seguidas de otras, textos sagrados de su tribu.

... que cada control que se encontró le hizo tragar lágrimas de terror. Pero se trata sin duda de una falacia, porque jamas derramó una sola de ellas, porque las necesitaría todas y cada una de ellas cuando llegara al final de las escaleras. Antes, un control y otro, como aquél: los guardias gigantescos, los seres de hielo estaban a menos de un suspiro de ella... En su presencia se helaba el aliento y caía congelado al suelo como escarcha; otra razón más de por qué no pudo llorar ni una sola vez. Una mirada apenas, o apenas el ruido de girar los ojos en sus cuencas o de sólo mover el diafragma o de pensar en algo con demasiada insistencia y le quebrarían el cuello como el tallo de un jazmín. (Uno de esos dibujos que los ancestros no sólo se imaginaron, sino que respiraron y besaron y adornaron las nucas y los senos de sus mujeres con collares confeccionados con ellos.) ¿Qué era un jazmín en verdad? No lo sabemos. ¿Qué eran la verdad y los jazmines? No lo sabemos aún. ¿Qué era una flor? Tal vez dentro de un tiempo... Pero ella era precisamente tiempo lo que no tenía para esperar a que acabaran el ciclo, y se arriesgó por lo que antes no había hecho: por el destino en que empezaba a creer, porque había que matar al lagarto como quiera que fuese, a cualquier coste. Los guardias arrastraban sus pesadas patas de varias toneladas y parecían olisquear las emociones del aire y poder separarlas y matizarlas para poder así aplastarlas a todas sin dejar acaso restos que pudieran ser semilla. Ella cerró los ojos, confió en la victoria y cruzó escurriendose entre ellos y sus pesadas patas y dorsos. Uno giró la cabeza, y la miró acaso... pero no vio nada y no puso más atención sobre su persona, ya fundida en las sombras protectoras.

... que se arroscaba como un cáncer, como una serpiente errada que buscase el fuego desesperadamente, hacia un infierno cada vez más arriba, hacia un aire cada vez más insuficiente. Los nervios de la torre, su médula y arterias era la eterna escalera de caracol adosada a sus gruesos muros. La escalera sin fin, la escalera de peldaños inciertos, por cuyos desnudos bordes habían caído o se habían arrojado al vacío miles de hombres a lo largo de tantos siglos de opresión... Cuando aún quedaba valor y esperanza y secreta euforia en el pecho de los hombres y se daba la vida antes de soportar la rabia y el dolor que quemaban más que las heridas, muchos de aquellos intentaron rebeliones para recuperar su orgullo robado. ¿Y quién acabó con ellos? Las escaleras. El lagarto se reiría, si pudiera. Las escaleras mataron a los rebeldes. Uno solo de los guardias se bastaba para sofocar la revuelta; uno solo que lanzase peldaños abajo algo rodante, o a sí mismo. Y todo caería al pozo negro, hasta algún techo o suelo, y meses después serían descubiertas algunas calaveras y costillares quebrados de revolucionario, roídos por las ratas y el tiempo, fuera éste lo que fuese.
... un aire con dueño, como vivo, enemigo, que no se dejaba respirar. Son las únicas -y últimas- palabras que conservamos de ella,

... que jamás dejo de pensar en sus palabras, las palabras del padre... Las que jamás la abandonarían siquiera después de que él cayese bajo las hojas blancas y pesadas de los guardias, las enormes lanzas que lo sajaron algún día sin razón ulterior. Las leyendas no suponen que la elegida quiso jugar como habría querido cualquier otra niña del pasado, y que cuando aquél la sujetase con infinita paciencia para hablarle sobre su importante cometido en la vida ella no le haría caso, y le tiraría de las barbas (porque la higiene... ¿La higiene...? También perdida, con el resto de la dignidad) y le preguntaría aburrida “¿Por qué yo, papá?” aunque sólo fuese con la mirada, en un vagido íntimo de la medianoche, cuando los que dispensaban la vida parecía que también descansaban y sus ojos no nos ataban como cerco de espinas. “¿Que por qué tú? ¿Y por qué otra? Mejor tú que otra; tú vales más, tú lo harás mejor, tú harás que me sienta orgulloso”, respondía él con ademán nervioso, con brusquedad a veces, por lo importante de cuanto tenía que decir. Los esbirros de la falacia dicen que ella lloraba entonces (y tal vez, sólo tal vez, es posible que lleven razón), y que él le contestaba: “no... no llores, no quise decir eso. Tú harás que se sien¬ta orgullosa la gente, pero no de haberte conocido, sino de poder ser gente. Tú nos devolverás la dignidad. Tú serás nuestra madre porque nos traerás de nuevo al mundo. Esto no es el mundo. Ahí afuera es donde está el mundo, y es bonito, es... es ancho y... de colores; esto es una mentira, un mal sueño del lagarto, una pesadilla que experimenta con nosotros. Nosotros queremos ser felices: el lagarto tiene que morir. Tú nos harás felices. No hay más que hablar”.

