Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

lunes, 4 de junio de 2012

Cómo organizar un club de lectura


Un grupo de lectura o club de lectura, ¿qué es? ¿Vives cerca de una biblioteca y te has detenido en alguna ocasión delante de un cartel que reclamara tu presencia en él, como los de reclutamiento yanki? ¿Qué se hace en esos clubes o clubs? ¿Se junta la gente para leer? ¿No es eso un poco lento? ¿Se juntan para escribir? ¿Se juntan? ¿Qué? ¿Qué?

Nota: Estas preguntas son una cretinez: en este blog hay veinte seguidores aproximadamente que son buenos lectores y que no necesitan que nadie les diga que en las bibliotecas no se degüellan ovejas vírgenes y quizá algún que otro lector intermitente. Los demás suelen entrar a pescar información seleccionada desde los buscadores y nunca leerán esta entrada.

Un club de lectura es un grupo de gente que se pone de acuerdo para leer. Igual que un club de pesca es un grupo de gente que se junta porque quieren pescar.

Pues bien, para quien no lo sepa, un club de lectura funciona de una manera muy sencilla. Por si a alguien le interesara montar uno en lugar de participar en uno ya consolidado, os digo cómo hacerlo en pocos pasos.

0. Elegid un grupo de lectores. El grupo sale mejor si los lectores tienen algo en común, salvo que lo convoque una institución como puede ser una biblioteca pública, que no es el caso. Tened paciencia: la gente se apuntará más desde la segunda o la tercera reunión.

1. Elegid el primer libro. El que más interés tenga por que se haga el club, que elija un título que pueda gustarle a casi todo el mundo. Es decir, narrativa contemporánea.

2. Elegid lugar y fecha para la primera reunión. Puede ser un sitio público, muy formal, como un aula o una sala de un centro de barrio, o bien algo más lúdico. Como se supone que un club de lectura es algo que la gente hace para divertirse y aparcar el mundo por unos instantes, yo recomiendo el bar. El bar es invencible. Y en el bar, pedid platos y tapas al centro, nada de un cubierto individual que eso fomenta el autismo.

Pongamos un ejemplo… Así pues, tenemos el inicio: X piensa que sería estupendo montar un grupo de lectura, así es que le manda un correo a sus amiguetes Y y Z y les sugiere empezar por el libro A. Pero Z ya se lo ha leído, así es que cambian al libro B. Quedan para dentro de tres semanas –tal día, cual hora- en el bar M a mediodía o por la noche. Y allí que van para tomarse unos pinchos y hablar del libro. X, para que la reunión no se estanque en un “a mí sí que me ha gustado” (que lo dirá Y, que es un entusiasta) vs “a mí no me ha gustado nada” (intervención de Z, que es un cenizo) se prepara un mínimo guión con unos diez aspectos del libro sobre los que le gustaría hablar o que se hablara. Pueden ser cosas como el léxico, los personajes –en conjunto o en general-, las partes del libro, las ideas que el autor trata de transmitir, si ha querido ser irónico en algún fragmento, etc.

Los clubes de lectura tienen muchas variantes, es decir, que se pueden configurar de muchas maneras. ¿Un club más democrático? Desde la segunda reunión se aceptan propuestas y al final de la reunión, antes de irse, se vota el libro siguiente. ¿Un club más aventurero? Cada lector propone, por turnos, una lectura. ¿Un club más ordenado? El jefe del club hace una planificación de todas las lecturas. ¿Un club más popular? Sólo se eligen las lecturas entre libros de narrativa contemporánea en edición de bolsillo. ¿Un club más sesudo? Se aceptan poesía y ensayo.

En mi experiencia personal, debo decir que he participado en tres clubes de lectura con anterioridad, en Murcia primero, en un centro de día, después en Extremadura, más tarde en la Biblioteca regional en Murcia, y actualmente estoy en otro, en mi centro de trabajo. Y de veras que así las cervezas tienen mejor sabor. Y los libros mejor color.




viernes, 1 de junio de 2012

Un encargo difícil, de Pedro Zarraluki

Cuando vi Indiana Jones y la calavera de cristal no salí contento de la sala. Fue una auténtica lástima. Y además, una pequeña y rabiosa rebelión contra mí mismo. No sabía si debía estar muy cabreado o simplemente molesto. Pero el problema fue que no resultó sublime. Las dos veces que fui a ver Indiana Jones y la última cruzada salí del cine divertido, excitado, arenalinizado -perdón por la invención-, enamorado de Elsa -recuerdo aún ese inaudito bocado al labio del aventurero, poco antes de descubrirse que va a ser la traidora femme fatale-, odiando a los nazis y queriendo que mi padre fuera el doctor Henry Jones, si bien un poco ya se le parecía.

