Blog literario idiota de Andrés Nortes Martínez-Artero. Literatura y rock en vena. Y alguna cosa más

domingo, 26 de agosto de 2012

El país del miedo, de Isaac Rosa

Una más que le debo al buen Juan Antonio.


Estaba en Burgos -ciudad que tiene una buena proporción de librerías por habitante, cosa que no puedo decir, de otras en las que he vivido como, por ejemplo, de Antequera- buscando El viajero del siglo en bolsillo. Quería reforzar el género novela de mi equipaje, puesto que, cuando estoy de viaje, sólo tener libros de un género me pone un poco nervioso. Así es que, con mi perra Raspa y con la señora Cuentacuentos, me di unas vueltas por la ciudad, cámara en mano. Y en la primera librería que me topé, desordenada y evocadora, como no tenían la de Neuman, me llevé la de Rosa. (Luego entré en otra y también me llevé la de Neuman, joder, 20 euros por decenas de horas de grandeza, con los libros sales ganando siempre.)

(Imagen tomada de la web y tienda online casadellibro.com)


Pues debo decir que esta novela ha sido, ante todo, adictiva. No es una novela-thriller, o no lo parece, pero no puedes parar de leerla. Al menos yo no podía. Su escritura es muy especial: parece sencilla, parece clara, sobria... Pero en realidad no lo es, en absoluto. Contiene en cada uno de sus breves capítulos una de estas dos posibilidades: la primera, una micro-meditación sobre alguna de las facetas del miedo (los distintos miedos, los distintos sufridores del miedo, los distintos causantes del miedo, la naturaleza del miedo, etc.) expuesta de una manera breve y tan completa -a veces parecen catálogos de los horrores, como Homero hacía con los catálogos de los héroes de Troya que uno se sorprende leyendo ese tratado tan interesado como si fuera la propia ficción. La segunda, la propia ficción, interesante y muy depurada, con un mínimo de personajes, algunos de ellos sin nombre pero con muchos interrogantes, tiempos y espacios.

De los capítulos y de su estructura también hay que decir un par de cosas. La primera de ellas es su concisión, que facilita la lectura. Hace mucho tiempo que la mayor parte de mis lecturas constan de capítulos breves. No es que los considere algo bueno o malo, ni mucho menos, al igual que no pienso que una novela de mil páginas sea peor que una de trescientas o un cuento de diez mejor que una novela. Simplemente es un hecho el que, con una vida un tanto agitada como la que muchas personas llevamos, una segmentación más frecuente resulte en un mejor acceso a la Literatura. Hablando en plata: cuando no tengo tiempo para ver El padrino, me pongo un capítulo de The wire. No digo que una sea mejor que la otra. (Aunque, con toda la competencia que hay en el mundo del cine, tal vez aún deba llover un poco para saber si The wire alcanza en su mundo las cotas que El padrino ha alcanzado en el suyo). Cuando sí lo tengo me pongo El padrino. O Camino a la perdición.



La segunda observación sobre los capítulos es su bipolaridad, como adelantaba arriba. Con la disculpa de no tener el libro delante (los libros hay que dejarlos, sobre todo los de bolsillo, ¡menos fetichismo y menos racanería!) y la posibilidad de equivocarme, diré que todos los capítulos impares tratan sobre una historia de ficción y todos los pares (o viceversa) conforman una tratado psico-sociológico sobre el miedo.




¿Es El país del miedo una novela de tesis sin tesis? Jeje, vaya tontería de idea, podéis pensar. Pues quizá... Isaac Rosa no parece tratar de convencernos de nada (si acaso, un no excesivo poso ideológico interesante), de ninguna tesis. Sin embargo, su hombrecito-marioneta no deja de resultar un fuerte argumento para sus ideas, o al menos un modelo o un ejemplo. Como quiera que sea, ambas partes de la novela funcionan juntas a la perfección.



La entrada a la historia principal resulta magistral. Es lenta, falsa, pausada, oscura... Esa demora de unas veinte páginas es de un maestro narrador. Seguramente Rosa puede o debe aún escribir su gran novela, aunque esta ya sea realmente interesante y original. Estoy a la espera de tener un rato para leer esa otra que escribió sobre el mundo del trabajo y de los trabajadores en el trabajo -no como hacía Galdós, que le aburría narrar a sus personajes dando un martillazo-. Si es al menos tan buena como esta, va a merecer mucho la pena.


El largo y cálido verano

Como veréis, este verano he desaparecido. No voy a excusar ni pretextar nada, en parte porque ya estoy -valga el invento- textando directamente que no he estado escribiendo nada. ¿Pereza, desidia, ocupaciones variadas, desgracias inesperadas? Bueno, quién sabe. Si esto fuese un blog puramente vitrinal -segundo palabro en menos de diez líneas-, entonces lo contaría y seguramente, al acabar de leerlo, quien lo leyera tendría la contundente impresión de haber estado perdiendo su tiempo. Como yo no quiero que eso llegue a suceder, me ahorro la crónica de mi vida y paso directamente a la crónica de mis lecturas.

Trilogía de New York, de Paul Auster. Seguramente no la reseñaré porque a estas alturas, quien no lee mucho ha leído a Paul Auster; quien lee mucho, empezó leyendo a Paul Auster hace casi veinte años; quien es lector de fe, confía en las recomendaciones que le han hecho y ha hojeado las páginas de Paul Auster. Otras veces he tenido humor para hacer lo que llamo "descubrir la rueda" o "descubrir la bicicleta". Esta me parece que no.

El país del miedo, de Isaac Rosa. Este sí es un buen candidato. Cuando tenga un ratito, quizá incluso hoy, le dedicaré unas líneas.

El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán. Una extraña y asombrosa novela que por supuesto estoy deseando darle unas palabras.

Tengo la vaga idea de que he leído algo más (aparte de poemas de José Agustín Goytisolo y de John Keats, que cada día me gustan más), pero ahora mismo no recuerdo qué podría ser.


Espero que vosotros también hayáis pasado un hermoso verano. Pasado. Porque esto se acabó.