Los siglos pasaron y la primera mujer creció. El lagarto tenía que morir... El lagarto llevaba teniendo que morir eones, pero sólo envejecía y se depuraba más y más y más, y su piel se volvía más y más verde y sus arrugas más y más profundas, y todos sabían que nunca iba a morir, en realidad. Fue desesperante en los primeros meses, aunque luego olvidamos la palabra mes porque ya no sabíamos qué era la palabra tiempo. Ya nadie sabe lo que significa, la palabra tiempo que también nos robó el tirano, aunque la seguimos usando, no sé por qué, tal vez porque la necesitemos íntimamente. Creo que un mes es un instante. Un suspiro se compone de cientos de meses, por ejemplo. Ya nadie nos lo puede decir: el tiempo se ha perdido. Un eón es mucho tiempo, como dos vidas, y un mes una fracción acaso. Mediríamos nuestras vidas, pero no tenemos con qué: el lagarto es eterno o al menos inmortal, pues ha vivido desde antes de todos nuestros abuelos y sus abuelos, y nosotros morimos con velocidad, muchos incluso antes de crecerles la barba o los pechos, de mañana o de noche, no sabemos. Nunca sabemos; tal vez otros.

Sacerdotisas y hombres sabios lo dijeron siempre, que desvariamos cuando dejamos de saber dónde está la piedra y dónde el cielo. Pero en el final de la escalera, en el horizonte del cielo se funden inevitablemente, y, mal que nos pese, nada podemos hacer. Si ella, en cambio, no lo dudó jamás, entonces las palabras santas que dicen que desde que comenzó a caminar no perdió ya un solo instante en dudar serán ciertas. Nuestra salvadora se dirigió sin fin hacia aún más allá del corazón de la torre. La torre no tenía corazón ni cielo. La torre sólo tenía piedra... y, en algún final, un techo clavado en el corazón del cielo. Tenía largos pasadizos oscuros, tortuosos, estrechos corredores mohosos donde no cabía un adulto -aun malnutrido- más que reptando sobre sus rodillas y anchas estancias coronadas por la negrura del abismo alto y la visión lejana de la escalera mínima, donde el frío de la piedra sólo lo podían remediar los hombre juntándose con sus iguales; pero la prometida marchaba sola, hambrienta y cansada: sorteó puertas gigantescas sin forzarlas, pasando meses sin comer ni dormir hasta que un guardia las quería franquear y en ese instante se deslizaba por detrás, siempre las manos a la espalda, los dedos callando el silbido de las armas entre el aire. Otras veces escaló enormes muros de piedra sin pulir, desnudos hasta las falanges los dedos que temblaban y sangraban, buscando con denuedo la imperfección de la construcción. Y reptaba luego por las madrigueras de las alimañas que le herían la piel blanca en silencio de lágrimas no vertidas...

... que la mujer que nos abriría el portón de la aurora tuvo una causa personal para hacer lo que hizo, que un día se enamoró (y por esto mismo era la prometida, pues esa idea había nacido de la nada del olvido) de un bello joven de vida corta, con el que aprendían a sonreír en el manto de penumbra. Murmuran que el lagarto mató a su retoño y eso fue lo que la decidió a caminar. Pero nosotros gritamos indignados que eso es un mentira, y que la prometida no cumplió una vulgar venganza, y que su amor no fue restringido y único, sino que nos amó a todos. A todos los hombres y a todas las mujeres.