Eso fue con esa tercera entrega de las aventuras del arqueólogo. La pregunta, claro, es: ¿y qué tiene que ver el doctor Jones con la guerra civil española, con Pedro Zarraluki y con los encargos difíciles? Yo diría que ojalá el doctor Jones (hijo) nos hubiera ayudado a contener el golpe de estado, pero vista la película, la otra, la que no fue soberbia, Indiana Jones y los marcianos de ojos de almendra (también llamada por algunos Indiana Jones y la calavera de cristal con ojos de almendra), tal vez me daría miedo anticipar que el aventurero se habría aliado con los militares. Indiana Jones saludando a Franco, con un cierto humor, pero decididamente en su bando. Quien, en la guerra fría, antes de ser ejecutado -ejecución de pacotilla: esa escena se produce en el minuto veinte, aproximadamente, por convenciones cinematográficas no tiene viso ninguno de ser exitosa- grita "Viva Eisenhower" es un fanático estúpido, no el maravilloso personaje héroe de mis años de infancia.

La relación, claro está, no es esa. La relación es más simple, y es una pequeña obsesión mía que toma cuerpo conforme pasan los años y me doy cuenta de que, como dice mi amigo Juan Antonio, no leeré todos los libros, ni veré todas las películas: el libro -la película- debería ser sublime, pero ¡sólo es bueno, nada más! El puñetero horizonte de expectativas de Jauss e Ingarden. ¿Queréis saber qué es eso del horizonte de expectativas? No oigo las voces del respetable, pero como el blog es mío, o de la anciana, entenderé que sí y lo explicaré como buenamente pueda, porque no es una idea fácil. Los lectores somos personas que nos comunicamos con otras personas-lectores y demás medios que nos proporcionan información sobre los textos antes de leerlos (y enfrentarnos a ellos, y proporcionarles sentido a sus numerosos vacíos de significado) por nuestra propia cuenta. Además, hemos efectuado anteriormente numerosas lecturas que nos proporcionan conocimientos que presuponemos pueden sernos válidos. Ambos factores, sumados (información pre y para-textual y bagaje lector), hacen que nunca cojamos una lectura de la nada sino con una serie de expectativas, previsiones y/o deseos que pueden cumplirse o no.

Aquí es donde radica el problema y donde se puede por fin hacer que el doctor Jones (junior) estreche la mano de Markus (pese a ser filonazi) y de Benito (pese a ser un asesino y un ex-anarquista). Cuando comenté a mis amigos que La historia del silencio me había gustado pero que, por desgracia, me había dejado la sensación de poder ser más, estos lo entendieron. José Oscar registró en los comentarios de aquella entrada su cercanía y su gusto por aquella novela, que, además, curiosamente, es una de las entradas más transitadas de este blog, a lo mejor por las búsquedas selectivas que suponen la mayor parte de su tráfico. La segunda parte, cuyo resultado fue de mayor extrañeza, era el comentario de que iba a comenzar una novela que pesqué en casa de mis padres: Un encargo difícil, de nuevo de Zarraluki. "Si no te ha encantado la primera, no pierdas el tiempo" era el comentario más escuchado. De nuevo el tempus fugit y el consumo cultural.

Pues empecé a leer Un encargo difícil. En pocas palabras, su argumento es el de unos personajes exiliados en un islote miserable -al menos en ese momento, desconozco si hoy algún edil ha decidido embolsarse algunos millones construyendo allí el Pajera Ressort o el Caraja Hills- del archipiélago balear a final de la Guerra Civil Española. En la islilla de Cabrera es donde confluyen varias vidas: la de estos dos personajes, la de un extremeño que lidera un misérrimo cuartel militar, la de dos refugiadas-exiliadas políticas, madre e hija republicanas, la de un pescador que pierde la memoria en tierra, etc.





 (Imagen tomada del blog del escritor Pablo Martín Carvajal)




Para mí, esta novela se estropea en su último tramo. El final de Una historia difícil parece resolverse con un -amargo, no voy a desvelar aquí por qué- deus ex macchina, y deja un poso de comedia barroca en la que los graciosos se casaran entre ellos y los segundos galanes y damas también, por no hacer feo. La isla entera, por no decir la novela entera, rebosa una amabilidad que a mí no me ha gustado, si bien es cierto que la novela soporta una revisión histórico crítica a la perfección, y lo mismo pasaría si se analizara la verosimilitud de los sucesos que en ella se cuentan. (Ahora bien, la verosimilitud de los sucesos de una novela histórica reciente está sometida, inevitablemente, a una perspectiva política.). Un personaje, la cantinera, filosofa, pero desde su sanchopancismo y con el contrapeso de un marido que le pega; esa violencia queda en el aire: ¿el narrador la olvida, el escritor la acepta o la soslaya, o simplemente la testifica? Los asesinos tienen escrúpulos, y los mandos franquistas militares (los pequeños) son prácticos y humanos más que dictatoriales y necios. En la novela no hay peso sin contrapeso. Y eso es precisamente lo que a mí no me convence. En la novela, y esto es una apreciación totalmente personal, el escritor se da en cuanto ofrece un libro. Qué escribe tiene sentido, y qué no escribe también tiene sentido.

Se me ocurre lo siguiente: al leer esta novela he pensado en una película que he visto varias veces y que siempre me ha gustado bastante, que es Mediterráneo, de Gabriele Salvatores. Pero Mediterráneo es la claudicación de los soldados en pos de la cultura mediterránea, mientras que en Un encargo difícil, por rizar un poco el rizo y volverme un poco pedante, a mí me parece que la cultura mediterránea claudica en pos de una pacificación o sedación. En España, el problema de la sedación, ahora que Garzón ha sido retirado de la judicatura y de que no hay más que 90 casos de fraude fiscal en todo el país, es el de la poca fe. Desde ese punto de vista, a algunos nos escuece especialmente encontrarnos con -aunque sea poco- el maldito buenismo. La justicia es la justicia, y mirar para otro lado es sólo pecar de cortoplacismo dejando nuestras responsabilidades para los que vengan después. Cuando vivo, lo hago políticamente, así como cuando leo y cuando hago muchas otras actividades en mi vida. La política, sea la que sea, es un posicionamiento vital. Personalmente no busco una novela de la revancha, pero tampoco una de la tabula rasa, y para mí (y repito, sigue este siendo un juicio totalmente personal) esta novela lo es. Y lástima que me da decirlo, porque algunos pasajes son auténticamente poéticos. (Otros, melodramáticos, otros sólo funcionales) y, como en La historia del silencio, el narrador tiene talento y también lo tiene el prosista.

¿Se le nota la costura a esta novela? Su estructuración de breves fragmentos está bastante bien llevada a cabo (no tan bien como en Bariloche, de Andrés Neuman pero también bastante bien), pero hacia el final... Bueno, un poco sí se le nota que es un constructo hacia el final. Este, el que quiera que sea -nada de desvelarlo-  es previsible. Los giros de los personajes también, aunque su identificación con símbolos les dé mucha más carga poética...

En fin, yo creo que es una novela razonablemente buena, bien escrita, pero éticamente me ha repelido un poco su visión del mundo; a lo mejor no la he entendido. Pero mientras tanto, dejo a Zarraluki en el aire y me dedico a terminar Las uvas de la ira, que aún le faltan trescientas páginas.


viernes, 25 de mayo de 2012

Escasa actividad del blog

Una gran disculpa me cabe para mis pocos y buenos lectores, que me han llegado a decir "Me paso por aquí cada dos o tres días a ver si has escrito algo; últimamente estás escaso, ¿eh?". Llevo unas semanas sin pasar por aquí y sin escribir nada. Tengo algunos libros por comentar (Un encargo difícil, El jardín colgante) y mucha música que compartir. Tengo que llorar públicamente por no poder ir al Sonisphere esta tarde, y comentar mis primeras ideas sobre Las uvas de la ira.