... que el amor se inventa cuando se ha sufrido la humillación de olvidarlo, como una buena mala hierba. Se recordaba que los hombres que al principio la vieron, muy al principio, no intentaron, en general, detenerla. Parleras y rumoreadores esparcen, sin embargo, veneno impunemente sobre su recuerdo, y dicen que su orgullo, el de los varones, podría... pero lo que intentaban siempre era besarla y quererla. (Y también las mujeres.) ¿Orgullo? Debe ser una broma. Quererla era lo único... El gusano les había quitado el sexo. (Y también el amor.) Los hombres y las mujeres intentaban simular cómo sería quererla, pero no lo sabían, y sus torpes intentos eran como el perro que guía ciego en medio de la tormenta hacia ninguna parte. Antes de que nadie naciera el lagarto ya había prohibido cualquier excitación emocional psicosomática. En la torre no había emociones. Las emociones agrietaban la piedra. Las emociones que resquebrajaban la piedra fueron prohibidas en decretos no escritos, y los incestuosos, violadores, adúlteros, esposos, amantes, mirones o fantasiosos fueron por igual pasados a cuchillo. El gusano mató la emoción y los muros ese eón se pusieron fuertes y lustrosos como nunca. La procreación y las caricias se volvieron algo criminal. Cuando se necesitaba más mano de obra, para reforzar los muros y hacer crecer la torre, se echaba mano de un hombre, un guardia le aplastaba los testículos y con el batido blanco-carmesí se fecundaba a cinco o seis hembras. La pérdida no sería cuantificable. Ninguna madre jamás vio a sus hijos: éstos eran adjudicados a ciertos seres probadamente pacíficos cuya formación nunca iba a ser contraria al lagarto. Los pedagogos del lagarto, que eran bien alimentados y dormían caliente, cuyos licores no faltaban a la mesa, que además comían en mesa, los fieles, que todos sabían quienes eran, cuyas traiciones se recordaban una por una maceradas en la sangre que fue vertida aquella vez para comer caliente y con lo que llaman cubiertos y dormir entre mullidos cojines, jamás olvidadas, y por ello se les culpará siempre de que se matara también a cualquiera que recordase sus nombres. Y por todo esto y muchas otras cosas que se han olvidado con tantos golpes en el cráneo, los hombres empezaron a pensar cosas diferentes de las que sentían, y nadie se dio cuenta de que ese era el veneno que manaba de las venas escleróticas del lagarto, los fluidos innombrables que alimentarían hasta el final de los tiempos su cuerpo que ya no podía ser sino alma...

... que al lagarto tendría que matarlo alguien de dentro. ¡Como que nadie lo había visto jamás! De hecho, ni se sabía acaso dónde encontrarlo. Pero en esa nimiedad no pensó nadie: no se renunció a la ilusión. Lo sabían todos, que ella, que iba a matar al lagarto, sabría dónde encontrarlo, era indudable. Llegando a la altura del control octavo, o el décimo, su vida de antes, empezó a dejar de tener sentido, y ella misma olvidó su nombre, y su padre, que murió asesinado -en realidad, todos murieron descontentos, frustrados, asesinados- y era el único que podría haberlo dicho a las generaciones que vendríamos después, no pudo comunicárselo a nadie. Las vidas de nuestros hermanos muertos han sido tan desdichadas, tan anuladas que, a excepción de yermas denuncias, se puede decir que sí fueron borradas. El lagarto venció a nuestros padres y ella iba a eliminarlo a él por el bien de todos. Estaba escrito en las paredes, susurrado en las lóbregas corrientes del torreón. Estaba escrito todo menos su nombre, y por ello nadie la recuerda como tal, y la llamamos la primera, ella, la que mataría al lagarto y otros títulos que, como quiera que sea, nos la alejan sin remedio, y hacen que ya no podamos casi ni imaginarla excepto con sus armas en las manos, y ya nunca sonriendo ni hablando ni comiendo. Que ella mataría al lagarto pero que a cambio pagaría un alto precio.

... que el lagarto no se alimentaba de los niños nonatos, sino de sus madres y padres fuertes. Que bajo la mirada de fuego del inmortal la prometida sufriría dolores jamás imaginados, y que cuando desplegase sus alas aceitosas, anchas como toda la superficie de la torre, y las serpientes fluyesen de sus heridas que cicatrizaban instantáneamente, la favorita lloraría de horror y de impotencia y entonces todo se resolvería, y el destino que la había guiado hasta allí probaría finalmente quién era más fuerte, si el lagarto o él mismo... Es lo que dicen las voces. Y era una idea agradable que el destino la guiara, pero si se descuidaba un poco, siquiera un instante, los guardias la apresarían y el lagarto la ensartaría en grandes agujas hasta verla morir disecada. Y el destino se reiría indolente, irresponsablemente, y con suerte volvería a darnos en otros mil eones una nueva heroína, pero nosotros ya no estaríamos ahí, nosotros, no un pedazo muerto de historia, arbitrario número entre el veinticinco y el vein¬tisiete sino un veintiséis único que jamás se repetirá.

Al final, entre otras cosas, por lo que supimos y nos contaron otros que otros les contaron, en los que confiamos o confían quienes conocemos (porque, en realidad, todos o casi todos supimos que alguien partía para matar al lagarto, pero ¿cuándo?, pues ¿qué era el tiempo?) y desechando las mentiras que pergeñan los que desean confundirnos, sabemos que ocurrió esto.