¡A ver si tengo un ratillo!


viernes, 13 de abril de 2012

El secreto de Christine, de Benjamin Black


A lo mejor aún queda alguien en el mundo que no sepa que Benjamin Black es la personalidad literaria alternante de John Banville cuando le apetece escribir novela negra. Para ti, que aún no lo sabes, va esta nota introductoria. Para todos los demás, la entrada.

Un día leí en las páginas de Babelia sobre Benjamin Black y lo que leí daba ganas de salir corriendo disparado hacia la librería más cercana (Diego Marín en mi caso) y pedir el libro para empezar a leerlo según se regresaba a casa. O, más bien, dado que el Babelia me lo suelo llevar de casa de mi padre al día siguiente y se publica el domingo, lo que sugeriría esa maravillosa reseña sería ni más ni menos que arrodillarse ante los mostradores cerrados y plantar la tienda de campaña para ser el primero que tuviera semejante maravilla.

Los críticos exageran.

(Yo, que lo soy de medio pelo, lo hago.)

¿Banville o Black? Foto de El País tomada de www.elpais.com


El secreto de Christine (vaya título más anodino, por el amor de Dios, con lo bonito que es el original Christine Falls con su juego de palabras a partir de que Falls es apellido pero también significa homónimamente como verbo algo que tiene que ver con la trama) es una buena novela negra. Pero no es el final del mundo. Y no es Los infinitos. No he podido dejar de compararla con Los infinitos, lo siento. Son géneros diferentes, lo sé, pero es que son tan distintas y aquella me gustó tanto que ésta, sin estar en las antípodas, sin ser aborrecible ni fastidiosa ni un peñazo -repito que no es una mala novela- no es tanto como aquella.

Sobre qué trata no debería hablar mucho. A fin de cuentas una novela negra basa parte de su interés y de su mérito literario en la construcción (y reconstrucción) de la trama, con unos sucesos de los que el lector y los personajes saben más bien poco pero que a simple vista no asemejan nada bueno. Únicamente diré que tiene que ver con las investigaciones de un patólogo forense, Quirke, sobre el destino de una chica recién fallecida cuyo informe parece estar burdamente corregido. A partir de ahí, un mundo. (No he desvelado nada nada nada, lo juro.)


Benjamin Black hablando sobre Christine Falls

Una novela negra, a mi juicio, también debe contener una buena ambientación espacial. ¿Christine Falls la tiene? Dublin en los años 50 es la ciudad elegida. Echo en falta una referencia a la guerra mundial, la verdad, aunque mi inclutura histórica me impide tener un fundamento claro de si Irlanda sufrió directamente el infierno de la guerra o no, y no estoy dispuesto a bucear en la wikipedia para pescar un dato que olvide cinco minutos después de publicar esta entrada, al menos un poco de dignidad; de cualquier modo, con Irlanda bombardeada o no, el mundo entero y la historia del pensamiento habían cambiado radicalmente y no creo que la Irlanda de unos cinco a diez años después existiera en una dimensión independiente. Sólo a final de novela hay alguna mínima mención.

Los pequeños decorados también son fundamentales. Aquí hay tabernas, callejones, grandes mansiones frente a un mar amenazador, un mar de denuncia. (Moss Manor es escalofriante.); está el hospital, la luminosa obstetricia y la lúgubre morgue de los personajes que son unos dióscuros de un Zeus que es el juez. ¡Redactando estas líneas me doy cuenta de que este Banville es un enamorado de la mitología! Pero es que también se puede hablar de un Edipo, de una Amaltea, etc.

Los personajes ofrecen luces y sombras. Normalmente están definidos por muy pocos trazos característicos sobre los que el narrador hace un ostinato musical (la cojera y corpulencia de Quirke). No me ha gustado la pobreza de personajes secundarios (aunque sean estupendos hay muy pocos, como Andy y Claire, Costigan, el poeta, Brenda Ruttledge o Philomena, qué bonito el personaje de Philomena) ni tampoco la reutilización constante de personajes para todas las subtramas, que me ha dado la impresión de que los personajes acaben siendo chicos para todo, actores sobreempleados. Psicológicamente se puede decir que son muy buenos. Y muy fumadores y bebedores, jaja. Qué bien que se haya dejado memeces políticamente correctas: todos los personajes fuman -salvo un abstemio que es peligrosísimo, jaja- y beben bastante. Quirke lucha contra su alcoholismo antes que contra ningún complot ni enemigo. Rose es estupenda, Phoebe es muy real como joven contestona. Malachy es pétreo, y Andy y Claire son simplemente magistrales. (Qué maravillosa es su pequeña historia, simplemente no hay palabras para describirla.)


Tráiler subtitulado de Albert Nobbs, con guión de Banville


Banville es un amo de las palabras. Yo esta novela la he leído en traducción, así es que en realidad lo que me he metido al cuerpo ha sido una suma de ideas de Banville, de estructuras de Banville y de palabras de su traductor. (Esto en estudios literarios se llama inventio, dispositio y elocutio, por si a algún depravado le causa curiosidad). La traducción de la novela es buena, pero no brillante. Hay algunas partes donde los significados quedan muy ambiguos (no sé si es la intención de Banville, bien captada por su traductor, pero parece que no crea un efecto muy llamativo, lo que me lleva a pensar en un fallo de traducción), y otras en que se repiten palabras innecesariamente, aunque de nuevo podría ser cuestión de Banville.

Pues eso es todo; por el momento prefiero a Banville antes que a Black, pero no es un mal libro, vaya que no. Las primeras cien páginas cayeron en una tarde relajadamente en casa, y tras esto ha acabado leyendo mientras paseaba a la perra por la calle, en la sala de espera de un hospital, en la playa... Quizá necesité menos luz y más humo, frío y whiskey. El caso es que pienso que ¡con la ley antitabaco complicado va a ser!




jueves, 12 de abril de 2012

Trouble and Strife, por The Hillbilly Moon Explosion

Descubrimiento de D. Ángel Carmona y de D. Diego RJ, cortesía de Radio 3.






lunes, 9 de abril de 2012

Equivocado sobre Japón, de Peter Carey

Me encantan los cómics, pero prefiero el americano y sobre todo el europeo al manga, que siempre me ha resultado un poco extraño. Me intriga Japón, aunque no me apasione. ¿Por qué empecé a leer este libro cuya portada es un dibujo estilo manga y cuyo título contiene la palabra Japón?

Puede ser -estoy decidiendo que va a ser- material para otra entrada, una enteramente dedicada a la BRMU o Biblioteca Regional de Murcia.

Acababa de leer HHhH, arriba reseñada, y necesitaba otra lectura que no me vapuleara tanto en ningún sentido, ni en lo estiístico ni en lo temático ni en lo estructural ni en nada. Quería algo ameno y tranquilo. Y aquí lo encontré. Quiero decir, aquí coincidí con ello. En realidad, secundando a algunas personas que me han enseñado bastante, afirmo que cuando no se sabe lo que se busca, nada se encuentra. Por ello debo hablar de coincidencia y no apuntarme el tanto de descubrimiento alguno. Al César lo que es del César, y yo al menos esta vez no lo soy.

Equivocado sobre Japón es un libro de viajes actual. El libro de viajes, en un mundo empequeñecido por la inmediatez de los medios de masas, de internet, etc. es un género que ha envejecido con dificultad. Cualquier página web y cualquier foro destripan las novedades que un libro de viajes podría proporcionar, de modo que si algún interés tienen hoy en día, éste no cae apenas en lo descrito sino en la mirada del viajero que es lo único que difiere de un medio a otro.

(Imagen tomada de la web http://www.abc.net.au)

En Equivocado sobre Japón asistimos a una perspectiva principal -la de un escritor adulto de éxito- confrontada con otra, muy bien comprendida y aprehendida por la principal que es la del hijo de este, un joven de doce años con muchas ideas muy claras pero pese a todo adolescente. Ambos emprenden un viaje a Japón basado en unas entrevistas como excusa (con los creadores de Gundam o de Mi vecino Totoro entre otros), y sus encuentros y desencuentros, sus diálogos y diferentes impresiones son posiblemente lo más valioso del libro (quizá hay algo de El Quijote ahí, si no de las Cartas persas o de ambos). Los episodios con los lugares, personajes y acontecimientos variados dependen en gran medida de que el lector tenga algún conocimiento sobre el asunto, porque el libro, pese a no exigir un lector muy especializado, sí necesita poder establecer unas mínimas premisas o lazos entre escritor -y materia japonesa- y lector.