Dicen que ...

por fin lo tuvo cara a cara. Abrió una puerta La sala era enorme, grande como el resto de la torre, vacía. Tal vez algún pendón colgaba polvoriento de las paredes, pero no consta en lo que hemos averiguado; nunca lo supimos. Sentado en el sillón gigantesco de huesos blancos no era sino una pulga, un pingajo, un ser risible y lamentable. No imponía respeto, no imponía miedo. No imponía nada, ni sugería, ni hacía gracia porque no se sabe ya con certeza qué es el humor: eso también fue eliminado, al principio tal vez, los primeros meses. En su piel de pergamino se hallaba toda la vida cobrada, todo el tiempo robado. Quiso decirle “te escuché desde el prin¬cipio, te estaba esperando” pero sólo pudo elevar fatigosamente las pupilas hacia la mujer y respirar una vez más. Ella se le acercó despacio, intentando aparentar un paso majestuoso aun sin referente, inventando un porte de reina que va a impartir justicia. Justicia, sí... pero, ¿de qué se podía tratar, si “eso” también debió morir apenas los primeros meses?
Dudas. Que tenía dudas. Dudaba porque jamás antes se había sentido tan universalmente humana... ¡Pero el lagarto tenía que morir! Y siguió andando a paso lento, hacia él. La momia intentaba abrir la boca para gemir pidiendo auxilio, pero el esfuerzo que tenía que realizar para abrir los labios derrumbados le superaba con creces. Ella se le iba acercando, las manos siempre a la espalda, callando el grito de su daga, sin perder un instante, y cuanto más cerca de la vieja oruga, más prietas parecían sus carnes, más de rosa sus pechos, más airados sus escasos cabellos, y más soberbio su exagerado mecer de caderas. Se dio cuenta de que estaba queriendo intimidarlo. “¡No! ¡No quieras ser más que él! ¡Tienes que matarlo con indiferencia! ¡Es capital! ¡Si no, todo se habrá perdido!” habían dicho las pitonisas unos eones antes de que ella naciera; su padre se lo recordó un mes antes de salir en busca del lagarto para darle muerte. Y ahora ella caía y se preguntaba nerviosa si sería demasiado tarde, si habría ya fracasado por ese absurdo coqueteo con el reo de muerte.

Puso su pie en el estrado que elevaba el soberbio trono de huesos resecos y se acercó a distancia de tocarlo con su mano. El espantapájaros hizo un esfuerzo sobrehumano para acercársele y ella sacó sus dos tesoros de la espalda, sus dos armas mágicas: un par de guantes, de piel humana, y una daga de metal negro, bruto. Se calzó los guantes frente a la mirada de ceniza del viejo dragón, se los ajustó y empuñó el cuchillo (“Que no te salpique la sangre del lagarto; es corrosiva, y te puede envenenar y quemar para siempre”) con firmeza. Mirando más allá de él, sin dedicarle una sola emoción, atravesó al viejo por el estómago una y otra y cien veces. El cuchillo parecía matarlo una y otra y mil veces, por cómo agonizaba y quería gritar y cómo intentaba suscitar salvajemente la emoción del corazón de la mujer, robarle los sentimientos que nadie supo jamás si había tenido. Él mismo le la había robado la pasión a los abuelos de los abuelos de los ancestros de su némesis. El puñal cosía y descosía la panza del lagarto, que trataba de agarrarse a los brazos del sillón como a la vida, o intentaba asir los brazos de la mujer para detener su crimen. Ella apartaba paciente la irrisoria oposición que le ofrecían las tristes varillas del viejo con su mano enguantada, sin mancharse. (“Que se mate él; tienes que hacer que se mate él”.)

Por fin comprendió. Empalándolo con más violencia que ninguna de las veces anteriores, entró la otra mano dentro del pañal del anciano y empezó a manipular. El lagarto se revolvió, sensibilizado salvajemente. Ella siguió manoseando suavemente. El lagarto se revolcaba sobre el mango, y el puñal, quieto, hería más y más su mísero cuerpo, hasta que la enorme tronera llegó al corazón y el lagarto expiró con un gemido fuerte. La vida y la muerte acabaron con el eterno. El guante estaba empapado.