El libro derrocha una actitud dialógica, democrática y polifónica. Asistimos a diferentes culturas, diferentes ideas sobre culturas, diferetes intereses, diferentes mitos tumbados y mitos nuevos erigidos. Es muy enriquecedor si ya se poseía algo. Si no, un capítulo entero dedicado al gatobús de Totoro (exagero) y otro a las armaduras de Gundam pueden resultar excesivos.

En definitiva, un bonito diálogo, una interesante incursión sobre un país demasiado mítico y una ingeniosa renovación del género.




HHhH, de Laurent Binet


Antes que nada: gracias Diego (¿o debo decir Alfonso?), gracias papá, gracias Juan Antonio. Qué buenas novelas me dais...

¡Qué gran novela!

HHhH, el libro que quiero comentar hoy, tiene un nombre verdaderamente curioso. Cuando la recomiendas, la gente siempre vuelve a preguntar para cerciorarse de que han (o no han) oído mal. ¿Cómo que "hache hache hache hache"? Jeje... El propio título recibe atención en uno de los capítulos de la novela. ¿Y por qué se habla del título de la novela? ¿No debería simplemente leerse y ya nosotros, los lectores, encontraríamos una relación más o menos clara con el contenido, como en los títulos decimonónicos, o metafórica -se me viene a la cabeza el breve cuento de Cortázar "Continuidad de los parques"- de alguna parte de él? Pues no, y eso es por la especial importancia que en ella tienen un auto y una meta: la autoficción y la metaficción.


(El joven escritor en su lugar de trabajo; foto tomada de http://www.parismatch.com)


¿Empiezo con la primera? Adelante. No puedo dejar de relacionar esta novela con otro libro -aquél creo que incluso un poco más intergenérico que HHhH- que era Anatomía de un instante, de Javier Cercas o incluso con Un momento de descanso, de Antonio Orejudo. Quien haya leído la de Cercas recordará aquellos sentidos y bellos pasajes en los que Javier Cercas comentaba el suarismo de su padre, cómo éste era incondicional a aquel político y la relación que el autor de la novela había tenido con él -con su padre, no con Adolfo Suarez- en vida. Al fin y al cabo, post Jorge Manrique, cuando uno habla de su padre sin que nadie le mire a los ojos, siempre le sale de la boca una bella elegía, aunque éste aún viva. Pues la novela de Binet ahonda en esa idea. Binet nos escribe quién le acompañaba cuando buscaba el material de la novela, dónde pasó su infancia, cuánto y por qué ama las calles de Praga, quiénes fueron sus padres y cómo le educaron. En tres palabras: quién es el. En su novela hay una pulsión de verdad, una adicción a la autenticidad en todos los aspectos, y para poder escribir sobre algo -en este caso un emocionante episodio de la segunda guerra mundial, cuando no el corazón de la misma-, Laurent Binet siente la necesidad de aclarar quién es el yo escritor para que los lectores puedan despegarlo (o integrarlo, pero no fraudulentamente) de los sucesos que se narran. La labor de perspectiva, pues, es fenomenal. Binet escribe y duda y rescribe -es un tanto borgiano- y se desmiente con el sincero apasionamiento de quien quiere cambiar el mundo -y la literatura- con sus letras -en eso no es tan borgiano.

(Ahora que lo pienso, no sé si el concepto ficción es muy válido para HHhH, pero está claro que esta duda daría para una gran tertulia. En tanto, seguiré usándolo.)

Pues entonces continúo con la última de las ficciones, la metaficción. La novela de Binet sí es metaficcional -o al menos metaliteraria- en tanto que la construcción de ella misma es tenida en cuenta como tema literario. Por poner un ejemplo, que nos entendamos: el primer capítulo de la novela trata sobre si a Milan Kundera le parece bien inventar nombres propios para sus novelas (La insoportable levedad del ser, El libro de la risa y del olvido, etc.), esas que tienen tanto de finura psicológica como de historia ideológica. ¿Es moral inventar nombres de personajes? ¿Es moral y/o útil y/o productivo añadir diálogos, pensamientos y acciones que el narrador nunca ha podido presenciar ni se han podido documentar? ¿Cuáles son los límites de la adjetivación cuando se trata de novelar un suceso real sobre el que a priori el autor afirma un valor innegable? ¿Se puede permitir el novelista-historiador la selección de materiales -siendo estos materiales vidas-, aunque le perjudique de cara a la economía narrativa del relato? Todas estas cuestiones son apasionantes, y también lo es que el suceso histórico que Binet novela ya se ha llevado al cine y a la literatura en otras ocasiones, por lo que él procede a comentar estos materiales y a redactar pequeños ejercicios de literatura comparada entre estos y con respecto a su obra.

La narración además es muy novedosa. Binet habla sobre el asunto de su novela y sobre mil otras cosas más; parece mentira cómo no desperdicia ni una página aunque hable sobre, por ejemplo, el videojuego Call of Duty). (Pero por favor, ¡que no se compare esta maravilla comprometida y lúcida con la payasada tarantinesca de Malditos bastardos!)

¿Cuál es ese suceso? El asesinato por parte de un paracaidista checo y uno eslovaco -Gabcik y Kubis- de uno de los hombres más importantes del régimen nazi: Reinhard Heydrich, el gobernador de la república checa y diseñador del plan de exterminio de los judíos en los campos de concentración. Este suceso viene desarrollándose en el tiempo, desde las respectivas infancias -en esto Binet es clásico- hasta el presente, pero de manera.puntual y fragmentaria -en esto Binet no es clásico. Ahora, apenas pueda no deja cabos sueltos a pesar de que su novela contenga una buena cantidad de personajes -de la resistencia y del nazismo- y de historias individuales. En ese sentido, en cierto modo me recordó La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa.

Los personajes y su narración y descripción son apasionantes. La novela no es un experimento literario, ni un laboratorio de tubitos. Lloras con ellos y con su tragedia.

 (Gabcik y Kubis. Foto tomada de http://www.holocaustresearchproject.org)

Me queda para acabar una pregunta que me vengo haciendo después de haber acabado las novelas de Cercas y de Binet. ¿Es egoísta este tipo de escritura? El pronombre de primera persona no deja de aparecer cada cuatro páginas o menos. Binet escribe sobre lo que Binet siente y piensa cuando escribe -o escribiera- sobre otros asuntos. Se puede decir que sí y a la vez que no: sí es egoísta novelar la propia emoción dejando en un casi segundo plano el suceso histórico; no lo es el exponer hasta los últimos términos quién es el escritor.

En todo caso, una de las mejores obras que he leído en bastante tiempo.




miércoles, 4 de abril de 2012

A la niña que llevas dentro de ti...

... la anciana que llevo yo dentro de mí le manda un saludo. Espero que te gusten algunas de las entradas que hay por acá.


miércoles, 28 de marzo de 2012

Hilos de sangre, de Gonzalo Torné

No sé qué decir de esta novela. Tengo la lengua cargada de palabras, y en los dedos me laten otras tantas que estrellarse en las teclas del ordenador desde el que escribo estas reseñitas. No sé qué decir sobre esta obra, no sé qué impresión tengo. ¿Es buena, es mala?

Hilos de sangre es una novela que me ha costado muchísimo leer. Es una larga novela -esto no es un lastre, pero al fin y al cabo, en términos burdos pero más frecuentes de lo que a los artistas les gustaría pensarse, sí es un condicionante-, con lo que Gonzalo Torné se la juega. Si resulta una novela admirable, todo el mundo recordará su salto triple mortal sin red. Si sale mal, batacazo.

Por las críticas leo que sale bien. No para mí, pero también es cierto que yo no he escrito nada ni publicado nada, ni en ámbito literaruio creativo ni en ámbito académico crítico. Puede decirse que yo, como tantos otros blogueros, soy un aprovechado de la gratuidad del medio. Aclarado lo cual, quien quiera que siga con la lectura de la reseña y quien no, que se vaya a la página de Babelia o que se dedique a mejores tareas, como decía Gasset antes de los intermedios de Días de Cine.