Nadie dice que la primera tuvo que quitarse los guantes como cualquiera de nosotros, uno primero y luego el otro: todos se apresuraron a decir que la primera obró otro de los milagros: que se pudo quitar el segundo guante sin mancharse de la sangre venenosa del lagarto. Nosotros creemos esa verdad aun cuando otros la cuestionan, y nos llaman a nosotros lagartos, y claman -tal vez aprendiendo a usar en ese momento sus olvidadas lenguas- por nuestra eliminación. Insultan a la primera mujer y niegan la validez de su obra, escupiendo sobre su lápida vacía, que nosotros sabemos no fue necesaria porque ella se inmoló tras su acto, para que a nadie salpicase la sangre del lagarto, rezan los códices. Los apóstatas mienten. Mienten siempre. Mienten cuando dicen que la primera mujer se impregnó de la sangre del lagarto, que los hombres -y con ellos su piel, por fuerte que lo deseen- nunca serán del todo impermeables a la sangre.

La predestinada aguardó a que algo sucediera. Tras matar al lagarto todo tenía que cambiar: la piedra tenía que volverse madera y flores, los esclavos llegar gritando y riendo (cualesquiera que fueran los significados de esos verbos olvidados) y los suelos y los techos bascular y derrumbarse con jolgorio hasta no conformar en total más de un quinto plano. Algo tenía que ocurrir inmediatamente...
Aguardó. Nada ocurría. Quizá, pensaba, no tan inmediatamente pero pronto sí que tendría que notarse alguna variación en el orden de la vida. En algún gesto debía traducirse antes o después que ella había dado muerte al lagarto...
Se sentó en el helado suelo de piedra de la cámara. Miró a un lado y a otro. De toda la colosal estancia sólo disputaban al vacío el espacio dos formas: el trono de huesos alto como tres hombres y el guiñapo sanguinolento. Con tranquilidad, cayó dormida...
Y despertó, meses después, entre frío y calambres, de una larga pesadilla, ya con escasas esperanzas de la más leve novedad. El trono y el recuerdo del tirano le seguían haciendo compañía. Ella, tras largos años de aburrimiento, empezó a posar sus ojos sobre sí misma porque era lo único que le quedaba ya. Se tanteó por detrás; se peinó de diversas maneras; se mordió las uñas; se masturbó con y sin guantes; se limpió de legañas; bostezó, pensó, meditó, orinó por las esquinas, recordó al lagarto (“te estaba esperando”), intentó el lenguaje y miró a la puerta esperando una señal... que no llegó jamás. Y la pesada puerta que se cerró tras su entrada valerosa, siglos antes, no volvió a abrirse.




Las voces hablan y dicen. Dicen, dicen, dicen... Siempre dicen. Las voces callan sólo para hablar con obstinación siempre mayor. Farfullan mentiras y verdades todas juntas, sin criterio y sin verdad, cada cual queriendo dar sentido a su absurda historia, la historia de todos y de cada uno de nosotros. Yo ya soy viejo, y muero dentro de poco; para mis iguales ya no soy sino un estorbo entre ellos y lo que haya detrás de mí. Yo les pregunto si es que no la ven, la pared, el formidable muro fuerte que nos encierra en la torre y nos separa del mundo de verdad, que está ahí afuera; y si no la pueden ver, que por qué no la quieren tocar... Y ellos me con¬testan que para qué quiero ir ahí afuera, se sonríen, repiten burlándose eso de “afuera” y me dejan por loco.

... que los hombres dejan de estar unidos cuando dejan de soñar con el mismo cielo. Que cuando se quieren cosas diferentes se recuerdan amigos nuevos. Que el corazón de los hombres se corrompe con facilidad, y que la verdad no es una sola. Y tal vez esto sea cierto a veces, sobre todo cuando el corazón no está corrupto y la verdad puede ser múltiple. Que la primera no nació nunca, o que el lagarto, alguien asegura que ha oído, tiene rasgos de mujer.

Los hombre soñamos en voz alta, y -no me atrevo a decir cuándo- nos exterminaron por ello, nos usaron como a los bueyes de la leyenda, los que tiraban el carro lleno de comida y juguetes bonitos. Nos golpearon la cerviz como a las bestias hasta que doblamos la cabeza o se nos quebró el cuello, en un insensato ejercicio de ilusiones estériles como el mismísimo lagarto. Seguimos imaginando que sobre todas las piedras y las torres, por altas que fuesen, habría un hermoso cielo rojo esperando para dar cobijo a los sueños que quedaran después de los que se hubieran fundido con el cráneo y los sesos de sus anhelantes criadores.

Sí que se dicen muchas cosas, muchísimas cosas. ¡Y hace tanto, ya, que a los esclavos nos fue prohibida la voz!



(c) El Cuentacuentos