¿Qué es Hilos de sangre? Es un novelón de unas quinientas páginas a una letra un poco más escueta de lo deseable. Tiene varias partes que en algún lugar ofrecen ayuda a la lectura, divisiones parciales, y en otras no. Estas partes tienen que ver también con el narrador parcial frente al supernarrador-compilador, que en ocasiones también baja al plano del relato.





La novela cuenta la vida de una familia catalana en el siglo XX, pasando, claro, por la Guerra Civíl. Así, hay historias en un presente contemporáneo que por a los poquísimos años de haberla escrito ya se empieza a quedar desfasada (al presente no lo atrapa usted haciendo referencias al Twitter, don Gonzalo: ¿cuánto durara?). Hay historias urbanas e historias rurales. La historia de Clara y Joan-Marc, con sinceridad y expresando sólo mi opinión, me parece aburridísima, y el recurso epistolar de los correos electrónicos, pues qué decir, me gusta más cómo lo usa Andrés Neuman. Joan-Marc, como la abuela de Clara, como el mismo Gabriel, resultan como un viejo amigo mío que de tan rebelde que era acababa elevando al cuadrado su rebeldía y terminaba por ser reaccionario (rebelde ante lo rebelde). Ese filo ironiquísimo tienen los personajes (un filo que al final los vuelve obtusos, la verdad, casi como lo que le sucedía al héroe del drama romántico, que era plano en su infalible mutabilidad); no me casa bien que lo que parece una intención estética realista en la novela se mezcle con esos personajes escasamente creíbles. Algo parecido sucede con sus voces en los diálogos: parecen hablar todos igual (de bien) que el narrador. Y por alusiones, del narrador se puede decir que en ocasiones algunas de sus piruetas verbales y sobre todo adjetivales son verdaderamente magníficas -sin ironía-, es decir: Gonzalo Torné es un buen prosista.



Uno de los relatos más extensos, el de la brigada anarquista y la llegada de Franco, además de resultarme tedioso y ser incapaz yo de hacerme una idea de qué me estaban contando -darle color y forma y sentido-, me ha desagradado en su planteamiento político. No creo que los movimientos de izquierda fueran solamente esa horda de matones, niños pijos y asesinos que nos muestra Torné en su novela. Que son personajes sueltos, que la ficción es soberana y lúdica y que el narrador es un personaje de ficción que cuenta las historias que le sale de las narices; lo sé, una vieja excusa del escritor para evitar las repercusiones personales. Que la literatura y el arte tienen valor ejemplar; lo saben los escritores, y lo usan.

Los hilos de sangre a que hace referencia la novela son los vínculos familiares, quizá en juego de palabras con "lazos de sangre". La familia aquí esta parece estar debilitada.


Lógicamente, en una novela tan arriesgada -porque otra cosa quizá no, pero riesgos ha tomado el autor- hay cosas muy interesantes. Algunos pensamientos son verdaderamente profundos, y algunas afirmaciones sobre el ser humano están a la altura de Milan Kundera. Otras no.


Así pues, dudando me quedo. ¿Me gustó, no me gustó? No lo sé. Pero habiendo tantos libros en deuda, por el momento no creo que la relea.

viernes, 23 de marzo de 2012

Esta noche van dos

You can go your own way, de Fleetwood Mac


Otras canciones de Fleetwood Mac no me gustan mucho, pero la verdad es que esta es estupenda. Los pantalones del músico del fondo son impagables, igual que la batería con purpurina y la cara del baterista, por no decir el dramatismo de Lindsey o los ojos llorosos de Stevie. Pero ojo, no me río por reír tan sólo. En parte me río por envidia, porque a lo mejor a mí me habría gustado ser música en una época en la que se creía en algo, aunque fuera mera estética.






Jet airliner, de Paul Pena

Estuve tentado por poner la versión de ese pícaro llamado Steve Miller, pero es que la de Pena es alucinante, es un pequeño Hendrix, es una maravilla, es un pedazo de músico caído en la ignorancia. No me pondré medallas puesto que la encontré por suerte, pero eso, ¿a qué posmoderno internauta -empezando por mí- le importa?



Hale, disfrutadlas, que las de hoy son buenas. Y a quien no le gusten, que se saque la cera de los oídos, habrá que joderse...